«Cada tarde es un puerto», Jorge Luis Borges.

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Era medianoche a la luz de las farolas y el cielo estaba muy oscuro. Era noche de maganos, es decir, de calamares pequeños en la Bahía de Santander. Maganos que serían pescados con guadañeta, el pequeño plomo donde se entrelazaban los anzuelos para unirse a un fino sedal. Los buscaban sin prisas seis pescadores con una lucecilla verde cerca del anzuelo para atraerlos, y en grupos hablaban por teléfono móvil para desplazarse donde hubiera más. Era una noche fría de verano. Entre la primera quincena de julio y la de agosto, tiempo de la temporada habitual de la pesca del magano. Cuando todavía era pequeño: más bueno y más rico.

Era aquella, la de aquel verano, una noche mala, oscura y cerrada, de lluvia que calaba. Y de pocos maganos. Apenas dos o tres habían pescado a las cuatro de la mañana, y eso que decían que hubo noches en el pasado, es decir, hace bastantes años, que llegaron a coger hasta cuarenta de ellos. Los dejaban en cubos azules. Porque en estos últimos años la mar de la bahía se iba haciendo cada vez más difícil: muy poca pesca, muy poco dinero y muy pocos maganos. Era debido a la explotación del mar, explicaban los seis que iban tras ellos.

Y de madrugada, al acabar, los venderían a 2 euros directamente. Y la media docena los mejores restaurantes de la elegante y señorial ciudad de Santander la pondrían a precio de oro, a 36, es decir, tres veces más de lo que pagaron al pescador. Se pedirían platos de a media docena, de a 36 euros por persona, más vino y pan. A la plancha y con un poco de cebolla blanca están muy buenos, dicen los mismos pescadores. O con tomate bien rojo. “Aunque si cogemos tan pocos como esta noche los maganos serán para nosotros y la familia”. Y entonces comerán como señores elegantes, con sencillos platos y manteles, uno de los productos más caros de la temporada estiva de Santander.

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Es de día, y en la playa de Mataleñas, o en la del Sardinero, un chico maltrata a su novia obligándola a meterse en el mar con él. Ella dice que no quiere, que el agua está fría. De ese frío oscuro que dejó la noche de maganos en todo el mar del puerto. Ella dice que no quiere, pero él la obliga a la fuerza, y para que él deje de gritar ella sufre por última vez. Porque en el Barrio pesquero, cerca de donde se cogieron los maganos, alguien ha pintado junto al mar de todos: «Los puertos son puertas. ¡Huye!».

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Fotos: Jesús J. Prensa.

1. Redes para atrapar peces en el Barrio pesquero de Santander.

2. Pintada en el mismo.

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