Asistimos en estos días a un fenómeno novedoso en España: el juego parlamentario. Eso nos es desconocido porque desde la restauración democrática, apenas sí habían sido precisos algunos pactos para la gobernanza, y casi siempre entre un claro partido mayoritario y algún grupo nacionalista de relevancia. Pero aunque ahora todo Cristo habla de tacticismo de forma endemoniada, y algunos pidan política y no tacticismo sin entender que no hay distinción entre lo uno y lo otro -acostumbrados al maximalismo vacuo tradicional-, esto es lo que ocurre en un sistema democrático que gira en torno al Parlamento. Por lo menos, de forma nominal, puesto que una vez en marcha, el Ejecutivo pesa considerablemente más que el Legislativo, aunque para que la Legislatura se accione la palanca se ubique en el feudo de la soberanía nacional.

Así las cosas, empieza el segundo round (¡más tacticismooooo! ¡anatema!) estas son las opciones:

Rajoy está en una atalaya, viéndolo todo con prismáticos. Mapas del campo de batalla desplegados y una posición estable pero limitada. Tiene mayoría absoluta en el Senado, y simple en el Congreso, pero nunca antes una fuerza parlamentaria tan notable otorgó menos privilegios a su poseedor. Su baza principal es la propuesta de la Gran Coalición, lo que ha causado sin duda que Pablo Iglesias mueva primero, ofreciendo a Pedro Sánchez lo que puede llamarse como frente de concentración popular, por no usar la manida expresión de Frente Popular. Dado que parece poco probable que Sánchez, un hombre sin altura política ni talla intelectual, asuma la idoneidad de la Gran Coalición, las alternativas de Rajoy se reducen: abstenerse en segunda votación y propiciar un gobierno en minoría de Sánchez, desgastándolo progresivamente con sus mayorías en Senado y Congreso (ninguna entente entre PP y PSOE duraría mucho en España, tenemos el ejemplo del gobierno de Patxi López en el País Vasco) y forzando a Sánchez a convocar nuevas elecciones en un plazo máximo de dos años (teniendo en cuenta lo inestable del liderazgo de Sánchez en el PSOE) o seguir tentando al PSOE con un pacto de Estado constitucionalista. El primer escenario, el de la táctica fabiana, implicaría o bien un reforzamiento de la jefatura de Rajoy en el PP o la ascensión de otro líder, sin término medio. El segundo escenario, sin duda, precisaría de un paso atrás del actual presidente en funciones y la presentación de otro candidato (¿Soraya?) al cual pueda votar Sánchez sin sentirse sucio ante esa parte del electorado socialista absolutamente encerrada en la dialéctica derecha-izquierda de los 80 y 90.

Sánchez se ha encontrado con que tiene que mover. El ínclito Pdr, el primer aspirante a monclovita que no tiene vocales, se encuentra en una posición ciertamente peliaguda. Pablo Iglesias lo desprecia –no hay más que ver su lenguaje corporal, la beligerancia de su discurso y sobre todo, recordar aquel debate en Antena 3, “no te pongas nervioso, Pedro”, con cara de asco– e intenta dominar su voluntad, imponiéndole la confrontación entre una cosa y la otra. O la Gran Coalición Marciana o el Gobierno de la Gente. En esta tesitura, parecen aplacados los barones territoriales, al menos por el momento. Decide Pedro y desde la lejanía, a Pedro se le ven unas ansias tremendas de tocar pelo. Algo por otra parte tradicional en el PSOE contemporáneo, cuya única dirección intelectual o ideología es ocupar cuota de poder, cuanta más, mejor. Sin embargo, un pacto con el neo-comunismo podemita implicaría circunstancias a tener en cuenta: un vicepresidente (auto-proclamado) y ministro de Defensa que no ha firmado el pacto anti-yihadista, que no comparte la estrategia común de España y sus socios comunitarios de defensa y seguridad, que disiente públicamente de la estrategia del Estado para con los presos etarras, que no cree en los valores elementales que cohesionan la alianza entre las democracias occidentales y es partidario de limitar el mercado común y la libre circulación de capitales. Entre otras muchas cosas. En este escenario, un pacto con el PP y Ciudadanos, implicaría quizá la renuncia de Sánchez, para quien sólo queda (en clave interna) la huida hacia adelante: o es presidente, o cualquier otro contexto, sea en la oposición o sea apoyando a un gobierno que no presida, significaría ser fagocitado por Susana Díaz. La posición del PSOE me recuerda a la del mismo partido en 1936: fracturado en dos facciones opuestas, con la experiencia de su disolución durante la Guerra en la estructura del Partido Comunista como nefasto recuerdo de hacia dónde puede conducirle un acuerdo de sumisión con Iglesias. Una posible victoria moral para el PSOE, aunque no para Pdr, es que se acordase con el PP un acuerdo parlamentario entre ambas fuerzas que dejase La Moncloa a Rivera, como presidente neutral, aunque ese escenario es demasiado onírico y en España la palabra “cesión” significa “derrota”. Y claro.

Pablo Iglesias, el Maquiavelo de Vallecas, está ante la oportunidad de su vida. Su movimiento ha sido inteligente, aunque no tenía más opción que esa. Su única baza es forzar a Pedro Sánchez a que acepte unirse a él (por la Gracia de Dios, dejarse ungir por el Padrecito de la Gente) puesto que de otra manera, la perspectiva de pasarse cuatro años en la oposición se antoja excesiva a un tipo como él. Pablo Iglesias es un hombre de acción: ya dijo una vez que si no ganaba las elecciones, se volvía a su búnker universitario, a seguir con su laboratorio de sectarismo de nueva generación. Pero ha dicho tantas cosas, el bueno de Iglesias, que cualquiera se fía. Viéndole el otro día, rodeado por su camarilla, transmitiendo agresividad ambiental y apremiando a Sánchez con vigor (es el político que mejor maneja los tiempos y el lenguaje, la puesta en escena, la creación de atmósferas, no en vano es un producto de la narración audiovisual y la televisión) sin duda uno podía colegir una cosa: ha olido la debilidad de Sánchez, su melifluidad, y sabe que si Pdr acepta gobernar con él de vicepresidente, las puertas de La Moncloa estarán abiertas para él. Iglesias pone en práctica en cada intervención pública el axioma de “el medio es el mensaje” y por eso va a ver al Rey (“El Jefe del Estado”) en mangas de camisa y hace que Bescansa pasee a su neonato en el Congreso, y todas esas cosas. Políticamente no tiene comparación con Sánchez, y lo sabe. Forzando por todos los medios (lluvia de mensajes desde el aparato mediático afín a Podemos, presión ambiental inicua) a Sánchez a elegir un acuerdo con él, o el vacío, sabe que gana: el mal menor es que Pdr no acepte, y que éste tampoco acepte una alianza con el PP de ningún tipo en pos de seguir siendo el jefe del socialismo español. Lo que nos llevaría a nuevas elecciones, absolutamente polarizadas, que Iglesias dibujaría como un enfrentamiento sin escala de grises entre Podemos y el Partido Popular, con la aniquilación virtual de PSOE y Ciudadanos.

Fotografía: La Moncloa. Gobierno de España 

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