Escribió Chaves Nogales en 1935 que “no se ha dado jamás el caso de que una hermandad de Sevilla haya tenido que alquilar nazarenos. El día que esto ocurriera los penitentes se convertirían en comparsas y la Semana Santa en una mascarada. Esos miles y miles de penitentes que desfilan delante de los pasos con la cara tapada y el cirio apoyado en la cadera lo hacen por pura devoción o bien por un espíritu de solidaridad y emulación, cuyo origen no es la religiosidad verdadera, ni siquiera el culto al sevillanismo, sino una fórmula social que se basa en una vida de relación restringida a las auténticas relaciones vitales del individuo: el barrio en que vive, el tallercito donde trabaja, su parroquilla, sus vecinos, su calle, su familia, su taberna. Esto es la cofradía. La supervivencia de este pequeño mundo del barrio en que se mueve el cofrade es lo que mantiene la Semana Santa en Sevilla, y merced a la coacción de este ambiente se plantan el capirote y enarbolan el cirio los más tibios creyentes y hasta muy bien caracterizados ateos. Este espíritu de hermandad tuvo siempre el orgullo de su independencia: la cofradía era únicamente la voluntad de los cofrades reunidos en un cabildo”.

83 años después de que Chaves escribiera aquello las cosas han cambiado poco. Nogales, que era sevillano, sabía de lo que estaba hablando. Quiso explicárselo a quienes no lo eran en un reportaje para su periódico Ahora, editado en Madrid. No he encontrado nada mejor, ninguna exégesis más fina y precisa de un fenómeno particularmente sevillano, por ser Sevilla lo primero que a un español cualquiera –siempre que no sea algún cofrade malagueño, zamorano o leonés– se le viene a la cabeza cuando se nombra la Semana Santa.

He vivido algunas Semanas Santas en Sevilla y he vivido cinco años en esa ciudad. No es mucho. En realidad, no es casi nada. Lo primero que se da uno cuenta al pasar más de dos horas en Sevilla es que es una comunidad humana inabarcable llena de pliegues y matices, quizá la más contradictoria de todas las que he conocido en España. Sevilla tiene poco que ver con el cliché con el que se alude a ella a la ligera en el resto del país salvo cuando algunos sevillanos se empeñan en parecerse a lo que dicen fuera que deben ser ellos. Hace poco, en un tuit, el independentista catalán Antonio Baños resumía esa percepción exterior de lo sevillano mentando una conferencia sobre Cataluña dada en Sevilla por Rodríguez de la Borbolla y Enric Juliana: “Pisha, ehplicano el embroyo catalufo anteh de uno finoh”.

Puede que en Sevilla la gente aspire las eses al hablar, pero no dicen pisha, seguro, por ser eso muy de Cádiz, poca gente mayor de quince años dice catalufo y por lo general en los bares se bebe más manzanilla que fino, por la tradicional complicidad cultural con Sanlúcar de Barrameda.Semana-Santa-9_Pablo-CobosHe conocido a lo largo de mi vida tres clases de cofrades en Sevilla: los que creen en Dios, los que no y los que sólo creen en su Virgen. O en su Cristo. Una de las primeras cosas que uno observa al empezar a profundizar en el fenómeno cofrade sevillano es que la devoción a tal o cual talla y la adscripción a esta o a aquella hermandad está determinada fundamentalmente por la familia. En Sevilla se es de la hermandad del barrio porque como escribió Chaves Nogales el barrio sostiene la identidad personal del sevillano, la marca con un hierro abrasador, acondiciona al individuo. Lo es todo.

Y si uno no es de Sevilla, estrictamente hablando, es de la hermandad del barrio en el que nació o vivió su padre o su madre. Luego, como en las ciudades de provincia de media España con los equipos de fútbol y el Madrid o el Barcelona, el cauce de la vida va llevando al sevillano a otras hermandades, según afinidad estética, personal, religiosa o pura casualidad. Hay quien es de una hermandad de la otra punta de la ciudad porque una vez, de pequeño, antes de tener siquiera conciencia de las cosas, el azar quiso ponerle delante el palio de esa cofradía y algo quedó prendado en su tierna niñez.

