Juan Pedro Cosano (Jerez de la Frontera, 1960) nos recibe con un rostro sonriente, reflejo del que vive con zapatos recién estrenados. Quizás nunca esperó encontrarse en el hall de entrada de un hotel y charlar sobre literatura, sobre su literatura. Había escrito un par de novelas y un poemario en los 80, de autoedición y difusión limitada a sus más cercanos. En 2014 ganó el premio literario Abogados de novela con su obra El abogado de pobres, todo un descubrimiento. Llegó su continuación, Llamé al cielo y no me oyó, motivo del encuentro. Novelista con capa tejida de anonimato, aún. Pero Juan Pedro Cosano no es del todo un desconocido. Abogado jerezano, lleva más de 30 años en la profesión, filosofía de vida, en la que ha ejercido delante de focos mediáticos como el caso de los ERE, donde representa a dos hijos de Ruiz-Mateos, o el del llamado Padre Coraje, crimen resuelto sin culpables pese a pruebas evidentes. Por si fuera poco, Cosano se presentó como candidato a la alcaldía de Jerez de la Frontera en los 90.

–¿Se llama mucho al cielo y oye poco éste?

Los protagonistas requieren la ayuda divina ya que en aquella época la justicia divina era tan importante como la justicia humana, aunque realmente esos clamores no son atendidos. De todas formas el título del libro tiene su anécdota porque su nombre, en principio, era El crimen del hospital de la Sangre, que es donde transcurre parte de la acción, pero a la editorial le pareció demasiado tétrico. Barajamos diferentes nombres y alcanzamos el consenso sobre ese verso del Tenorio.

–Un abogado, un marqués, una herencia, una recién nacida abandonada… si no fuera por expresiones como pardiez o voto a bríos diría que es una novela actual.

–[Ríe] Sobre todo si nos paramos a ver los detalles de cómo funcionaba la justicia en la época. Nos encontramos con figuras que son realmente actuales. Hoy día discutimos entre otros ámbitos por el aforamiento de los políticos, si existe ese derecho al aforamiento, ese privilegio. El aforamiento ya existía en aquella época, e incluso con las partidas del Rey sabio los poderosos podían ser enjuiciados por el juez superior en vez de por el juez natural.

–¿Qué ha pasado para que elementos tan básicos en la sociedad se hayan quedado estancados? Han pasado tres siglos, los linajes están muy por encima, existe una capa baja en la sociedad.

–Se ha evolucionado en cierta forma. Se ha evolucionado en cuanto a la protección de los derechos de la persona. La justicia de aquella época no era nada garantista, se usaba la tortura para conseguir la prueba de cargo contra el acusado, ni existían medios telemáticos… Pero efectivamente hay otras cosas que no han evolucionado: el privilegio, el dominio del dinero y la pugna entre ejercicio y poder, que vemos que existe hoy y lo hace desde el principio de los tiempos. No ha evolucionado porque queda en manos de los hombres y es el hombre el que ha evolucionado en menor medida que el resto de las cosas. Se han producido muchos avances tecnológicos, muchos avances en la ciencia, pero yo siempre digo, ¿qué diferencia hay entre un ciudadano romano del siglo I a.C. y un político de hoy día? Ahí tenemos el ejemplo de Catilina, un político al que se le daban muy bien las conspiraciones en la Roma republicana.

–Entonces, ¿estamos condenados a resignarnos?

–No, el hombre jamás se resigna. Si no fuera por la actitud y la lucha contra lo que nos parece imposible el hombre no hubiera avanzado en lo que son medios e instrumentos de la forma en la que se ha hecho. Resignarse es de cobardes y la cobardía impide el desarrollo.

–El protagonista de sus novelas, Pedro de Alemán encarna a un abogado honesto, luchador de causas justas y comprometido con la sociedad. Los libros están ambientados en 1750. ¿Faltan personas como él en 2015?

–Discrepo de tu visión. A Pedro de Alemán le conocimos en El abogado de pobres y en el primer capítulo le exigía a la mujer de un preso, al que tenía que defender como pobre, una felación. Luego hace otra serie de marrullerías. No es un héroe, ni un personaje perfecto, pero es un tío sabedor de sus sombras y luces, de grandezas y de miserias, busca ese punto de decencia. En la segunda novela nos lo encontramos más asentado, con mujer e hija. Aun así incurre en sus viejos defectos. No es un ser perfecto, intenta serlo, pero es un ser humano en toda regla, con sus cosas buenas y sus cosas malas.

