Fotografía: Christopher Johnson – Wikimedia Commons

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Faltan cinco segundos y cuatro décimas para que termine el partido por el tercer puesto en los Juegos Olímpicos de Río. Sergio Rodríguez acaba de meter dos tiros libres que ponen uno arriba a España. Tiempo muerto y balón para Australia. Andersen se lía en la reanudación, con la imprescindible ayuda del manoteo de Ricky Rubio, y la selección se lleva la medalla de bronce que sabe a gloria. Los dos bases españoles fueron los protagonistas de aquellos últimos segundos que ya son parte de la historia del baloncesto español. Pero había otro base más en el banquillo, un tercer hombre que sabía que aquel final de infarto era también el final de su carrera con la selección nacional. No había jugado ni un solo minuto en el partido, pero nadie escuchó una queja que no hubiera sido lógica (el partido no dio pie a nostálgicas despedidas) ni coherente con la carrera de un tipo que siempre puso por delante el equipo. Como hacen los buenos bases. Y José Manuel Calderón ha sido uno de los mejores.

Salvo algunas excepciones obligadas como consecuencia de inoportunas lesiones, ha sido el entrenador en pista de esa generación de Oro que empezara a asombrar al mundo en Lisboa (él no ganó aquel mítico oro al perderse el campeonato por culpa de una de esas lesiones, pero si estuvo en el Europeo de la categoría que se ganó un año antes en Varna). Calderón es el más pequeño del grupo, el menor de la generación que tantas alegrías ha dado –y sigue dando- al baloncesto español. Ya fue el base de la selección en el Eurobasket de Suecia en 2003, que supuso su confirmación y la de Pau Gasol, Navarro y Felipe Reyes al frente de un equipo que consiguió la medalla de plata. Trece años después de aquella final contra Lituania, Calderón ha ganado su última medalla con la selección en Río de Janeiro, un bronce que el de Villanueva de la Serena ha vivido de una forma diferente a la acostumbrada: desde la cruel pasividad a la que obliga el banquillo. Pero hablamos de un tipo que no gasta vanidad y así lo ha demostrado día tras día a lo largo de los pocos minutos que le ha puesto Scariolo en pista. Pero es sobre todo fuera de ella donde Calderón, o mejor dicho, Jose (sin tilde), habrá dado lo mejor de sí mismo. Allí donde los más jóvenes, los menos expertos, necesitan la ayuda de un veterano con casi doscientos partidos en sus gemelos.

El Mundial de Japón de 2006, el único que ha ganado la selección española de baloncesto, será recordado por la ausencia de Pau Gasol en la final, por la derrota de EEUU con Grecia en la primera semifinal o por el triple fallado por Nocioni en la otra semifinal entre España y Argentina. En aquel encuentro, clave para el campeonato, Sergio Rodríguez fue protagonista destacado saliendo desde el banquillo para liderar un parcial que nos volvió a meter en un partido del que nos estaban sacando Ginobili, Scola y compañía. Otras de las claves fueron los triples de Garbajosa, que al fin entraban tras la sequía en cuartos de final, y cómo no, los 19 puntos de Pau hasta el momento de su lesión. ¿Pero quién metió el tiro libre que colocó la ventaja definitiva en el marcador? José Manuel Calderón. El extremeño, que venía de su primera temporada en la NBA, recibió la falta en cuanto pasó el medio del campo; los argentinos querían la última bola. Calderón podía colocar dos arriba a España, pero el primer tiro libre se salió de dentro. La tensión era terrible. La cara de Pau en el banquillo expresaba el sentimiento de una afición y un país que ya se veían en la final. Calderón botó y botó, y volvió a botar, hasta tres veces. Y el segundo tiro libre entró para poner el 74-75 que nos dio el pase a la final de un campeonato del que el 8 de la selección salió con el conocido apodo de Mr. Catering. Se lo puso Andrés Montes, por supuesto. Y Calde lo ha llevado con orgullo desde entonces hasta que el pasado 21 de agosto decidió poner fin a su trayectoria con la selección después de ocho medallas y 193 partidos.

No todo han sido buenos momentos en esa trayectoria. No pudo jugar la mítica final de Pekín en 2008, ni el Eurobasket de Polonia al año siguiente, ni el Mundial de Turquía en 2010. Pero siguió trabajando, consciente de que volvería a llegar su momento. Y llegó un año después metiéndole 17 puntos a Francia en la final del Europeo de Lituania, frente a Tony Parker. Calderón estaba de vuelta. En los años anteriores, los más difíciles de su carrera, había conseguido quedarse a diez lanzamientos del récord de la NBA de tiros libres consecutivos sin fallo, que llegó al final en enero de 2009, después de 87 tiros libres anotados. Casi diez meses resistiendo la presión mediática que suponen este tipo de récords.

A lo largo de todos estos años, Calderón ha sido para la selección un continuo acicate para no relajarse nunca. Una de las claves para dar ese paso que diferencia un buen equipo de un gran equipo: el trabajo, la insistencia, la humildad en el día a día. Le recuerdo declarando en más de una ocasión que lo importante siempre es ganar cada cuarto al rival, es decir, seguir trabajando hasta el final, no despistarse, ese ir partido a partido que tantos otros han seguido como filosofía. Imposible ver un tiempo muerto de la selección sin Calderón hablando, dando instrucciones, ofreciendo consejo. Siempre ha sido uno de esos jugadores que tienen el juego en la cabeza, que llevan la dirección en la sangre.

Todos le echaremos de menos. Echaremos de menos cada verano su gesto tras meter un triple, sus penetraciones a canasta, su manera de flexionar y bajar el culo para defender al base rival, o esa manía compartida por muchos de sacarse el protector bucal. Que vaya bien en los Lakers, se lo merece. Será su sexto equipo en la NBA. Pero vaya como vaya a partir de ahora, Calderón lo habrá intentado, lo habrá dado todo, dentro y fuera de la pista. Así es como ha conseguido ser uno de los mejores bases que la selección ha conocido, uno de esos líderes imprescindibles en todo vestuario. Así es como ha conseguido hacerse un hueco en el corazón de los aficionados allí por donde ha pasado. Y así es como se lo hemos contado, que decía aquel.

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