La nieve cubría por completo las altas cumbres de la cordillera de los Andes el 13 de octubre de 1972. Era un día nublado donde apenas se veía más allá de unos metros de distancia. A 4.500 metros de altitud y con quince grados bajo cero descansaba en una ladera completamente blanca la parte delantera de un avión. Antes había sido una única pieza de metal gris, concretamente un Fairchild 571, un turborreactor F227 de dos motores cedido por la Fuerza Aérea Uruguaya que se dirigía hacia Santiago de Chile. En él viajaban cuarenta y cinco personas, contando entre pasajeros y tripulantes. La mayoría pertenecía al equipo de rugby amateur del Old Christians Rugby Club, el resto eran ex alumnos del colegio irlandés Hermanos Cristianos de Montevideo junto a familiares y amigos. La chatarra metálica estaba destrozada allí arriba, hecha añicos por la montaña, desprendiendo humo desde uno de los puntos más cercano al cielo. En paradero desconocido, cerca del Glaciar de las Lágrimas. El lugar donde se quebró su humanidad.

El impacto se produjo una hora y media después del despegue. Las malas condiciones que ofrecía el temporal les obligó a tener que aterrizar cuanto antes. Contactaron con la base aérea más cercana, pero un error de coordenadas hizo que el piloto descendiese varios metros de altitud creyendo que estaban cerca. En realidad estaban sobrevolando las cordilleras más altas de los Andes. La visión era casi nula y las nubes ocultaban el pico con el que después chocarían. Trece de los cuarenta y cinco pasajeros murieron por el impacto. Ninguno había visto antes un cadáver, de hecho nadie está habituado a hacerlo, con excepciones. Terminarían por acostumbrarse a su presencia, hasta tal punto de salvarles la vida a dieciséis de ellos. Cada uno tiene algo que contar del llamado Milagro de los Andes. Su increíble relato de aquellos largos setenta y dos días de supervivencia en la nieve.

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Pablo Vierci, amigo de una de las víctimas de la tragedia, reunió a los que hoy siguen vivos para contar la verdad. Las dieciséis almas que sobrevivieron se desnudan en La sociedad de la nieve, escrito por el mismo Vierci. ¿Sabes por qué la historia sigue interesando? Porque estamos vivos –enfatiza José Luis Nicolás Inciarte. Interesa más ahora que hace cuarenta años porque el mundo cambió muchísimo. Hoy se habla y se resaltan mucho más los valores, el espíritu humano, la amistad –le sigue Adolfo Luis Strauch, recalcando la idea de su compañero. En esta historia, la nuestra, hay una cantidad de valores humanos que estaban escondidos.

En la habitación, el salón del club del Old Christians Rugby Club, diez de los dieciséis supervivientes ­se congregan para intercambiar voces, reflexionar sobre todo lo que pasó y cómo sucedió. Sentados en los rugosos sillones de piel, intentan formar un círculo uniforme con el fin de verse las caras. Parece la típica reunión de amigos pero en realidad sirve de terapia. Creo que casi todos los jóvenes que viajábamos en aquél avión estábamos dentro de una burbuja –prosigue a la ya inaugurada charla Eduardo Strauch. Vivíamos sin mayores problemas. Hasta ese momento yo y la mayoría de los pasajeros habíamos tenido una vida muy plácida. Nunca pudimos imaginar que la burbuja iba a estallar de esa manera, con una onda expansiva que nunca más se detuvo.

En el lugar del accidente se levantó una cruz para recordar a los fallecidos.

En el lugar del accidente se levantó una cruz para recordar a los fallecidos.

No me gusta hablar porque sé que les duele a algunos familiares. No tenemos la necesidad, creo yo, de recordarles permanentemente lo que sucedió. Ha sido muy difícil enfrentar a las madres de mis amigos muertos y escucharles decir, en mi rostro, que prefieren no verme. Con la mano en el corazón digo que no puedo ir a una conmemoración a que me aplaudan –comenzaba a confesar abiertamente Bobby François. Jamás volví ni volveré a los Andes. Aprendí la lección. Me ganó, lo tengo clarito. No estaba preparado, con diecinueve años, para caer de un avión en una cordillera, soportar treinta grados bajo cero o comer gente muerta. ¿Pero quién lo está? Hay quien siente compasión o piedad por mí. Yo no la siento. Y si alguien la experimenta, le corrijo, no me tengas lástima.

El primero en llegar a Montevideo tras el accidente fue Daniel Fernández. Recuerdo que me cayeron todos los periodistas encima y que la cosa se había descontrolado. Por eso, al día siguiente decidimos con mi familia dar una entrevista a un programa televisivo, desde mi casa. En uno de los cortes se acercó un periodista con un folio en la mano y me dijo: “Desde ayer está circulando esta versión. ¿Lo puedes confirmar o lo desmientes?”. Mi padre notó algo raro y le quitó el papel. Tras leerlo agarró al periodista por el cuello. Estaba enloquecido. Así que me puse en pie y le dije: “Papá, es verdad, nos alimentamos con los cuerpos”. Ahí mismo se puso a llorar y no dejó de abrazarme. En ese momento entendió cómo habíamos vivido todo ese tiempo.