Pedro de Alemán, protagonista de tales entramados de abogacía, es un letrado joven y curtido en varias batallas. Una persona que, aun con medios de subsistencia suficiente, no abandona la defensa de pobres por las que no cobra más honorarios que los que les repara el concejo por ello. En el fondo, lucha por la justicia y se compromete por la sociedad. Un abogado que destaca en una sociedad con más miserias que bonanza. No obstante, Pedro de Alemán está compuesto por sus trazos personales y con sus conflictos propios, como los que les enfrenta al Marqués de Gibalbín. Un pequeño revolucionario más de actos que de palabras. Y un brillante estratega.

–Igual la sociedad debería buscar ese punto de decencia que hace falta.

–Claro, porque la perfección no existe. Si existe la búsqueda de la exaltación que seguro nunca la vamos a hallar, pero en ese camino encontraremos la decencia, la honestidad y el no hacer el mal.

–Me llama la atención que, a pesar de tener un estatus cómodo, se compromete en la lucha por los pobres, cuando todos sus semejantes ambicionaban un interés muy propio para ellos.

–Él ya puede mantener a su familia con lo que le aporta el bufete privado, pero él sigue pensando que los pobres merecen una defensa eficaz. Una defensa eficaz que otros compañeros no le darían. No lo dice, pero lo piensa. Él ha aprendido mucho en esa defensa de pobres, y aunque su mujer le dice que le bastaría con lo que renta su bufete privado, él todavía quiere seguir siendo el abogado de pobres.

–¿Qué sería de Pedro de Alemán en la España de 2015? ¿Y de Lucía de Jesús?

–Estaría en el turno de oficio con toda seguridad. Pero hoy en día no existen las posibilidades de defensa que existían, está todo mucho más automatizado y con mucho menos resplandor. Simplemente con decir que aquel Jerez contaba 50.000 habitantes y 17-18 abogados, y que hoy, en Sevilla, hay miles y miles de abogados ya está todo explicado. Salir del ostracismo de la masa es muy difícil. Pedro de Alemán tiene unas virtudes que a lo mejor le harían salir de esa masa si viviera en el momento actual. Lucía era una huérfana, una persona señalada en la España de mediados del XVIII. Podrían existir paralelismos con personajes o figuras que hoy conocemos en 2015, pero la sociedad ha avanzado mucho más en esa concepción del pecado. Por tanto, Lucía de Jesús estaría mucho más acomodada en la sociedad de hoy que en la de entonces. El nombre de Lucía de Jesús se lo puso la novicia que la recogió en plena madrugada tras ser abandonada horas después de haber nacido. Hija de un señor poderoso y una criada, estaba abocada al abandono y al crecimiento en el Hospital de la Sangre, donde irradió luz en un lugar oscuro. Lucía de Jesús era una niña y una muchacha brillante, cercana y que se dio a sí misma todo lo que necesitaba y lo que la vida le había negado. Nada más lejos de la realidad, aunque rutina habitual en los desmanes de la época, ser hija de un adulterio –presupuesto de ser abandonada– era un estigma, una etiqueta para toda la vida.

–Hablemos de religión, que por aquella época era columna vertebral de la sociedad. ¿Se ha quedado anacrónica?

–Es una pregunta con una carga de profundidad impresionante. Evidentemente, la Iglesia era una institución con un poder impresionante, pero ya en el siglo XVIII, en su segunda mitad, había menguado considerablemente su influencia. La Inquisición había quedado en manos de los jesuitas y no era tan poderosa como cuando la dominaban los dominicos. La Iglesia comienza a discutirse. Lo que empezó en aquella época ha desembocado en una Iglesia marginal. Dual, además, por la duplicidad entre jerarquía e iglesia de base. Lo que allí empezó es en lo que ha acabado germinando en nuestros días.

2

–Pasemos a los abogados y las leyes. Da la sensación en la novela que se cometían muchas tropelías e injusticias en el aparato jurídico dieciochesco. ¿Tan fácil era perder un juicio en aquella época si no se tenían posibles?

–La norma era el perder. Como se dice en la novela, pasar por delante de la escena de un crimen era motivo suficiente para subir al patíbulo. Uno de los personajes comenta: “¿Oye y por qué no llamaste a la Ronda?”. “Si llamas a la Ronda nunca sabes cómo va a acabar uno”, contesta su par. Perder era muy fácil. Hoy en día hay mayores derechos, mayores posibilidades de defensa. La institución es mucho más garantista y necesita una prueba que dé certeza plena para ser condenado.

