Lucas Malcorra (Donostia, 1989) es escurridizo como una lagartija. Cuando le propongo hacerle una entrevista, tengo miedo de que al acercarme se asuste y se esconda debajo de una piedra. Trato de engatusarle. Le digo que más que una entrevista, me gustaría que fuera una charla en profundidad, en un territorio conocido: mi casa. Le agasajo, le digo que habrá café, cigarros, gintonics, jugaremos al ajedrez y pondremos buena música de fondo. Me contesta que sí, acordamos una fecha, la lagartija sale al sol.

Él es el cantante y líder de Joe la Reina. Cuando publicaron Bailamos por miedo, su primer álbum largo, en 2013, fueron portada de la revista Mondo Sonoro, recibieron críticas alabadoras de los medios y lograron el reconocimiento de un público variopinto. En lo que a mí respecta, y desde mi más descarada subjetividad, me parece que su música cuenta con eso que buscan todos los artistas, una voz y una mirada propias. Pocas personas conocen a Lucas como yo. Fuimos juntos al colegio desde los seis años, hemos compartido piso en Pamplona durante la universidad y ha pasado temporadas durmiendo en el sofá de mi casa en Madrid. Aun con todo, sigue siendo una persona misteriosa para mí, como si mi mirada no terminara de atravesarle. Con la excusa de la publicación de su nuevo disco, Esas nuevas modas (Subterfuge), me propongo hacerle preguntas que no le había hecho antes. Hablaremos sobre querer ser artista y acercarse a los treinta. Me contará que hay derrota pero no frustración, hay oscuridad pero no malditismo, hay esperanza en la resignación de saber que nunca será Bob Dylan.

Pero no las tengo todas conmigo, y a medida que se acerca el día de la entrevista crece mi temor a que se eche atrás, que se amedrente, cancele la cita, alegue un imprevisto, pida aplazarla, ofrezca miles de disculpas, o peor, simplemente no aparezca y ni siquiera conteste a mis llamadas. No quiero quedarme con la cola de la lagartija entre las manos. Pero llega el día y Lucas se presenta en mi casa. Cierro la puerta tras él. Ya es mío.

–Ha sido un proceso largo de gestación y grabación, desde que en el verano de 2015 os encerrasteis durante una semana en una casa de Galapagar a tocar y componer. ¿Teníais ya entonces una idea de lo que iba a ser Esas nuevas modas?

–Lo veo muy lejano aquel verano. Algo después se fue Tasio [teclados] a Los Ángeles, luego pasamos por un bajón de no componer nada, luego volvimos a empezar, y entonces Jimmy [guitarrista] se salió del grupo. Han pasado un huevo de cosas. Cuando comenzamos a tocar no teníamos nada pensado. A diferencia de Bailamos por miedo, que antes de grabarlo ya tenía la forma, en Esas nuevas modas no sabíamos hacia dónde íbamos. No teníamos nada más que una ligera idea. Sí que había una ambición de hacer algo mucho más original, con más instrumentación, incluso más virtuosismo; arreglos más elaborados, más complejo. Pero no sabíamos cómo iba a ser el disco. Solamente al final de la grabación el disco ha tomado coherencia, y mucho ha sido gracias al orden que hemos escogido.

–En una ocasión me dijiste que para Esas nuevas modas te habías propuesto no complicarte con las letras. Que lo importante era escribirlas. Querías quitarte presión. Sin embargo, tras las primeras escuchas de Esas nuevas modas mi impresión es que, al igual que en la música, en las letras se aprecia también un salto de calidad respecto a Bailamos por miedo.

–Es que mira, yo he presumido mucho de ser sincero a la hora de escribir, de decir la verdad, de expresarme.  Me fijaba mucho en Leonard Cohen y Bob Dylan. Ya sabes, aspiraba a decir algo… empapado, algo importante. Estaba obsesionado con eso. Pero al final, cuando más tranquilo y más contento he escrito una letra ha sido cuando menos pretencioso he sido, cuando más me he olvidado de hacer algo… trascendental.

