Fotografía: Marina Martínez

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En esta crónica intentaremos mostrar un paisaje donde quepan un conjunto de escenas, como sucede en El jardín de las delicias de El Bosco. Pero en cambio, el estilo lo trabajaremos de manera costumbrista. No sé, imagínense La vicaria de Marià Fortuny. Manel es un grupo que mientras te explica que ayer perdieron el autobús te descuartiza los secretos de la vida. Aunque por la cercanía musical sus canciones pueden hasta parecer un bodegón, amagan la complejidad del más atrevido de los Dalí.

Salieron al escenario de la Plaça dels Àlbers –una plaza costumbrista escondida detrás de una iglesia barroca– en manga corta a pesar de que la temperatura no llegaba a los veinte grados. Es lo que tienen las fiestas mayores, que caen cuando aún no has estrenado la arena de la playa y es lo que tiene que, jugando con el título de una de sus canciones, fuese una noche demasiado fría para ser mayo. Empezaron con la atrevida Les cosines, la canción que abre Jo Competeixo, el disco que presentaban, y que tiene todo el aroma de las que taralalearás aún en el geriátrico. Con ella rápidamente se pudo comprobar la evolución hacia lo electrónico -las guitarras eléctricas de M’hi vaig llançar recuerdan a los mejores The Killers– que han experimentado con su cuarto disco. Adiós ukelele. Al principio del concierto las caras atentas del público parecieron analizar cuánto les gustaba el nuevo maquillaje del grupo, el cual no se mostró del todo bien puesto con esta canción y la siguiente, BBVA, faltas de rutina, pero que encandiló con Temptacions de Collserola. A partir de entonces la audiencia se dedicó a beber y a cantar.

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Y por audiencia me refiero, por ejemplo, al par de niños de nueve años –no bebieron, cálmense- que tenía al lado en la primera fila del concierto y que conocían la discografía entera de los catalanes. A Roc no le tocaron su favorita: Els guapos són els raros. Era el segundo concierto de su vida. El estreno había sido en uno de Fito y Fitipaldis en el Palau Sant Jordi. Y por audiencia también me refiero, claro, a los intrépidos alpinistas que aprovecharon los tejados de los pisos de la plaza para ver el concierto gratuitamente. Pero a otros no les apeteció tanto que, el grupo que ha conseguido con todos sus discos ser el más vendido en España, tocara delante de su casa y silenciosamente bajaron las persianas cuando el espectáculo dio inicio. A veces la alegría de los demás duele. Este tipo de personas suelen ser las mismas que rechazan la invitación a un chupito de Limoncello porque no les gusta. Y una mujer de Tàrrega que también habitaba la primera fila nos contó que en esos pisos vivía muy poca gente y que en la mayoría de los casos las viviendas estaban ocupadas por los almacenes de las tiendas que daban a la otra calle.

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Para los Manel, Tàrrega no es un lugar cualquiera; en 2007 allí hicieron su primer concierto. Fue en un cámping y, como recordó Guillem Gisbert en uno de sus habituales parlamentos entre canción y canción, no fue demasiado bueno. Deseó que entonces no sucediera lo mismo y se cumplió. Por culpa de este concierto y el de dos días antes en Banyoles –el primero de la gira– Martí Maymó no pudo acudir al estadio Los Cármenes de Granada para ver ganar la Liga a su querido Barça, afición que comparte con Roc, quien me explicó que celebró el triunfo blaugrana con Coca-Cola y zumo de naranja, y segundos después me aclaró que no había consumido cerveza. Y ni mucho menos vino –me inquietó esta puntualización de su menor estima por el vino.

Un servidor desconoce si Maymó antes de salir al escenario se ató y desató cinco veces los cordones de las Converse verdes que llevaba como nos contó en Negratinta que hacía siempre antes de salir a tocar. Los presentes en la entrevista no supimos si lo decía en serio o en broma. No fuese a ser que Martí tuviese problemas con la serotonina, el título de la canción más llamativa del nuevo álbum, que fue uno de los bises que tocaron a petición del público y que se mostró inacabada en el directo. En cambio, los otros dos bises, la majestuosa Jo competeixo y la heroinómana Teresa Rampell provocaron que el público se fuese a casa con ganas de practicar sexo y ponerle Manel al resultado.

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