–Al ciudadano que ve en los medios de comunicación casos de corrupción e injusticias en casos más mediáticos, ¿qué se le puede decir? ¿Qué sigue fallando en los juzgados?

–La premisa de la que partes es que los juzgados fallan. La justicia es humana y por eso falla, porque lo que es humano falla. El simple hecho de que haya casos de corrupción en los juzgados significa que la justicia está funcionando. Lo grave sería que conociésemos un caso de corrupción y no estuviese en los juzgados. Es algo que ha existido desde siempre, desde la noche de los tiempos. Más aún, me gustaría lanzar el mensaje de que (yo soy una persona optimista y bien pensante) por cada persona corrupta hay cien mil que no lo son y hacen un trabajo impresionante con sus vecinos y conciudadanos. Existe una enorme proporción de gente decente.

–En el siglo XVIII el Rey tenía poder absoluto también en las leyes y podía hacer lo que quisiera. ¿Se han desligado del todo el poder político y el poder judicial?

–En absoluto. No se puede desligar desde el momento en que quien dicta la ley es el poder legislativo-ejecutivo y quien la tiene que aplicar, el poder judicial. Por tanto, el poder judicial actúa en el ámbito que le marca el poder legislativo-ejecutivo y no son poderes independientes por más que se les presuma esa condición.

–Usted fue candidato a la alcaldía de Jerez de la Frontera. Conoce las dos vertientes. ¿Le parece funcional que el poder político esté tan detrás del poder judicial?

–Eso fue en el siglo pasado [ríe]. La división de poderes absoluta no existe. Se intenta separar a efectos nominales y de imagen estos poderes, pero es difícil. Existe una independencia funcional en la mayor parte de los asuntos y casos, los no mediáticos. Más allá de que [la Justicia] está compuesta por hombres y la imparcialidad es una cualidad bastante etérea. El problema es cuando la Justicia se viene envuelta en el convulso mundo de lo mediático. ¿Qué persona puede decidir y juzgar haciendo abstracción absoluta de lo que el resto opina? Pocos jueces lo pueden hacer y muchos de ellos entiendo que se ven mediatizados por la opinión pública. Por tanto queda en la personalidad de cada juez, y es difícil porque el juez es un ser humano que bastante tiene con la labor que hace: enjuiciar a los demás.

–Los medios de comunicación enfocan demasiado a los jueces y abogados estrella. ¿Sería Pedro de Alemán uno de esos abogados mediáticos?

–Los personajes, al menos en mi caso, son los que ellos indican el camino que quieren seguir. Muchas veces tengo un camino elegido para ellos y se me van por lugares diferentes. Saber lo que haría Pedro de Alemán es difícil, habría que preguntárselo a él, porque Pedro de Alemán existe aunque no le veamos. Lo que sí es un problema es abordar lo que dice tu pregunta. ¿Por qué la continua resonancia de lo malo solamente? ¿En qué mundo nos hemos convertido en lo que sólo aquello que es malo, corrupto, triste, luctuoso, terrible, tenebroso nos atrae y no hay un telediario solamente con buenas noticias? Ésa es la pregunta que me gustaría dejar para tus lectores y por qué son tan terriblemente funestos.

–Ha estado en el caso de los ERE, en el del Padre Coraje… Casos bastante mediáticos. ¿Cómo se vive –desde dentro– formar parte del foco de atención?

–Mediatizado. Incluso el abogado se ve mediatizado por la caja de resonancia de los medios de comunicación. Por ejemplo en el caso de los ERE he presentado una incidencia en la que, si se entiende que el dinero de los ERE es ilegal, que se ordene devolverlo. ¿En manos de quién está ese dinero? No lo sé, como tampoco sé quiénes han recibido la subvención y la siguen recibiendo a pesar de que el origen de ese dinero es ilícito. Para presentar ese escrito he tenido que pasar semanas calculando las consecuencias mediáticas que podía tener. Hasta el abogado se siente mediatizado, porque el cuarto poder –aunque ya existe un quinto que es la red–, la prensa, tiene la capacidad de transmitir esa información y la capacidad de dar forma en la que quiere transmitirla incluso deformándola. Todo está mediatizado por los medios de comunicación.

–¿Se alimenta la Justicia de ello?