Con la publicación de Bailamos por miedo solías citar a Tarkovsky, el director de cine. Decías que aspirabas a hacer como él que, contando experiencias muy íntimas, lograba expresar algo universal.  

––Sí, pero ¿ves cómo entonces estaba empapado de un punto más intelectual? Y en realidad ni siquiera lo soy. En Bailamos por miedo, las letras eran personales, pero pesadas. Esa intimidad que mencionas estaba muy soterrada. Eran cosas que realmente… No sé. Como que expresaba muy a la fuerza. Que no eran sinceras del todo. En cambio, en Esas nuevas modas soy más yo. Estas canciones no me va a costar tanto tocarlas en directo. Las anteriores… ahora si canto Somos otros siento una sensación muy extraña. Ahí no estoy yo.

–¿Dirías que has alcanzado tu ideal como letrista? 

–Es que ya no tengo ese ideal de letrista. Las letras de Esas nuevas modas las he escrito con esa soltura porque no me considero un letrista. Me siento parte de una banda. Me considero afortunado porque hago algo que me gusta, con gente que quiero y que disfruta también mucho de lo que hace conmigo, y es esa gente la que me ha ayudado a quitarme ese peso de ser tan importante. Estar en Joe la Reina me ha enseñado a compartir, a hacer música compartiendo. Yo antes no sabía hacer eso. Antes sentía que la música era algo tan íntimo que debía salir de mí, estando solo, en una habitación, desnudándome al completo. Ahora es compartir música. Al haber logrado eso, las letras han pasado a un plano en el que me siento más cómodo.

–No piensas que las letras sean lo más importante de una canción.

–No. Desde luego si una canción tiene letra, más vale que sea buena o tenga un sentido. Si no haría música instrumental. A ver, yo creo que en Esas nuevas modas hay una evolución en lo musical muy importante. Eso es lo más llamativo del disco. Las letras, pues, no sé… aún no me siento capaz de ser objetivo con la parte lírica.

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–Quería preguntarte: en Neón, que es la canción que cierra el disco, se escucha la voz de un hombre que recita unos versos, ¿a quién pertenece?

Es la voz de T. S. Eliot, recitando La canción de amor de Alfred Prufrock. En ese poema está la idea matriz de Esas nuevas modas. Londres me pegó muy fuerte con T. S. Eliot. Él es el precursor de la modernidad. Casi todas las letras están muy inspiradas en su obra Tierras baldías. La canción de amor de Alfred Prufrock es el monólogo interior de un hombre que está perdido en la ciudad. No perdido, va caminando por una ciudad y describe mucho su entorno, una ciudad moderna. Refleja muy bien qué es el hombre perdido en la modernidad. Al final del poema dice: “And indeed there will be time/ To wonder“, “Do I dare?and, “Do I dare?”. Todo el poema habla de dudas, de sensaciones de extrañeza consigo mismo, y al final metí ese extracto, porque Neón tiene que ver con “romper con toda esa extrañeza”. ¿Me atrevo? ¿Me atrevo a lanzarme?

–Después de que volvieras de Londres recuerdo que me dijiste que te sentías seco. Estabas preocupado porque decías que no sentías nadas. 

–Todo el proceso de grabación ha sido así. Sentía que perdía esas sensaciones: la de amar, la de sentir pasión por aquello que estaba haciendo. Creo que tuvo relación con empezar a trabajar, ¿sabes?

–De hecho, las primeras estrofas que abren el disco dicen: “Dejé mi mar atrás/ mis penas y me puse a vivir/busqué un trabajo digno/ cariño, todo lo hice por ti”.

–Sí, así empieza el viaje de Esas nuevas modas. Con responsabilidades muy distintas a las que tenía en Bailamos por miedo. Es como romper con lo anterior.

–¿Qué supuso para ti emigrar a Londres?

–De golpe fue conseguir todo lo que no tenía aquí: un trabajo y una casa, una estabilidad. Pero a la vez perder de golpe un rumbo, una meta… y la pasión también. En el disco aparece todo eso: “Soy uno más”. De repente pasar a ser uno más. Y aceptarlo. Por eso ahora me cuesta hablar tanto de esto. De hecho lo hablé contigo. La intimidad del artista se sobredimensiona mucho. Pero al final, qué cojones, es verdad que yo estoy escribiendo algo, pero no soy tan distinto de la gente que me rodea.