En 2009 el actual arzobispo de Sevilla, Juan José Asenjo, tomó posesión como coadjutor de la sede arzobispal sevillana, es decir, como delfín del entonces titular, el cardenal Amigo. No se le ocurrió otra cosa al hombre que, al salir, rechazarle una estampita de la Macarena a una niña que se acercó para dársela. La despidió diciéndole que para recoger esas cosas tenía él a su secretario. Naturalmente nadie en Sevilla lo olvida.

Esta es otra de las cuestiones que uno ha de entender si quiere desentrañar algo de la Semana Santa de Sevilla y por extensión, de toda la Baja Andalucía (la de Jerez, Cádiz, sus distintos pueblos y, sobra decirlo, la de toda la provincia sevillana, están hechas a imagen y semejanza de la de Sevilla). Los cofrades no pueden evitar al clero y el clero no puede evitar a los cofrades, pero entre ellos existe la misma relación de dependencia irritante, de turbación constante e intencionada, que entre Montoro y los autónomos.Semana-Santa-6_Pablo-CobosLo decía Chaves Nogales: “Los dos enemigos natos de la Semana Santa son el cardenal y el gobernador, el representante de la Iglesia y del Estado. Sin las hermandades, sin esa supervivencia medieval de las cofradías, no habría Semana Santa en Sevilla por mucho que se empeñase en ello la Iglesia o los gobiernos. La Semana Santa sevillana no es obra, ni de los curas ni de los gobernantes, sino de los cofrades, de una organización netamente popular y de origen gremial que ha estado siempre en pugna con los poderes constituidos”.

Sospecho que esa naturaleza popular e incontrolable, anárquica, a la que difícilmente se le puede poner el bozal de lo administrativo, de lo regulado, es la que molesta tanto a la curia. No en vano la tradición de representar la Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo en viñetas esculpidas, en forma de cómic tridimensional, responde a la necesidad de enseñar a la plebe. De evangelizarla. De aquella pretensión resultó un fenómeno único en el mundo gracias a la concomitancia del barroco, de imagineros extraordinarios, de artistas sin parangón y del carácter luminoso, expansivo, excesivo, de Sevilla.

La Semana Santa tiene una raíz democrática de la que carecen casi todas las fiestas populares no ya sevillanas, sino de todas partes. Como me dijo una vez un amigo muy sevillano, muy cofrade y muy, muy poco creyente, “no hay que pagar, ni ponerse traje, para ver un paso: simplemente dejarte caer en una pared, en una esquina de la calle”. No hay derecho de admisión, no hay casetas privadas con seguridad en la puerta. Es una fiesta nacida por y para la gente: la Iglesia jerárquica, oficial, la tolera porque aunque sea así, les llenan los templos, y el poder civil, aconfesional, asume su organización, digamos, urbana, mirándola como se mira a una vaca muy gorda y muy lustrosa, que da mucha leche. Esa leche es el turismo.Semana-Santa-2_Pablo-CobosEl clero no puede controlar la Semana Santa ni siquiera doctrinalmente. Toda la teología católica se refunda en esa visión exaltada y casi sincrética de los pasos, compleja para el foráneo, en la liturgia vieja como el mundo de los cortejos procesionales, donde todo está exactamente en su sitio y tiene un por qué. La transmisión de ese por qué es totalmente generacional. Precisamente siendo todo ello, el trabajo y el empeño de llevar el Nuevo Testamento a la calle inculta, el fruto refinado de la Contrarreforma y de Trento. La Historia tiene esas paradojas. Quizá lo que les resulte definitivamente perturbador a los padres de la Iglesia sea el roce continuado con lo profano en que consiste el núcleo principal de la Semana Santa de Sevilla. ¡Pero cómo va a ser, venir sólo a la iglesia para hacer la estación de penitencia! Pero esa es la esencia de la vida y del hecho religioso, desde los griegos hasta hoy.

Me temo que así será siempre y el día en que se pretenda convertir la Semana Santa sevillana en una procesión ininterrumpida de beatos y kikos se terminará la gracia. Este año, dicen, una ordenanza municipal va a prohibir a los bares del centro seguir abiertos pasadas las diez de la noche del Jueves Santo, para evitar carreras y altercados como los del año pasado y los del año 2000, que en Sevilla se llaman, con guasa, carreritas. Ya están las carreritas otra vez. Todos los años pasa algo porque esa noche la ciudad anda como embrujada, se puede palpar el hechizo, es algo que flota en el aire y vuelve a la gente susceptible y agresiva. Pero no sé yo si tendrá mucho que ver que se beba en los bares. Al fin y al cabo es tradición que los Armados de la Macarena, la banda de música que le toca a la Virgen más famosa de todas, empiecen una ronda de bares el Jueves Santo al mediodía.

