La devastación podía apreciarse a kilómetros de aquella carretera a mitad de la autopista entre Syracuse y Utica, Estados Unidos, el 30 de septiembre de 2004. Los reflejos al aire de las sirenas amarillas en las ambulancias, la presencia del rojo intenso en el camión de bomberos y el personal policial acordonando la zona descubrían el lugar de los hechos diluido entre la niebla. Al llegar todas aquellas autoridades para comprobar lo ocurrido, encontraron la chimenea de humo negro y espeso que escupía el fuego, aún vivo, y el esqueleto carbonizado de la camioneta que había sido arrastrado con violencia sobre el asfalto humedecido por la lluvia que se posaba suave pero incesante. Una escena trágica que revelaba una muerte anunciada y la cara más oculta de la NFL.

La policía estatal recibió la alerta de un accidente menor en la que estaba involucrada una camioneta y que localizaron cuarenta minutos después escapando con vehemencia a una velocidad de 150 km por hora. La persecución policial acabó cuando se produjo la colisión contra un camión cisterna que, afortunadamente, no tenía ninguna carga. El conductor del camión fue atendido por lesiones menores y dado de alta, sin embargo, el hombre que iba al volante de la camioneta falleció al instante al salir despedido de su asiento. Cuando la policía se dispuso a examinar el cadáver el asombro fue extraordinario. Reconocieron aquel rostro inmediatamente, se trataba de Justin Strzelczyk, exjugador de los Pittsburgh Steelers durante una década y considerado como uno de los jugadores más importantes de la NFL retirado en el 2000, sólo cuatro años antes de su locura. Tenía 36 años. “Pudo haber sido mucho peor. Somos afortunados de que solo muriese una persona. Parecía un accidente de aviación”, declaró el agente Jim Simpson, portavoz de la policía estatal, tras el desastre.

Las primeras reacciones de incertidumbre brotaron rápidamente en la policía y en la familia debido a la impulsiva e imprudente huida que realizó el exjugador en un suceso inesperado. Esa mañana previa al accidente, Justin había parado en una gasolinera y entregado cerca de 3.000 dólares a un desconocido al que le gritó “¡Corre, el mal está llegando”». Fue de aquél mismo lugar desde donde inició la escapada a gran velocidad.

Continuaron con las investigaciones y descubrieron que la noche anterior estuvo llamando por teléfono a algunos de sus excompañeros advirtiendo de que debían huir de Pittsburgh si querían sobrevivir, todo fruto de un impulso que unas voces en su interior le habían alertado de la llegada del demonio. Y él huyó. Con unos 2.600 dólares y algunos crucifijos se dirigió a una habitación reservada en Orchand Park, Nueva York.

Mike-Webster

Mike Webster murió en una caravana cuatro años antes de que André Waters (en la primera foto) se pegara un tiro en la cabeza.

Y es que, desde que abandonó el fútbol, a Justin Strzelczyk se le había puesto la vida muy cuesta arriba. El divorcio y los antidepresivos le hicieron una herida que ni su obsesión por el alcohol podía curar. Sin embargo, los test descartaron que el accidente se hubiese visto afectado por influencia de alguna sustancia, y posteriormente, la autopsia desveló que Justin padecía daños cerebrales de origen desconocido.No había sido el único en morir en estas extrañas circunstancias que se presentaban, Mike Webster fue el primero. El cuatro veces campeón de la NFL con los Pittsburgh Steelers acabó viviendo solo en una caravana y alimentándose a base de caramelos, muriendo poco después de un ataque al corazón a los cincuenta años. Terry Long, jugador también de los Pittsburgh, se suicidó a los 45 años bebiendo anticongelante. André Waters, de los Philadelphia Eagles y Arizona Cardinals, se pegó un tiro en la cabeza. Todos estos casos mantienen algo en común y es evidente, todos han sido jugadores profesionales de la NFL, pero debía haber algo más que eso. El neurólogo forense nigeriano Bennet Omalu dio con la tecla: encefalopatía traumática crónica (CTE).

