En la retaguardia de la Guerra Civil hubo asesinos en los dos bandos. Hubo incluso asesinos que se cambiaron de bando y siguieron asesinando a sus anchas. Unos se manchaban los puños de sangre en las salas de tortura o apretaban el gatillo en el pelotón de fusilamiento. Otros, que tenían mando, se limitaban a firmar órdenes y sentencias de escaso valor legal o, simplemente, dejaban que los muchachos más fogosos dieran rienda suelta a sus instintos más bajos cuando se conquistaba un pueblo cualquiera. Se mató por celos, por envidia, por despecho, por codicia, por rencillas familiares, por traumas, por embrutecimiento moral, por puro sadismo, por ideología, ya que algunos creían que la muerte de los otros eran los escalones necesarios para ascender al paraíso de una España hecha a medida de sus ideales, y también por hambre, miseria y odio hacia la clase dominante. No hacía falta haber leído a Marx o Bakunin ni tener el carné de un partido político para saber quién había aplastado a los proletarios de las ciudades y a los jornaleros del campo durante siglos. Quiero imaginar que bastantes soldados y milicianos asesinaron por miedo y cobardía, vestidos con un uniforme que no habían elegido o del que se avergonzaban según avanzaba la contienda pero del que no se atrevían a desertar por puro instinto de supervivencia. Me resulta imposible no entenderles.

Hoy sigue siendo muy difícil que un español de izquierdas y un español de derechas hablen con tranquilidad de aquellos años de exterminio y paranoia sin caer en el y tú más. Han pasado ocho décadas desde el comienzo de la barbarie pero las brasas aún queman porque el país está lleno de fosas comunes y las fosas están llenas de huesos rojos y azules de los muertos que tantos hijos, nietos y bisnietos esperan identificar algún día para descansar en paz. A la izquierda, agarrada a un republicanismo romántico que resulta a ratos infantil, le cuesta mucho admitir que gran parte de las más de 50 mil personas que murieron tras la línea del frente republicano fueron asesinadas injustamente en checas o durante los paseos que les daban a los presos al amanecer. A la derecha le encanta invocar a Paracuellos o a los miles de religiosos vilmente asesinados como si el fantasma de Carrillo o las cenizas de los conventos y las iglesias abrasadas fueran excusa suficiente para lavarse las manos ante los casi 200 mil asesinatos que, según calculan los historiadores, se produjeron en el lado de los fascistas rebeldes.
 
Cuando uno, independientemente de sus ideas, se siente en el medio de esta disputa atávica tiene que agarrarse a libros como El Holocausto español para no morirse de sed en el desierto de lo que ha venido a llamarse tercera España, pero que yo simplemente imagino como un país donde los que votan una cosa puedan mezclarse, tener hijos, formar parte del mismo grupo de amigos, abrir panaderías o bares, tocar en bandas de música o grupos de rock, escribir poemas a cuatro manos o novelas de aventuras, con los que piensan lo contrario sin querer machacarlos cuando su partido está en la oposición.
Sellos_de_correos_de_la_II_República_española,_1931-1939La tesis de muchos políticos y votantes del PP sigue siendo que la República fue tan mala como la dictadura de Francisco Franco y que excavar en las fosas supone reabrir heridas y alimentar la cuenta corriente del sinvergüenza de la familia que solo se acuerda del abuelo asesinado cuando puede trincar una indemnización del Estado. El libro de Paul Preston desmonta esa gran mentira dedicándole capítulos a los verdaderos héroes del conflicto. En la retaguardia de la Guerra Civil hubo personas que se jugaron el pellejo para salvar a gente que no pensaba como ellos. Preston lo cuenta muy bien, además. Su ensayo tiene la fuerza narrativa de una buena novela o una película bélica, aunque te ponga los pelos de punta en unas páginas llenas de minuciosa investigación.
 
Las historias fascinantes de estos personajes que pusieron la vida por delante de los ideales ocurrieron en los dos bandos. Ellos, sin saberlo, marcan la diferencia entre el bando republicano y el rebelde. Mientras Azaña y su gobierno (igual que Companys en Catalunya) intentaron, sin conseguirlo la mayoría de las veces, frenar los asesinatos de las milicias y los partidos más extremistas, Franco y sus generales más cercanos le negaban cualquier tipo de piedad al enemigo. Incluso, para dar ejemplo, se llegó a fusilar a altos mandos que detestaban la República por no adherirse desde el primer momento y sin condiciones al golpe de Estado contra un gobierno elegido en las urnas. Esta no es una afirmación caprichosa, está constatada en decenas de documentos que Preston sabe reflejar muy bien en su obra.
 
En una guerra fraticida, la táctica del terror sistemático tenía las de ganar. En cualquier guerra la elegancia y el honor son lujos extravagantes. Desde el punto de vista militar, los intentos por mantener la legalidad en mitad de la barbarie parecen tan absurdos como escalar el Everest con traje, corbata y mocasines. Desde el punto de vista democrático, no se podía esperar otra cosa de unos políticos convencidamente republicanos que, a pesar de sus múltiples fallos y contradicciones, trataron de construir una España más plural, ilustrada y equitativa sin lograrlo. Su naufragio es una losa que aún cargamos a cuestas porque la Transición no pidió todas las cuentas que debía a los amotinados que hundieron aquel barco. Son muchos los días en los que parece que el país navega desde entonces a la deriva y con la intolerancia al timón.
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