–En las letras hay algo que me conecta con aquello de los existencialistas franceses de tener cada uno que dar sentido a su propia existencia. Tenemos un trabajo, unos amigos, una pareja… pero aun así tenemos la sensación de que nada de eso es suficiente, como si faltara sentido.

–Es que al final para el hombre del siglo XXI nada es suficiente. Nunca es suficiente. Creo que en el fondo está relacionado con la ausencia de una referencia clara. La ausencia de Dios, por ejemplo. O el haber perdido a nuestros padres como modelos, no poder seguir sus pasos. Creo que somos las generaciones que estamos viviendo eso.

–¿Cómo describirías Esas nuevas modas?

–Todo el disco es muy recargado. Hay mucho instrumento, mucha caña, mucha intensidad. Es un disco intenso, hay pocos momentos relajados. Pero necesitábamos sacar toda esa intensidad. No habla de playas ni de vacaciones. Aun así es más fresco que Bailamos por miedo. Y hay más rabia también. Solamente al final se relaja, con los violines que cierran el disco. Es como una expiación.

–Como decías antes, el ser un grupo siempre ha sido muy importante para Joe la Reina, desde sus comienzos, aún antes de publicar vuestro debut, el EP Change of masks. Sin embargo, de los cinco miembros que formabais la banda original, tres han salido del grupo, ¿no?

–Sí, quedamos dos. Bati [el batería] y yo.

–¿Algo se ha roto?

La baja que más he notado ha sido la de Jimmy, porque, de los que se han marchado, ha sido el que más tiempo ha pertenecido a Joe la Reina. Pero al final….

–¿Ha cambiado tu idea de lo que sigue siendo un grupo?

–Sigue siendo la misma. La gente con la que toco son mis amigos. Lo que puedo sentir es cierta pena, o amargura, porque el grupo ha hecho daño a esas amistades. Pero también es inevitable. Hay amargura, pero al mismo tiempo, no he dejado de creer que una banda puede ser un grupo de amigos. Todo lo contrario. Antes había más egos, más oscuridades, más fantasmas. Ahora los que estamos hemos dejado las cosas más claras. Quién hace qué, porqué tú. Ahora los roles están más claros que nunca. O eso espero.

–Me acuerdo de vuestros inicios como Joe la Reina, la primera vez que viajasteis a Madrid para tocar, como teloneros de Tulsa, hace seis años. El clima que se respiraba era el de “lo hemos conseguido, somos músicos, vamos a tocar en Madrid con bandas conocidas”.

–Los primeros momentos son siempre muy emocionantes, tiernos. De hecho ese concierto fue alucinante. Pasamos de no hacer nada a tocar de pronto en la sala Sol, delante de muchísima peña.

–Veníais de pasar el mes de agosto encerrados en un pueblo perdido del valle de Tudanca, en Cantabria. Fue algo muy fresco, muy emotivo, ¿no? Cinco personas allí reunidas, para tocar música y componer las canciones que acabarían conformando vuestro primer disco, el EP Change of masks.

–Sí, pero no tenía mucho de realidad. Estaba todo teñido de romanticismo, del sueño de ser músicos. De hecho era un sueño total, y era un poco fingido incluso. No fingido, pero le dábamos mucha importancia al aspecto, a transformarnos físicamente y casi mentalmente en la música que estábamos haciendo, que no era una música de nuestro tiempo tampoco. Estábamos intentando ser algo que no éramos. Aunque supongo que es natural empezar así. No nos tenemos que castigar tanto por haber hecho el paripé.

–Teníais una idea de lo que era ser músicos, e intentabais pareceros o alcanzar esa idea.

–Y ahora estamos intentando que nuestra música sea lo que somos nosotros.

–¿Qué ha tenido que pasar para llegar a este punto?

–Muchos años. Cinco. No sé, hemos crecido. Cuando empezamos teníamos veintidós años.

–¿En aquel entonces cuál era tu sueño como músico, tu mayor fantasía?