Es tan democrática la Semana Santa de Sevilla que cumple canónicamente los versos de Omar Jayyam: al final de la partida, tanto el rey como el peón vuelven a la misma caja, y así duques, marqueses, futbolistas multimillonarios, empresarios de relumbrón y miserables limpiabotas se ponen la misma túnica y durante doce o trece horas caminan juntos los mismos pasos, sin que nadie sepa quién es quién, ni cuánto dinero tiene.Semana-Santa-10_Pablo-CobosHay que ir a la calle Conde de Barajas y ponerse un par de horas antes de que salga el Gran Poder, coger sitio en una de sus aceras. Es una calle no muy ancha, pero tiene dos buenas aceras, grandes, donde cabe gente. Hay que ir sobre las diez y media u once de la noche, cuando ya ha terminado el Jueves Santo, o casi. Media hora o cuarenta minutos después y ya no se puede. Entonces empieza a intuir uno lo que es la Pasión según Sevilla. Otro sevillano me dijo sonriendo un día que le pregunté por qué los romanos de los misterios llevaban plumas tan grandes y con colores tan chillones, si eso no respondía a ninguna verdad histórica, que aquello era la Pasión según Sevilla. Y es verdad. Uno no puede ir a Sevilla pensando que va a ver La Pasión de Mel Gibson, que va a contemplar una exhibición de verismo bíblico. Nada de eso. Es otra cosa. Otra cosa mejor, claro.

En Sevilla casi todo tiene un nombre oficial, pomposo y largo como el de un infante de España, y otro popular. Así los pasos más célebres: La Lanzada, Los Caballos (que es un misterio puritito derroche, con dos centuriones a caballo, y hay que mirarle los ojos a esos caballos, te cuentan la historia del Concilio de Trento; dos sayones levantando la cruz, que en diagonal sobre la base del paso, muestra al Cristo que empieza a agonizar, y los dos ladrones detrás, asustados), La Canina (un paso único que muestra a la Muerte apesadumbrada, sorprendida de su propia derrota), La Bofetá (tuve la suerte de ver entrar una vez a este Cristo, cuyo nombre verdadero es el de Nuestro Padre Jesús ante Anás, sentado en los escalones del altar de su iglesia, la de San Lorenzo, hogar del Gran Poder durante mucho tiempo y corazón de una Sevilla absolutamente pura, que allí significa a la vez mestiza y con solera; muerto de sueño que estaba aquel día después de horas y horas viendo pasos), El Cachorro (se dice que tiene la cara de un gitano muerto del que el escultor atrapó el último suspiro), La Macarena, La Esperanza, etc.

Es toda una experiencia buscar el cortejo de Los Gitanos en la Madrugá cuando pasan por delante del palacio de Dueñas. Como todas las hermandades sevillanas tienen un origen gremial o étnico (Los Negritos, antiguos cimarrones traídos de África para servir en América cuando Sevilla era la puerta del Nuevo Mundo, por ejemplo) e hicieron durante siglos lo que ahora hace el Estado del Bienestar, la de los Gitanos se contaba entre las más pobres de toda la vida. Sin embargo, era la preferida de la duquesa Cayetana, que le regaló a su virgen un manto carísimo. Entre San Román y la calle Feria, cuando uno ha visto ya al Gran Poder y a la Macarena, atraviesan los gitanos la Sevilla más vieja, la de intramuros, entre tinieblas, y allí hay hasta gente bebiendo en las aceras, fumando porros y tocando palmas y cajas.Semana-Santa-8_Pablo-CobosA los que no son de Sevilla les hace mucha gracia ver a la gente por la calle tan arreglada, endomingada para ir a ver pasos. La Semana Santa de Sevilla trasciende lo religioso. El obispo de Salamanca pidió el año pasado que la Semana Santa de allí no oliera a andaluz. Yo lo entiendo. Me hago cargo que la expresividad, el gesto sevillano, sólo tiene sentido en Sevilla porque responde a unas condiciones humanas, culturales, sociales y ambientales, climatológicas, muy singulares.