Nuestra historia evolucionó porque nuestro tema tomó transcendencia por el canibalismo. Hoy nadie pregunta cómo nos alimentábamos allí arriba. Nos hablan de los valores –admite en su participación Gustavo Zerbino. Lo primero que aprendimos en la montaña es a decir la verdad. Cuando nos rescataron nos pidieron que negáramos que habíamos comido carne de los fallecidos. Nosotros éramos jovencitos y se arrimó gente prestigiosa, con mucho peso, que sus razones tendría, y nos dijeron: “escóndanlo”. Pero, ¿por qué? Si lo que había aflorado era el respeto a la vida, el respeto a la muerte. Si lo que afloró en ese infierno fue el afecto, el único antídoto que conseguía disolver parte de ese dolor. ¿Cómo íbamos a bajar a la vida y lo primero que diríamos sería una mentira?

Las intervenciones se suceden hilándose una con otra. Tejidas con serenidad y con voz calmada. Se respetan los turnos, pero se deja percibir esa tensión viva del pasado. Roberto Canessa expone cómo la gente ha ido cambiando la perspectiva de ver la historia. Antes se preguntaban cómo lo hicieron, en cambio, hoy la pregunta es por qué lo hicieron. Cuál fue el combustible espiritual de cada uno para poder seguir adelante cada día. ¿Por qué algunos se les gastó y murieron, y por qué otros seguimos? ­–insiste. Cada uno de mis compañeros tenía un motivo tan poderoso o más fuerte que el mío que lo impulsaba a tragar el primer bocado. Dejamos de ser aquellos jóvenes alegres para transformarnos en esos seres antiguos, estigmatizados por la antropofagia, para bajar y seguir bajando hasta descubrir que el límite no tiene fondo, porque este solo aparece cuando mueres.

Andes1

El equipo uruguayo, en una imagen previa a su último viaje.

El espíritu rugbier fue clave –destaca Tintin Vizintín–, sobre todo en los primeros días. Algunos teníamos una base rugbística, unos valores de trabajar en equipo. Y ese espíritu apareció en el momento en que más lo necesitábamos. El capitán del equipo fue el que tomó la iniciativa, cogió la bandera para organizarnos y ninguno de nosotros puso en duda sus decisiones. Era nuestro capitán. Todo se diluyó hasta que murió. (…) El rugby te enseña a sufrir, y el puesto en el que yo jugaba, el pilar, te enseña a empujar, a no desfallecer, a golpearte, una vez, dos y cien veces contra la pared, que es el pilar contrario, generalmente un tipo cuadrado de más de cien kilos. Y cuando no puedes más, tienes que seguir, porque el límite de tu esfuerzo siempre es flexible y puede estirarse un poquito más. Te acostumbras a que ese esfuerzo suplementario sea tu condición natural. Sobre todo esto pensé mucho en la montaña. Desde el momento del accidente me impuse un objetivo, que proviene del rugby: si me iba a morir, si nos íbamos a morir, lo haríamos actuando, dando más de lo que podíamos. Es decir, iba a morir de pie, no postrado sobre esas chapas contraídas del avión.

Les preguntaron si nunca creyeron necesario psicoanalizarse. Coche Inciarte contesta espontáneamente. Una vez fuimos. Fue una reunión con una psicóloga y un psiquiatra. Recuerdo que estábamos todos en círculo. Éramos como doce o trece. Estábamos todos callados. Ellos también se quedaron en silencio y esperábamos que hablaran primero. Creo que nos quedamos como veinte minutos, y en un momento nos miramos y dijimos, ¡vayámonos a la mierda! Y nunca más fuimos. Los tipos no sabían qué decirnos, cómo encararnos. Lo nuestro no era algo que ocurriese todos los días. Al no tener punto de referencia no podían hacer nada. Somos el primer grupo humano que reconoció lo qué habíamos hecho para sobrevivir. La terapia la hicimos allí arriba.

Pedro Algorta, autor de Las montañas siguen allí, también viajaba en el avión. Quería visitar a su novia que se encontraba en Chile, pero su intento se frustró. En los primeros días alguien se ocupaba de administrar los alimentos que habíamos ido encontrando, pero a medida que fue pasando el tiempo las provisiones empezaron a escasear. Entonces cada cual miraba por interés propio. Si aparecía un paquete de galletas o una barra de chocolate se tenía que repartir entre los que estaban más cerca o los que tenían la fortaleza de protestar. Algunos de los enfermos y heridos ofrecían trueques a los que andábamos por allí: cigarrillos por comida. A nadie le parecía mal porque en ese momento la supervivencia era un problema individual. Ya no éramos un equipo sino unos pobres desdichados. Yo era un chaval marginal que tuve que aprender a relacionarme rápidamente con los demás. Sabía que para defender mi espacio tenía que hacerlo. Así que dejé de lado la timidez y empecé a fumar como hacían los demás. No se puede decir que disfrutara haciéndolo pero sabía que era una forma de integrarme en el grupo, una especie de ritual a 4.000 metros de altura.

