Hace unos días me pidieron que escribiera algo sobre el 20-N. De buenas a primeras podía haber dicho que no, que es lo que de verdad quería, pero en lugar de quitarme el muerto de encima dije que sí casi al momento.

Pensándolo rápidamente, mis orígenes gallegos –para más señas de Ferrol– supongo que me apuntan más que a otra persona de otro sitio del país como alguien adecuada para hacer tiro al blanco en la vida y milagros de Francisco Paulino Hermenegildo Teódulo Franco Bahamonde –Franco para abreviar, tan ilustre vecino de la villa para algunos como odiado por la ingente mayoría–, explayándome en datos que son sabidos y aireados cada fecha como ésta hasta decir que por fin quedó muerto, como en el teatro, y que le aplaudieron mucho, aunque yo no he querido marcarle ese camino a quien sembró con plena conciencia la desgracia generalizada. Prefiero ceñirme a lo que he vivido donde crecí y me hice quien soy, con la mancha indeleble y sucia en mi cerebro de haber nacido en el mismo sitio donde antes él respiró también el aire puro del Atlántico.

Tienes que ser capaz de ponerte en el lugar del otro, me enseñaron desde pequeña, pero no lo veo tan simple o es directamente imposible cuando hablo de un sátrapa, cosa que comparten quienes me lo decían. Nunca oí disparos de fusiles ni me asustaron gritos al alba de los que iban a morir sin juicio ni garantías mínimas de defensa, y tampoco ninguna mujer de mi familia pisó la cárcel como una de las Trece Rosas. Aún no había nacido si alguna vez hubo presos políticos en La Palma, prisión-fortaleza pendiente hace una década de convertirse en hotel de lujo, la misma en la que Tejero pasó dos años idílicos de mariscadas y visitas sin cita previa viendo por el ventanuco enrejado de su celda las magníficas puestas de sol que se regalan sobre la boca de la ría.

Lo que sí sé es que he tenido abuelos, y no franquistas, y les he visto las marcas de lo que ocurre cuando se sufre 40 años por vivir de rodillas, no siendo yo entonces todavía consciente de la causa porque “de ese tema a nadie le gusta hablar, Lucía. No preguntes”, me avisaban. Les veía surcos como ríos de haber llorado o de haberse tragado las lágrimas que les reventaban dentro, la mirada sin esperanza porque no vivirían lo bastante, los hombros encogidos, la chepa de la vergüenza en una espalda que llevaba el peso de una culpa que no entendían. ¡No habían hecho nada, carallo! Estaban libres de delito pero con plusvalía: el delito real era lo que callaban. Pensar era entonces una actividad de riesgo y ser un desalmado decirlo en alto, ya que por muchas vueltas que le dieran no había excusas que valieran (aunque una vez oí que a mi abuelo paterno le perdonaron la vida por tener once hijos, y porque mi abuela se dejó las rótulas suplicando. Bueno, vale, pensé a los diez años u once, por lo menos había gente buena en ambos bandos).

Atenerse a las consecuencias de ser del bando equivocado trajo sangre, y mucha, y miles de viudas y huérfanos, y con las armas cargadas se volvieron todos locos cuando ya daba igual el color del uniforme, dormir en los cuarteles o tener que esconderse en el monte. Ya ni Dios ayudaba bajo ciertas circunstancias. Su doctrina cristiana se reviró y se hizo tridentina, y corrupta por la gracia del Generalísimo, que le sacó brillo en miles de ocasiones firmando sentencias de maldad gratuita. A capricho de este hombre pequeño y afeminado, parecía que poca cosa para asustar, se instauró un miedo de intensidad constante. Así que pienso en buitres cuando paso por delante de su casa natal en la calle María y cuando aún recuerdo su estatua ecuestre en la Plaza de España, pintada de rosa en el 2000 por miembros de APN (Assembleia Popular do Noroeste) y del Exército Gerrilheiro Galego. En la espina dorsal me da un frío que me hace desear que no haya vida después de la muerte sino para las víctimas, los únicos a quienes se les debe un paliativo que compense un penar tan largo.

Me niego por tanto a recordar a Franco más allá del momento en que dejó de existir. Justo ese instante es el único bueno de su vida para todos aquellos que tuvieron que vivir la suya con la vista baja y las manos atadas, y ya no digamos para los que murieron por nada y siguen en las cunetas y en las fosas comunes. ¿Quién de ellos merece honores? ¿A quienes les debemos condolencias?

No obstante la casuística, 42 años antes de haber nacido Franco nació también en Ferrol, en el barrio de Esteiro, Pablo Iglesias Posse –bautizado como Paulino–, fundador del PSOE y de la UGT, lo que parece un juego binario que suma y resta con pocos años de diferencia a dos personajes clave, demostrando que la tierra en Galicia fue entonces ponderada pero injusta al germinar una semilla que al hacerse un hombre adulto puso ganas en conseguir dar dignidad a la gente corriente, para luego dejar que brotara una cicuta.

Poco hace falta, pienso, para usar la justicia en su marco exacto y darle a cada cual lo que le corresponde. Franco se hizo construir un mausoleo megalómano guiado por su tendencia a llevar a los extremos las cosas, aunque no sirve hacer algo así más que para dar por hecho que sus delirios de grandeza no le dieron valor a su persona sino el que tiene el cemento que cubre su tumba. No vale usted ni eso, Excelencia.

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