–Yo pensaba que… yo quería ser como Bob Dylan [se ríe]. Era ridículo. Las fantasías siempre tienen algo de ridículo. Aunque también son el motor. Y siempre va a haber un motor ahí.

–Y ahora, ¿cuál es la fantasía?

–Ahora no hay fantasía.

–Acabas de decir que siempre hay una fantasía.

–Ninguna locura. Que la gente entienda Esas nuevas modas. Y que despegue de una puta vez el grupo… Tocar en el Primavera Sound, en el BBK. Una buena gira, tres meses sin parar. Y luego lo que venga, no sé. Seguir haciendo canciones.

–¿Y seguir publicando discos?

–Sí, pero ya no tengo ese sueño: “Vivir de la música”. Es muy relativo.

–Todos los músicos españoles se quejan de que resulta imposible vivir de la música. Salvo unas pocas excepciones, el resto deben, no malvivir, pero sí tener un trabajo paralelo que les sustente.

–Eso no me importa. De hecho me hace estar más pegado a la realidad. O a una realidad que detesto tanto como me inspira.

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–El otro día vi Cinderella Man, con Russell Crowe interpretando al boxeador James J. Braddock, que fue campeón mundial de los pesos pesados en la época de la Gran Depresión en Estados Unidos. En un momento dado de la película, antes del combate final, un personaje le advierte que podría morir en el ring, y él contesta que también podría morir trabajando como estibador en los muelles del puerto, pero que su profesión es esa, ser boxeador. La lectura es: nos hemos resignado a que, para ser artistas, haya que tener otro trabajo, otra profesión, pero ¿y ese orgullo de poder decir “soy músico”?

–Hombre, es que yo no voy a dejar de decir eso. Yo no sé si puedo decir que la música es mi profesión, pero sí es mi vida. Mi profesión es solo mi profesión.

–¿Cuándo nació tu vocación de ser músico?

–Me acuerdo de la primera vez que tuve la idea de componer una canción propia. Ese es un momento muy loco, ¿sabes? Fue en un festival de Navidad en el colegio. –Estaba en 4º de la ESO o en 1º de Bachiller. Normalmente se tocaban versiones. Otros años había tocado Green Day y Nirvana. Entonces me dije: “¿por qué coño voy a tocar otra versión? Voy a hacer una canción mía”. Y esa fue la primera vez que lo hice. What would you say, se llamaba. “Qué dirías”. Ese fue el primer paso. Ese es el momento más potente, que tienes esa necesidad. ¿Por qué voy a estar versionando a otro si puedo hacerlo yo, si tengo algo que decir? Mi novia se iba en verano a Inglaterra a vivir y yo estaba destrozado [se ríe]. No me acuerdo que decía. Era algo así como: “¿qué dirías si yo me fuera?”. Era un poco… era ridícula. Aunque tenía un toque como punky.

–¿Fue ese el momento en el que supiste que querías ser músico?

–Yo ese momento no lo he tenido. Empecé a tocar, empecé a tocar, y una vez que empiezas a tocar tampoco hace falta ese “quiero ser músico”, porque ya eres músico. Y a medida que vas creciendo, te vas diciendo “voy mejorando y cada vez soy mejor músico”. Pero no creo que haya un punto en el que digas: “Ya soy músico”.

–No te pasó como a San Pablo, que se cayó del caballo de camino a Damasco.

–No, no hubo esa caída, esa conversión tumbativa.

–Y lo contrario, ¿has pensado alguna vez “lo dejo”?

–La música no pero el grupo sí, mil veces. Y sobre todo este último año, con este disco. Ha sido un puto infierno. Hemos tardado dos años y medio. Me he puesto en evidencia, me he visto en situaciones ridículas, de tener que acabar el disco casi a la fuerza, de tener la obligación de terminar el disco, y entonces es muy incómodo. Personalmente, desde el punto de vista artístico, es ridículo.

–Sin embargo, por lo que te conozco, con Bailamos por miedo te pasó lo mismo, lo tuviste que terminar un poco a la fuerza también. 

