legislatura

Al estáblisment se le da bien inutilizar la imagen, los argumentos y las intenciones de la izquierda. Recurre a tretas de baja calidad, a la falacia temprana, la contradicción y, por supuesto, toca el ridículo, pero no le pasa factura. Durante la jornada inaugural de las Cortes, la gente de Espejo Público quiso darse un festín de tripas y convocó a Diego Cañamero para una entrevista a distancia. El sindicalista habló con serenidad, de hecho, con demasiada serenidad para lo que quizás esperaban (no robó la cámara y echó a correr).

Los periodistas, desde el plató, se pusieron la navaja entre los dientes y se dedicaron a atacar al diputado. No se molestaron en mantener una apariencia aséptica. Albert Castillón buscó la coronación: “¿Usted se imagina presidiendo la comisión antiviolencia del Congreso con la camiseta de Bódalo?”. Luego se lanzaron otros. Oye, que usted dice que representa al pueblo, ¿qué pasa, que los otros no?, ¿que representa al pueblo usted solo? Sin embargo, el momento que ejemplifica el logro de todo un sistema salió en alusión a los aforamientos. Fue más o menos así.

—A ver, muerto de hambre, tanto que criticabais a la casta y a los aforamientos, ahora tú eres diputado y tienes los mismos beneficios.

—Yo donaré parte de mi sueldo…

—Bueno, puedes donar tu sueldo o lo que quieras, tú verás, pero la cosa es que lo cobrarás… Y, además, estarás aforado, tanto que decías, ¿ahora qué?

—Voy a poner ante notario que no quiero estar aforado, quiero renunciar…

—Sí, claro, eso no lo puedes hacer, la ley es la ley y a ti te aforan. No te puedes saltar la ley, ¿es que no quieres cumplir la ley?

Si protestas contra el sistema, te queremos fuera de las instituciones para poder acusarte de no cumplir las normas del juego, y si las cumples, te acusamos de que, al cumplirlas, traicionas tus principios y, por lo tanto, eres escoria oportunista. Poco importa que te acojas a imperativos legales contemplados por la normativa para mantener tu crítica dentro del juego.

Tales argumentos y falacias sólo podrían sostenerse apoyándose en ideas irracionales, en dogmas, en maniqueísmos que permitan que un hecho y su contrario sirvan (ambos) para llegar a la misma conclusión. Es la psicología de las adicciones: el tabaco acompaña bien a la tristeza porque activa y da vigor y, a la vez, es el complemento perfecto para calmar los ataques de ira.

Sólo mediante la sumisión a ideas irracionales hemos podido llegar a este punto en el que el Partido Popular está cada vez más cerca de gobernar, y de hacerlo con tranquilidad y con el apoyo de los nacionalistas.

No se han visto conatos de sublevación en el PP por el hecho de que, como todo apunta, los de Puigdemont lo hayan apoyado en voto secreto. Ellos pueden. La izquierda, no. La izquierda arrastra siempre una sombra de sospechas: romper España, destrozar la economía, apoyar al terrorismo, alabar dictaduras. Gran parte de la opinión pública, por descontado, se las cree todas en mayor o menos medida (para algo sirvieron 40 años de franquismo). Por eso, la izquierda debe caminar agachando la cabeza y disculpándose. En la última legislatura, el poder usó el pánico al independentismo para neutralizar un cambio político más que posible. Y por poder se entiende el PP, muchos papadones del PSOE, Ciudadanos, Prisa, Planeta. El PSOE, que quería ser más de izquierdas que nunca y a la vez no serlo ni un poco, se prohibió por escrito recibir los apoyos de independentistas en la decisión más pueril que se recuerda en el parlamentarismo.

Ahora se entienden los planes y la calma de Mariano Rajoy. Fuera totalmente premeditada o no, la jugada ha resultado. El cambio político desde la izquierda ha tenido tradicionalmente un factor emocional importante, sólo así se mitigaba el desencanto perpetuo de gran parte de sus votantes. La izquierda se decepciona rápido. La legislatura 2011-2015 poseía todos los ingredientes de un buen revulsivo electoral, y así ocurrió. Luego, el PP amenazó moralmente al PSOE, y al PSOE le vino bien esa amenaza para apelar a lo sagrado de una unidad patria que, supuestamente, se rompía y, de paso, no mezclarse con Podemos. La maniobra lanzó una legislatura por la borda y permitió a Mariano Rajoy abrir un cortafuegos entre el presente y sus cuatro años de represión económica, social y administrativa.

Ahora, el independentismo de derechas apoya a la derecha española, la cosa vuelve al redil, al Majèstic, porque como dice el cronista Guillem Martínez, lo del procés nunca buscó nada más que un Pacto Fiscal. Y quizás eso es lo que haya de fondo en el voto anónimo del martes. El PP puede permitirse dar a cambio lo que antes condenaba porque ha conseguido adjudicarse el simbolismo de la patria-pétrea (ejemplo de cosa irracional) y, por lo tanto, si cede, es por responsabilidad: eso quieren hacer creer y casi lo consiguen; ahí están las 137 butacas.

El PP no arde, al contrario, en privado sus miembros irán poniendo cara de astucia política y lo celebrarán. Han sustituido las cifras de hambrientos, de parados, de pobres energéticos, de suicidios, de desahucios por los conceptos de la responsabilidad y la estabilidad, mucho más etéreos y maleables, mucho más funcionales para vestir de rigor condenas que, como en el caso de la entrevista a Cañamero, ya vienen selladas de antemano. Todo un éxito.

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