Porque esta Venecia de la que escribo es la ciudad más bonita e interesante del Occidente que he conocido. Una Venecia que tiene dedicada una calle a la muerte: Calle della Morte. Porque al recorrer el recodo de esta maldita veo que uno de los letreros ha sido borrado con la pintura blanca que fabricaron los vivos. Me dicen que aquí ahorcaban a los ladrones hace siglos. En el bar de la misma esquina un cappuccino cuesta justo un euro en la barra: me quedo a hablar con un antiguo estudiante de la ciudad.

De los submundos universitarios de Venecia y de los enfrentamientos a cielo abierto que cada día diez de cada mes se producen en la ciudad. Tres bandos divididos por las tres universidades venecianas, me decía: los Comerciantes della Ca’Foscari, los Artistas dell’Accademia di Belle Arti y los Arquitectos della IUAV. Los primeros van a los bares a comer y beben cervezas enfriadas y guardadas en el mar de la isla de Murano, los segundos llenan la ciudad de colores las noches de luna llena y eliminan con blanco las dobles letras de los letreros en italiano para defender el uso del veneciano, los terceros entran en las casas vacías para hacer fiestas entre dos o tres y saltan alto desde los balcones a los canales. Cada uno de ellos defiende en cada golpe al otro una visión de la Humanidad, de la Vida, de la Bendición del Amor, el Sexo o la Fama. Se pelean en los campos centrales o periféricos de Venecia, se destruyen y acababan felices en los canales desfallecidos. Sólo desean no morir, y para eso tienen otras calles: Calle del Vin, Calle del Consolo, Calle della Vida. Una ciudad identificada, en parte, con sus nombres de calles.

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Porque Venecia es la única ciudad del mundo en la que no circulan ni las bicicletas. Siempre en pie: la Muerte entra por los pies y si caminas no dejas que te vea.

Esta ciudad se mantiene inamovible desde hace siglos: al ser isla la construcción no puede ganarle terreno al mar, sólo al cielo. Tanta vida y arquitectura en un espacio reducido hace que moverse por ella sea difícil, por lo que casi todo el mundo, es decir, esos millones de turistas, son los siguen las flechas que llevan del centro a la estación de tren, y vuelta, pasando por el Ponte di Rialto o el Puente de Calatrava. Por eso perderse te lleva a las periferias de Venecia, en las que encuentras el silencio y a gatos maullando a mujeres ancianas en las ventanas. O la cárcel de Santa Maria Maggiore, rodeada de canales y donde cerca de 250 detenidos duermen. O el estadio del Unione Venezia, donde se celebran más los balones altos que caen fuera, y se perderán en el mar Adriático, que los goles.

Y Tiziano Scarpa, escritor y veneciano profesional, dice que la pasión de los venecianos por las máscaras nace de la necesidad de esconderse y de preservar su propia identidad. De ahí que el famoso Carnaval se celebre para transgredir una ley cuyo objetivo es en realidad alabarla; pues violarla sólo una vez, durante una fiesta bien establecida y controlada, permite reconocer su legitimidad para el resto del tiempo.

Y nada es lo que parece: a veces caminas por una calle que no tiene final.

Porque de Venecia los venecianos aficionados ya no podemos decir nada más. Debemos preservar su identidad y no decir qué es máscara y qué es realidad.

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Fotografías: Laura Spinelli.

 

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