–Sí, sí, siempre me va a pasar. Es mi forma de trabajar también. Pero creo que estoy adquiriendo otra soltura. Acabar de grabar Esas nuevas modas me ha ayudado mucho en eso. Yo creo en un tercer disco voy a estar más suelto. Cuanto más me conozco, menos me cuesta proyectarme en canciones. Es normal, supongo.

–En una entrevista, Damien Jurado decía que había alcanzado un punto en que podía convertir en una canción cualquier sentimiento o cosa que le pasara, como una conexión total con su creatividad.

–Antes me has preguntado cuál sería mi fantasía como músico, pues yo creo que sería ese. Poder estar conectado.

–En otra entrevista, ésta a Alex Turner, el líder de Arctic Monkeys confesaba que habitualmente atravesaba épocas de muchísima sequía creativa, de estar tocando y tocando y que no saliera nada.

–Hombre, yo creo que eso es el pan de cada día para cualquier artista. Si no viene eso, tampoco viene lo otro. Siempre hay un momento de forzarte a algo. Forzarte a concretar, a conceptualizar cosas que sientes o piensas. Ese momento es violento.

–Me acuerdo de los años que vivimos juntos en Pamplona. Fueron años de grandes descubrimientos musicales: los Beatles, Bob Dylan, Leonard Cohen, Arcade Fire, los Strokes, Fleet Foxes. La música era una forma de descubrir mundos distintos, encontrábamos una identidad en la música.  Ahora en cambio me sigue gustando la música, han madurado mis gustos, he conocido otras bandas, pero ha cambiado la forma en la que escucho y vivo la música. No sé si a ti te ha sucedido algo parecido.

–A mí me sigue pasando, sigo descubriendo grupos que me fascinan. Ahora me está pasando por ejemplo, más que con grupos, con estilos que antes por ejemplo no me imaginaba escuchando. Ahora escucho a Chet Baker por ejemplo, que el jazz nunca me había atraído, y me siento que me abre ventanas mentales.

–Sigues alucinando con la música.

–De otra forma probablemente. Antes era igual una relación más íntima. De repente un grupo de música pasaba a ser una referencia vital, una parte fundamental de tu vida, formaba parte de tu personalidad casi.

–Esa sensación de haber descubierto un grupo engancha y creo que si consumimos tanta música tiene que ver con eso: seguimos buscando esa sensación, anhelamos encontrar una banda nueva a la que engancharnos, como si fuera una droga.

–Sí, pero eso tiene que ver mucho con las formas de consumir que tenemos en este momento que estamos viviendo. La novedad está por encima de todo lo demás. Nos cansamos muy rápido de todo.

–Como cuando dicen que antes sólo tenían tres vinilos, pero los escuchaban sin parar. 

–Es un tópico, pero es que es así. Y hay demasiada música. Se publica demasiado. Yo creo que eso afecta mucho.

–Nos quejamos pero al mismo tiempo es bueno para los que quieren ser músicos que existan tantas oportunidades de publicar.

–A mí no me parece que eso sea tan bueno.

–¿Bueno para quién?

–Bueno para nadie porque al final se publica muchísima basura. Igual lo que estoy haciendo yo forma parte de esa basura. Pero al final estás quitando espacio o –protagonismo de gente que realmente es buena para que consuman mierda que es más fácil de consumir. Yo creo que eso hace mal a la sociedad.

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¿Cuál ha sido tu mejor momento como músico? 

–El mejor momento hasta la fecha cuando me di cuenta que había terminado Esas nuevas modas. Eso lo tengo muy claro. Es la mayor liberación que he sentido nunca, cuando terminé de grabar la última letra. Liberación absoluta. Llevaba dos años y medio sintiendo que estaba en cierto modo siendo un personaje que no era yo. Estábamos preparando un disco que no avanzaba… Tú me has preguntado antes sobre sentirse músico, pues yo estaba haciendo un disco sin sentirme un músico, ni un artista, ni un letrista…

–Te sentías un farsante.

–Sí, me sentía alguien que estaba forzando la máquina.

–Los demás te consideran músico, tú te quieres considerar músico. Desde dentro o desde fuera, ¿sentías como impuesta la obligación de ser músico?