La encefalopatía traumática crónica o CTE es una enfermedad neurodegenerativa provocada por la acumulación de traumas cerebrales que genera demencia, pérdida de memoria, depresión, agresividad y confusión. Omalu logró el permiso de la familia de Mike Webster para analizarle el cerebro en un pequeño laboratorio que construyó en su propio apartamento. Allí fue cortándolo a lonchas y haciendo pruebas hasta que encontró unas manchas raras, unas lesiones nunca antes vistas y en las que encontró la respuesta. Concluyó que durante los quince años como profesional había recibido impactos en la cabeza equivalentes a 25.000 accidentes de tráfico leves. Omalu publicó su descubrimiento pero el comité de científicos para lesiones cerebrales desacreditó el estudio. No se rindió y continuó investigando cerebros que no paraban de llegar a su casero pero fructífero laboratorio. Terry Long, André Waters, Tom McHale, Junior Seau y Justin Strzelczyk, todos respondían al doctor nigeriano con los mismos síntomas. Los datos estaban claros, aún con el casco los jugadores no estaban seguros. Bennet Omalu estaba destapando una información que no interesaba que se difundiese, por lo que se convertía así en el enemigo público de la NFL y de los Estados Unidos, negados a que aquel estudio terminara con el idolatrado fútbol americano.

En 2008 la Universidad de Boston creó el primer banco de cerebros dedicado a buscar CTE en veteranos de la liga, un guiño hacia Omalu que comenzaba a echarse aliados a su espalda. “Los medios y la NFL me hacían sentir un alienígena que quería destrozar su mundo. Me golpearon y me quemaron, pero seguí adelante por los jugadores. Lo que había descubierto podía salvar vidas o al menos mejorarlas”, explicaba el doctor. La esperanza de vida del hombre americano es de 76 años, sin embargo, la de un jugador de NFL es de 57. En septiembre, el centro médico de Boston informó de que de los 91 cerebros estudiados de exprofesionales, 87 sufrían CTE (teniendo en cuenta que casi todos los donantes sospechaban sufrir alguna enfermedad neurológica). Los cerebros presentaban una condición similar a la que generalmente se encuentra en los boxeadores con demencia o personas de ochenta años.

El suicidio de Dave Duerson, uno de los jugadores más importantes de finales de los ochenta en los Chicago Bears, New York Giants y Phoenix Cardinals, desencadenó todas las trabas de Omalu al no dispararse en la cabeza sino en el pecho e imponiendo su protesta contra la NFL con una nota: “Estudien mi cerebro”. Este destello de luz en medio de la oscuridad provocó que todos los jugadores empezaran a hacerse eco de los tan camuflados estudios del forense. El caso continuó por el sendero adecuado hasta que a la NFL no le quedó más opción que reconocer la verdad, aunque doliese. Las demandas de exjugadores se multiplicaron correlativamente a las indemnizaciones. Con una producción de unos 3.000 millones de dólares al año, este deporte no bajó la cantidad de ingresos ni aun descubriéndose la cara más oscura, sino todo lo contrario. Pero Omalu no pretendía acabar con el fútbol americano, solo que los jugadores tuvieran la oportunidad de elegir conociendo todas las consecuencias y la información necesaria para tomar una decisión. La competición corrigió algunas medidas de seguridad para limitar los golpes en la cabeza y mejorar los diseños de los cascos.

Con ‘El destape’ se produjeron varias retiradas anticipadas como las de Chris Borland, A. J. Tarpley, Husain Abdullah, Jason Worilds, Eugene Monroe, Patrick Willis, Jake Locker o Cortland Finnegan, que tras conocer la información que presentaban los estudios pensaron que no merecía la pena correr ese riesgo. Todos lo dejaron, pero solo Borland expuso el motivo: “Sabemos demasiado”.

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