Me desconciertan esos sentimientos a flor de piel de los que hace gala esta Nueva Izquierda que se supone que llegaba, antorcha en mano, para traer la revolución y romper la baraja. La revolución, de toda la vida, la han hecho tipos duros como el pedernal. La revolución devora a sus hijos, dobla a los espíritus más templados y exige una capacidad infinita para recibir golpes durísimos.

De la reciente ruptura entre Juan Carlos Monedero y Pablo Iglesias lo que produjo un profundo estupor entre la opinión pública no fue una dimisión que ya parecía cantada, sino la carta –’Para mi amigo Pablo’– que Monedero publicó en su blog. El tono almibarado, cursi, propio de la redacción de un estudiante de primaria enfadado con su amiguito, provocaba un desasosiego amargo, como cuando ves a un tipo que te cae bien haciendo el ridículo porque lleva la bragueta abierta

“Incluso, hoy mismo, que los dos estábamos rondando la tristeza por culpa de un mundo al que le falta empatía vamos a volver a ser los confidentes de ese otro mundo posible por el que vamos a seguir peleando”, escribe Monedero, que parece obsesionado en buscar el amor de su amigo, y que enfoca esta crisis con el alma al aire, con la amargura de una canción triste, como si representara un clímax dramático con violines en el final de la temporada de una serie.

¿Y la noche de las elecciones andaluzas? Podemos fracasa en su primer asalto, el Poder establecido resiste, el PSOE aguanta la marea, y todo se detiene porque el Líder supremo tiene el corazón roto. Podemos se queda con 15 diputados y Pablo Iglesias responde con el anuncio de la ruptura con su novia porque, no nos engañemos, lo importante, ante todo, es el amor (y la salud). Es muy duro ser el tribuno del pueblo. Uno se entrega en cuerpo y alma a España y a sus gentes y, claro, cada vez tienes menos tiempo para tu cari. Y, bromas aparte, la ruptura de la pareja con mayor magnetismo sexual de España –la erótica del poder de Pablemos, el fascinante atractivo de Tania– es una trama de desamor apasionante, mucho más de lo que hayan votado 4 millones de andaluces.

Estos chicos de la Nueva Izquierda son sensibles, sentimentales, viven cada desengaño como una tormenta interior, tienen el alma temblorosa, el espíritu agitado por pasiones. Generan rechazo, pero también mucho amor. No obstante, tienen un peligro: que les quieran, pero que no les voten.

El PP, en cambio, lo tiene claro. No quiere caerte bien, se conforma con que les votes. ¿Cree alguien que a Rajoy le importa lo más mínimo caer simpático o generar empatía? En absoluto. Incluso, los hay que cultivan con mimo la imagen de auténticos hijos de puta, como Esperanza Aguirre. La derecha, su facción más realista, no endiosa al Pueblo sino que conoce las debilidades del ser humano. Las personas acostumbramos a ser egoístas y ruínes, y nos movemos por el cálculo de intereses. Los políticos del PP practican a la perfección este mecanismo de identificación con su votante. Te interpelan y te dicen: “Soy zafio y miserable, un jeta y un aprovechado. Tu y yo somos iguales. Vótame y nos irá bien”.

PP y PSOE serían los mourinhistas de la política. No quieren enamorar con su juego, utilizan todos los trucos y las marrullerías, y se suelen salir con la suya. Evidentemente, el voto de un jubilado gagá que llega hasta la urna arrastrado por una monjita –las monjas, los seres más repugnantes del universo–, el voto de un subsidiado del PER o el voto de una pija cuyo único interés es la firmeza de su culo, vale exactamente igual que el de un licenciado en Ciencias Políticas. De la misma forma que un gol a la remanguillé o de penalti injusto vale lo mismo que uno marcado por la escuadra tras una jugada de combinación y toque preciosista.

Los de Podemos llevan un año y medio en política soportando insultos y campañas de difamación, y se les ve muy tocados, dolidos, con el alma rasguñada y el gesto contrito en un mohín de penica. Les duele el aliento, les duele que el mundo, la vida, la prensa y el ser humano sean tan miserables. Están tristes, yo también lo estaría. Bueno, yo me estaría cagando en Dios. Miren en cambio a Rajoy, a Chaves o a Griñán. Llevan 35 años metidos en esta mierda y ahí les tienen, sonrientes e inmunes a todo. Piensen en toda la mierda que se han comido y ni por un minuto se les ha pasado por la cabeza dejarlo y volverse a casa. A Rajoy ya lo insultaban cuando lo de los hilillosh de pashtilina, ya circulaban rumores malévolos sobre su condición sexual. ¿Le ven muy afectado?

Y ahora imagínense a Rajoy escribiendo en el Facebook que siempre querrá y respetará a su Virtu, pero que ha llegado la hora de que sus caminos se bifurquen, de cada cada uno recoja sus pedazos de corazón y busquen nuevos vientos, nuevos puertos donde recalar. No, déjenlo estar, yo tampoco me lo imagino. Sonreíd, pero ahora Rajoy está mirando las encuestas y se dice: “Joder, chico, con la que está cayendo, y seguimos siendo el partido más votado”. Y la Espe, después de decir que los pobres apestan, se lleva el 35% de los votos en Madrid. Pues ahí lo tenéis, chavales. Esto es lo que hay.

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