No sé si en Salamanca puede estar uno tomándose una cerveza en la medianoche del Jueves Santo, esperando la Madrugá, y que al lado, en la barra, se acode Morante de la Puebla con sus compadres, tocado con un sombrero fedora de ala ancha y una capa castellana de color burdeos. A mí me pasó hace dos años, en una bodeguita del Postigo donde ponen lo que hay que comer en noches así en Sevilla, tortillita de camarones, aceitunas aliñadas, ortiguillas y esas cosas. Luego me lo volví a encontrar, cuando ya el Silencio había entrado en la catedral: Morante estaba apoyado en el quicio de uno de los pasillos de la tribuna donde se sienta la gente en la avenida de la Constitución, frente a la Catedral, punto culminante de la carrera oficial después de Campana. Estaba solo y miraba la puerta por la que entraban los pasos a la nave gótica, en ese momento una boca de lobo oscura y como embrujada, y parecía el hombre del cuadro El beso de Francesco Hayez.

Entre los capillitas sevillanos, cuando van de civil o de paisano, o sea, cuando no salen de nazareno, hay dos tipos: el que gusta de ver los pasos un poco a la ligera y parando a repostar cada dos por tres en algún bar, y el concienzudo. En Andalucía se usa la palabra jartible, que es todo un hallazgo. El jartible es el que te lleva por Sevilla como si en su cabeza tuviera un mapa, con la determinación de un autómata. Es inútil quejarse porque le duelen a uno los pies. No tienen piedad porque tienen un objetivo: alcanzar tal procesión en tal punto concreto a tal hora específica de la tarde, de la noche o de la madrugada. No atienden a otra razón y a la larga, cuando uno ya ha dormido sus horas correspondientes, se ha comido una torrija y está descansado, da las gracias por que haya sido así, aunque en ese momento lo hubiera matado.Semana-Santa-4_Pablo-CobosA mí me ha pasado a pocos centímetros del pecho la imponente mole del misterio de La Lanzada. Lo había estado esperando casi dos horas en la diminuta acera de la calle de Viriato, junto a la plaza de San Martín, donde está la iglesia pequeñita y fascinante que lo cobija. Hay que verse con eso encima. El romano a caballo, Longinos, apunta con la lanza al costado de Cristo, crucificado, mientras detrás la Virgen, acompañada de San Juan, miran llorosos y horrorizados la escena. El paso se va meneando de costero a costero, como dicen en Sevilla, y al romano se le va moviendo el penacho exuberante, espectacular, del casco, al compás de la música y del ritmo cadencioso de la mole chapada en oro que avanza, no se sabe muy bien cómo, calle abajo, hendiendo la multitud abigarrada como la proa de un barco.

Si uno no va con un jartible se pierde la mitad del fenómeno, como ver al Gran Poder amaneciendo, de regreso a San Lorenzo, con poca gente ya en las aceras, entre naranjos llenos de bolas naranjas y de azahar, alejándose hacia la oscuridad como un señor mayor que camina a pasitos cortos y el viento le mece la levita.

Lo mejor de la Semana Santa para un profano es poder ver eso, obras de arte que en otro lugar estarían guardadas en un museo, detrás de una mampara antibalas, y la infinidad de imágenes que las procesiones deparan. Es una hechicería fascinante que entra por los ojos, por los oídos y por la nariz: hay cientos de variedades de incienso, cada hermandad usa uno, muchas veces propio, por supuesto distinto el que lleva el palio de la Virgen al que ahúma el paso del Cristo. Hay cientos de marchas y cada año se componen más, pero en eso sí que sólo hay un único grupo de capillitas: todo aficionado que se precie ha de reconocer la marcha Amarguras, Campanilleros, La Madrugá, Caridad del Guadalquivir o La Saeta al primer sonido. De pronto aparece un Cristo cautivo, crucificado, con y sin romano, junto al buen ladrón y al malo, y esas plataformas de madera labradísimas, renegridas por el paso del tiempo y por haber quemado junto a ellas cientos de miles de cirios y velas, se perfilan junto a ventanas, cierros, balcones antiguos y nuevos, letreros de neón, calles a rebosar de humanidad, en silencio o con una música que es la forma manierista de la de capilla. Todo es nuevo y a la vez lo mismo cada año, como la vida, una continua sucesión de hechos conocidos que se renuevan porque dentro llevan el embrión de la esperanza.Semana-Santa-5_Pablo-Cobos

 

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