Es una noche de lluvia en Madrid,

no tenemos sitio a donde ir.
Todas las puertas están cerradas

nadie atiende a nuestras llamadas

y los teléfonos no dejan de comunicar.
Los Modelos, “Noche de lluvia en Madrid”, 1983

 

I

Las mejores tortillas de Madrid se sirven en el barrio de Argüelles, en un bar que se tendría que llamar y se llama “Casa Paco”. No recuerdo ahora cuál es exactamente el precio de los pinchos, pero diré que cuestan dos euros como también me invento que tras la barra hay dos escudos, uno del Real Madrid y otro del Atlético. El Atleti, todos los gritos lo afirman, acaba de ganar su décima Liga. Y no es que me guste hablar de fútbol, pero creo que esta ocasión, por su valor metafórico tan obvio y a la vez tan desbordante, lo merece.

El Atleti tiene un figurín por presidente, lo dirigen un par de macarras argentinos y uno de sus mejores jugadores se llama Arda Turan: “Qué buen nombre para un poeta”, dijo Alberto Olmos. Lo que no tiene es un presupuesto comparable al de los que han sido sus rivales en esta Liga, como tampoco aspira a convertirse en “marca global” o cualquier otra pareja de términos grandilocuentes de los que brotan en los despachos y no entre el césped.

Así, el triunfo del Atleti dibuja un Madrid barojiano de Carabancheles y Vistillas, recupera la vieja ciudad mareante y populosa y además evita tentadores paseos de sus aficionados sobre el arco voltaico del Viaducto. El triunfo del Atleti es el triunfo de los bares de tortilla barata sobre las franquicias que llenan de ruido cada esquina.

II

El miércoles fue la presentación de Quince días para acabar con el mundo, la primera novela de Manuel Astur, al que podéis encontrar a un par de clicks de aquí. Esa noche Madrid fue París, París era el DF y México el último de los países mágicos. Ardió todo combustible, se empapó toda garganta y a mí me quedó la impresión de que hubo algo de ceremonia de bienvenida para Manuel. Yo, que terminé abusando con juvenil descaro de su sofá cuando ya tenía el pecho rebosante de heridas y medallas de la noche (son siempre lo mismo), aún no había empezado a leer el libro. Ahora atravieso su ecuador y me arrepiento de no haber comenzado a recorrer sus páginas antes.

Lo único que me asusta más que escribir (“quién eres tú para decir eso”, retumba en mi cabeza ahora mismo) es leer a un amigo. Confundir los altibajos del ánimo, los cambios de luces que sólo señalan que uno está vivo con una intuición especial. Aún peor: con una vocación. Ese es el error fundamental que llena las fiestas en los que nunca pasa nada. Y temo que sea la persona querida la que lo haya cometido, como todos tememos cometerlo.

Pero está en el aire de Madrid que de vez en cuando se publiquen novelas cojonudas y el Atleti gane la Liga.

 

 

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