–Yo sí que soy músico pero en ese momento no tenía mucho que decir, no tenía esa necesidad, pero sí que había una presión por sacar el disco. Esa situación me ha amargado, me ha removido mucho por dentro. Pero también he aprendido mucho a convivir conmigo mismo, más humilde, más tolerante conmigo mismo.

–¿En qué sentido?

–En el sentido que he tenido que aceptar en muchos momentos que… Para empezar a ser paciente conmigo mismo, a comprenderme, a decirme “vale, yo en esta situación tenga que esperar a que realmente tenga una necesidad de tener algo que contar”. Hubo muchos momentos en los que me sentía un farsante, como tú has dicho. Pero fui esperando, poco a poco, sin forzar.

–En las letras de Esas nuevas modas hay referencias directas a Simple Twist of Fate de Bob Dylan, a Centro di gravità permanente de Franco Battiato, a Te recuerdo Amanda de Víctor Jara. Sin embargo, aunque sean artistas muy diferentes y vuestro propio estilo no se parezca al de ninguno de ellos…

–Los grandes letristas que he escuchado son esos, ellos son los grandes letristas del siglo pasado.

–Me gustan esas referencias, son como pequeños homenajes.

–Sí, eso viene también del “reutilizar” que se da tanto ahora. En la música se hace mucho por ejemplo en la electrónica y en el rap, se cogen fragmentos de otras canciones. A mí me gusta esa idea. En Esas nuevas modas el único sampler de grabación cogido de otra canción es el de T. S. Eliot, lo demás son cosas que grabé con el móvil, las risas de Chaveas

–¿Saliste a la calle y te pusiste a grabar?

–No. Estaba en mi habitación en Londres, y la habitación daba a un patio… a la parte trasera de muchas casas inglesas con su jardincito. Era un domingo y estaba todo rayado, había un Sunday Roast, que es como un brunch inglés. La gente hace una barbacoa a mediodía. Me llamó la atención: cómo tenía tan cerca el ocio y la gente divirtiéndose y yo ahí solo sin poder acceder. Estuve grabando el ambiente, no sé por qué.

–Escuchando el disco me ha dado la sensación de que también hubieras coleccionado frases, por ejemplo ese “no hables así” en Nadie me representa, como si las hubiera recogido de conversaciones…

–Sí tiene algo de eso. Son pensamientos que venían rondando mi cabeza desde hace mucho tiempo y sobre los que quería escribir y no podía. Yo quería escribir una canción y explayarme.  Al final he hecho mucho de coger ideas sueltas y pegarlas en la canción, como un collage, y al final construir algo.

–Con la idea de que el pegamento surgiera por sí mismo.

–Sí, tenía una idea general sobre la canción e iba metiendo ahí todo lo que se pudiera relacionar en cierto modo.

–Como cantante, ¿cuáles otras son tus influencias?

–Para algunas canciones no tengo influencias. En otras: raperos, Kendrick Lamar, King Krule. No imitar, pero sí me han ayudado a soltarme. Damon Albarn. Va por ahí, ese lugar entre el rap y la melodía. Por ejemplo en Soy uno más: un rap de repente y esa melodía del estribillo.

–¿Cuál es tu canción favorita de Esas nuevas modas?

–A día de hoy: Soy uno más y Chico.

–Respecto de Chico: resulta una canción muy ruidosa, la voz aparece en un segundo plano respecto del resto de instrumentos, a veces ensordecida por el estruendo, incluso demasiado. Parece que no quisieras que se oyera la letra, ¿por qué?

–No sé. También pierdes el norte en el estudio de grabación. Estás tan cansado que la escuchas mil veces y ya no sabes… Pero se entiende la letra, ¿no?

–Sí, sí.

–Pues ya está. Ahora somos una banda y no todas las canciones tienen que tener la letra como el instrumento principal, aunque la letra mole o no mole. Me gusta también que se integre con el resto. No estar ahí tan expuesto. Y que la gente escuche la música también.

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–En una entrevista a Arcade Fire, preguntaban a Win Butler, líder de la banda, cómo describiría el disco Neon Bible, que acababan de publicar, y él contestó que era como mirar el mar por la noche. En ese sentido, ¿cómo describirías Esas nuevas modas?