Finalmente logró ganarse la confianza de los líderes del grupo y pudo defender su territorio dentro del fuselaje del avión. Hoy reconoce que cometieron errores. Ahora me pregunto por qué no se nos ocurrió quemar alguno de los neumáticos del avión para que pudieran vernos desde el aire. Se tomaron malas decisiones –continúa sin cortes su crónica. En un exceso de entusiasmo, el día en que vimos un avión sobrevolando las montañas acabamos con las reservas de comida. No se culpa por ello, estábamos débiles y hambrientos. Éramos jóvenes y nadie nos había preparado para vivir en ese límite entre la vida y la muerte. Para no malgastar energías, Algorta, evitó el más mínimo movimiento. Vivía bajito, acurrucado en un rincón, hecho un ovillo, escuchando mi respiración, contando los latidos. No pensaba en la familia ni en los seres queridos. Algunos de mis compañeros escribieron cartas que te partían el corazón, pero ni siquiera lo intenté. Escribir requería de cierta capacidad de concentración y preferí no pensar, dejar la mente en blanco, llenar la cabeza de nieve, congelar los sentimientos. Creía que la mejor forma de pasar inadvertido a la muerte era confundirme entre el paisaje.

No se escandalizó el día que alguien sugirió recurrir al cuerpo de sus compañeros difuntos. El hambre que sentí aquellos días no lo había experimentado nunca antes, tras un día o dos sin comer absolutamente nada. Era algo mucho más fuerte que se apoderaba de tu voluntad y te impedía pensar. Las manos acudían a la boca instintivamente, en un gesto irracional que nos llevó a probar todo lo que había a nuestro alrededor. Intentamos comer trozos de asiento, el cuero de las maletas, los zapatos… Pero aquello no nos saciaba. La antropofagia era la última esperanza del grupo. No recuerdo objeciones, al menos en voz alta, aunque todos tratamos de justificar lo que, antes o después, terminaría pasando. Como católico, Algorta recurre a la religión para romper el tabú. ¿No es el sacramento de la comunión justamente eso, comer el cuerpo de Jesucristo para recibir a Dios y la vida eterna en nuestros corazones? Nuestros amigos habían muerto para que nosotros siguiéramos viviendo. Teníamos la obligación de alimentarnos de su carne.

Parrado y Canessa, junto a Sergio Catalán, el campesino que los encontró.

Parrado y Canessa, junto a Sergio Catalán, el campesino que los encontró.

Fue él mismo, con otros dos compañeros, uno de los primeros en dirigirse al frente del avión, bajo la cabina de los pilotos, donde habían ido amontonando los cadáveres. Tomamos uno de los cuerpos, el de un chico que conocía bien, pero no sentí nada en ese momento. Con un trozo de vidrio realizaron cortes en los muslos y extrajeron pequeñas tiras, que fueron repartiendo con equidad. También utilizamos navajas de afeitar. La carne estaba blanca por el frío. Comimos con curiosidad, incluso con emoción. Conscientes de lo extraordinario del acontecimiento. Pero no nos sentimos mal por ello. ¿Que a qué sabe la carne humana? A vida, a eso sabe… Aquello fue muy duro. No soy un héroe ni un villano, solo un tipo corriente que se enganchó a la vida como buenamente pudo.

Se enteraron de que las autoridades chilenas habían suspendido la búsqueda gracias a una radio que encontraron en el avión, entonces prepararon un plan para salir. Al día setenta y dos, recompensados los esfuerzos, un helicóptero los encontró. Allá arriba, en la nieve, a bajo cero, con hambre, deshumanizados. La supervivencia les había quebrado la humanidad que poseían. Parrado y Canessa se sacrificaron vendiendo su vida a la muerte, porque no había nada que perder en las montañas, solo los días blancos que se consumían. Caminaron hasta un poblado chileno durante diez largos días para dar el aviso. Las veintinueve víctimas se enterraron en la falda del volcán Tinguiririca y los restos del avión fueron quemados por expertos de alta montaña, acompañados de un sacerdote y un oficial de la Fuerza Aérea uruguaya. Una enorme cruz anaranjada con la inscripción “El mundo a los hermanos uruguayos, 1972” queda en los Andes como testimonio, visible para los aviones que vuelan a diario por esa ruta. Los supervivientes crearon en 2006, junto a familiares de los fallecidos en el accidente, la Fundación Viven para ayudar a personas cuya vida es una cuestión de supervivencia diaria.

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Este texto ha simulado un debate ficticio con el propósito de juntar las voces de la tragedia. Nando Parrado cierra la reunión. Ya casi están todos levantados. Él también lo hace, reflexivo, repasando la vista con detalle por cada uno de ellos, nostálgico. Mi padre me dijo: “El sol va a salir de nuevo mañana como si nada hubiese sucedido. De modo que tú tienes que hacer lo mismo que él olvidando el pasado”. No tuvimos otra elección, vivir o morir. Todo esto deja un gran legado, una lección de vida. Salimos dieciséis. Hoy somos más de ciento cuarenta los descendientes que estuvimos en la montaña.

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