–No, la Justicia no se alimenta, pero se puede ver condicionada en las resoluciones del juicio. Si el juez pensara que su resolución sólo iba a quedar en las bases de datos de los profesionales probablemente muchos quedarían disueltos.

–¿Mercedes Alaya sería comparable a Rodrigo de Aguilar, el juez que usted dibuja en su última novela?

–En las dos novelas nos encontramos con dos jueces diferentes. Don Nuño de Quesada, mayor, accesible, bondadoso, generoso, y Don Rodrigo de Aguilar, más irascible. Doña Mercedes [Alaya] sería digna de estar en una tercera novela, más furibunda aún que Rodrigo de Aguilar.

Juan Pedro Cosano va más allá de una simple novela. Apasionado del derecho, lo combinó con la historia para remontarse unos 350 años más atrás, a la localidad de Jerez de la Frontera alrededor de 1750. Una historia histórica, por jugar con las palabras, que describe los retratos de la época. Una sociedad que comenzaba a caer en desmanes a ojos de la Iglesia, una Inquisición amenazadora pero no tan poderosa, clases desiguales condenadas al ostracismo o al buen vivir según su árbol genealógico… Una sociedad no tan lejana y que confluye en ciertos aspectos. Claro que se guarda lo antiguo de los años, de carros de madera y largas travesías de arena. Murallas como aduanas y mercaderes como empresarios sin traje ni corbata. Y un terremoto, el de Lisboa de 1755, del que apenas quedan rémoras en el recuerdo y conocimiento de algunos, pese a la bestialidad de sus efectos. El seísmo, sucedido por un maremoto y un incendio causaron la muerte de casi 100.000 personas en la capital del entonces Imperio Portugués.

–Escribir de por sí ya es un proceso laborioso, pero para hacer una novela histórica se requiere mucha fuerza de voluntad. ¿Cómo de dura fue la labor de documentación?

–Muy fácil. Yo escribí en el ochenta y pico una novela basada en el siglo I a. C., y por entonces no había internet, ni casi ordenadores. Yo la escribí a mano. Eso sí que era difícil. Hoy día, cualquier cosa que tú quieras saber está en la Red. Todo está en la Red. Yo he llegado a encontrar el nombre de todos los caballeros veinticuatros de Jerez en 1755. No sólo el nombre, sino cuánto ganaban al año, el nombre de sus mujeres y las dotes que recibían de éstas.

–Recursos de apelación, hacía mención a ello, escritos de defensa, códigos, leyes… Un abogado literario. ¿Qué es para Juan Pedro Cosano un papel en blanco?

–El abogado se ve en la obligación muchas veces de escribir de una forma que es el lenguaje jurídico, que en la mayoría de las veces resulta ininteligible. Es caótico. Escribo para escapar de ese lenguaje jurídico. Poder hacerlo de una forma que a mí realmente me gusta y no puedo hacerlo en las actas so pena de parecer cursi. Es un lenguaje que se aleja de culteranismos, eufónico, me gusta la palabra bella, la palabra hermosa, sin caer en la cursilería. Escribo para escapar. Escribo porque es una necesidad. El lenguaje jurídico agobia. Jamás he tenido el síndrome del folio en blanco. Si algo no me sale, paso a otra cosa, me pongo a ver un partido y seguro que en medio del partido me sale.

–¿Hay alguna espinita de algún juicio que aparezca en la novela?

–No hay ningún juicio en el que yo me sienta identificado de la vida real. Sí hay muchos juicios que son reales, que tienen un antecedente histórico más, pero no hay ninguno que yo haya vivido. Espinitas sí tengo. Cuando condenan a alguien que sabes que es inocente es un trauma que jamás se puede olvidar. Como cuando a un médico se le muere alguien.

El último tramo de la conversación nos remonta al principio a los versos de Don Juan Tenorio. “Se identifican con la novela”, nos cuenta mientras cerramos los últimos instantes en el hall del Hotel Inglaterra, en el que charló de justicia y literatura, su literatura. Eso que, quizás, nunca imaginó. Presto, sonriente y gozoso del sueño que vive con 55 años ya se preparaba para asistir a las preguntas de otro compañero. Juan Pedro Cosano ha visto focos sobre juzgados, secretos de sumario, sentencias, clientes, jueces y abogados. Ahora ve, aunque todavía algo más tenue, los focos que buscan sus páginas. Un recién llegado hecho ya veterano.

Fotografía: Ángela Ochoa

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