–Lo veo, poniéndome en esa misma tesitura, como una ciudad de noche y gente despierta. Gente despierta en una ciudad de noche, andando por las calles, fumando en las ventanas. Sí, puede que tenga algo que eso. También me imagino a alguien fuera de un pub o discoteca. La música suena dentro, la gente grita y se tambalea alrededor. Y ese alguien está metido en sus pensamientos.

–En el disco hay referencias al “no pertenecer”. En Nadie me representa, por ejemplo. No pertenecer, no ya a un partido político o a un club, sino, estar un poco solo.

–Más que soledad emocional es una soledad más ideológica, más relacionada con estilos de vida. Incluso soledad a la hora de mirar al mundo, o el sentido de la vida. Falta de referentes.

–Michel Houllebecq dice que para ser un poeta hay que ser un inadaptado, y que para ver bien el mundo no hay que adaptarse a su funcionamiento. 

–A mí todos los artistas que me gustan siempre han tenido esa sensación. Un artista que se siente totalmente cómodo en el momento y en el lugar y con la gente con la que convive no creo que haga cosas muy buenas.

–Puede que sea una parte fundamental para muchos creadores.

–No sé, tampoco creo que forme yo parte de ese colectivo de artistas.

–Pero puede que, volviendo a Tarkovsky, siendo ese sentimiento muy íntimo, sea también universal y necesario para crear. 

–No sé, sólo en el amor puedes… encontrar ese bienestar, ese recogimiento.

–¿Esas nuevas modas habla del amor?

–Sí, habla sobre muchas cosas.

–Pero hay referencias al amor.

–Esa sensación de extrañeza y de verlo todo como ajeno está muy relacionado con la ausencia de amor.

–Tengo la sensación de que, como banda, no habéis acabado de disfrutar de los conciertos que habéis dado en la gira de Bailamos por miedo, de que había frustración por no conseguir transmitir lo que queríais.

–Sí, salvando alguna excepción. También porque las canciones de Bailamos por miedo eran muy difíciles de encajar en muchos sitios o situaciones. Por ejemplo, el concierto que ofrecimos en el teatro Lara estuvo muy bien. La gente estaba atenta, estaba a sentir la música y escuchar las letras. Esa música en un festival no pintaba nada, no por lo menos de la forma que se conciben los festivales en España.

–¿Y qué me dices sobre los conciertos que habéis ofrecido vosotros solos, en salas pequeñas?

–Esos no han ido mal. Pero de todas formas eso estaba también muy relacionado con lo que se respiraba en el grupo. No había una comunión total, había muchas diferencias entre miembros de la banda. Eso afecta mucho. Estaba todo descompensado. Hacemos una música complicada, que para llevarla al directo y que suene bien es complejo. Nos lo han dicho miles de técnicos de sonido. Nosotros vamos ilusionados a una sala y nos empiezan a decir: buf, lleváis muchos instrumentos.

–¿Y eso ahora?

–Ahora estamos preparando el directo de una forma más profesional y también hemos mejorado mucho. Ahora tocamos mejor. Confío en que a partir de ahora los conciertos vayan a salir mejor.

–Y respecto al público, ¿cómo crees que va a reaccionar?

–Vamos a conectar más con el público. Valoramos más lo que tenemos. La gente que viene a vernos es oro puro.

–¿Cómo te imaginas la gira? ¿Qué quieres que pase en los conciertos?

–Sobre todo vibrar. No quiero que se haga pesado en ningún momento. Que cada canción suene porque tiene que sonar en ese momento. Y también tratar de transformarlas, mínimamente, sin hacer cosas raras, pero con pequeñas cosas que te animen a afrontar cada directo con otra emoción, porque si no es solo repetir. De lo contrario me parece un coñazo.

–¿A qué banda te gustaría parecerte sobre el escenario?

–Me gustaría que nos vean como Joe la Reina. No parecernos a nadie.

–¿Para cuándo el próximo disco?

–Espero que no pasen cuatro años.

 

 

 

 

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