El lenguaje cambia, nunca es estático. Se van sumando palabras por ser más adecuadas al sentimiento de los tiempos, a la tecnología (“watsapear”) o a la trasnculturalización (“procastinar”), y se olvidan otras (“prevaricar”) o su significado se transforma en algo que hacía uno o dos siglos habría sido inimaginable (“bizarro”).

En los últimos doscientos años, los olvidos y addenda parecen haberse dado mayormente en el rubro científico-tecnológico (¿cuántas personas saben ahora los nombres de las partes de una ballesta?, ¿cuántas personas ahora pueden usar en una frase palabras como “triglicéridos” o “penicilina”?) y en los fenómenos sociales a gran escala, como la migración del campo a la ciudad o la popularización del lenguaje revolucionario-marxista.

Sin embargo, es en el muy desagradable ámbito de las palabras que utilizamos para excluir, estigmatizar y señalar una supuesta superioridad (o inferioridad de otros seres humanos) donde no sólo la creación de nuevas palabras sino también la transformación de significados parece ser también muy activa. Y, curiosamente, aunque sean de uso común, rara vez son consignadas estas acepciones en los diccionarios.

Tomemos, por ejemplo, la cantidad de palabras que utilizamos para designar a una persona consuetudinaria en la ingesta de bebidas alcohólicas: borracho, pedo, teporocho, malacopa, briago, ebrio, achispado, alegrón/alegre, beodo, espita, alcohólico y un largo etcétera. Obviamente, las palabras anteriores implican un juicio moral individual o colectivo pues, por ejemplo, no es lo mismo decir “a Fulano le gusta ponerse alegre” que afirmar “Fulano es un alcohólico”.

Ahora bien, podemos estar de acuerdo en que ingerir bebidas alcohólicas (y su cantidad) es una decisión personal. Pero hay otras palabras que también sirven para excluir o estigmatizar que no dependen de una decisión personal sino de un juicio externo y que, a pesar de un cuarto de siglo de luchas por un lenguaje políticamente correcto, aún perviven. Por ejemplo: “joven” y “caballero”.

Caballero es una palabra que nace directamente relacionada con su etimología cuadrúpeda: el caballo. Ergo, caballero es aquel que tenía un caballo. Aquí lo primero que podemos notar es el sesgo de género: aquellos a los que les era posible, dentro de la “civilización europea”, tener caballos era a los hombres, mientras que las mujeres quedaban excluidas de este privilegio o, si estaban fuera de la mentada civilización, eran designadas como “amazonas” y despertaban entre los europeos las más bárbaras fantasías.

Lo segundo que es menester apuntar sobre la palabra es el sesgo de clase. No cualquier hombre podía tener un caballo y, como indica la RAE, había que pertenecer a cierto tipo de aristocracia o corte nobiliaria, ya fuera por nacimiento (un “hidalgo de calificada nobleza”) o por méritos (“pertenecer a una orden de caballería” donde, por supuesto, no cualquiera era bienvenido). Así, para ser caballero, básicamente, había que ser rico. Igual que para ser “noble” o “señor” o “don”, en contraposición con “villano”, quien era aquel que vivía en la villa, el pobre pero, como suelen hacer las clases pudientes, también era el acusado de todos los males (igual que después sucederá con algunos neologismos mexicanos: el naco, el chairo).

Las revueltas liberales y republicanas en los siglos XVIII y XIX quitaron todo el ropaje aristócrata de la palabra “caballero” en América (aunque no el sesgo de género). Ahora “caballero” es o puede ser cualquier ser humano de sexo masculino: un desconocido (“disculpe, caballero”) o alguien amable, leal o generoso (“Perengano es un caballero”).

En sentido contrario ha ido el uso de la palabra “joven” en algunas sociedades americanas y tiene su símil en el uso de la palabra “boy” en inglés. En ambos casos designa, según los diccionarios, a una persona “de poca edad”, alguien que no ha alcanzado la edad adulta (dejando de lado los usos más contemporáneos y urbanos de “jóvenes de 30 años”, ninis, becarios y anexas).

La palabra, en el diccionario de la RAE, no implica ningún sesgo de clase y, de hecho, pareciera no hacerlo hasta que uno la escucha en el contexto de sociedades con rancia tradición de servidumbre y/o esclavismo. Ahí, “joven” suele designar a cualquier hombre que, independientemente de su edad, se dedique a actividades que “parezcan ser” las de un criado, un esclavo o un siervo. Por ejemplo, un mesero o camarero, un jardinero, un intendente, un maletero (o en su versión posmo: quien carga las bolsas del súpermercado), un acomodador de carros en el estacionamiento, a un policía o soldado (en las sociedades donde esta labor está asignada a los estratos sociales bajos; es decir, en México sí pero no en Sudáfrica), etc… Nunca, o sólo viniendo de alguien mayor en edad, se le dice “joven” a quien se dedique a otro tipo de oficio. Por ejemplo, nadie le dirá “oiga, joven” a un juez de la Suprema Corte ni, el mismo estudiante universitario que le dice “joven” al afanador de 70 años, le dirá “joven” a su profesor de 30. Un “joven”/”boy” pertenece casi siempre a los grupos raciales sometidos durante el colonialismo y, para reforzar el racismo y el clasismo, en algunas regiones de Centroamérica y Colombia, a un hombre blanco, aunque sea visiblemente más joven que su interlocutor, se le llega a decir “padre” o “padrecito”.

El origen del uso de la palabra “joven”/”boy” en este sentido tiene que ver, precisamente, con el legado de esclavitud y servidumbre. En su perversa versión paternalista, a los criados, sirvientes y esclavos se les consideraba como una suerte de niños, de hijos del patrón que nunca alcanzarían la mayoría de edad y que, por eso, siempre tendrían que estar a su servicio pues éste “los cuidaba como un padre”. Referencias al respecto abundan en textos administrativos, eclesiásticos, filosóficos y, por supuesto, legales. Baste una cita de esa aclamada novela racista, Lo que el viento se llevó, de Margaret Mitchell: “Los yanquis no entienden que los negros son como niños [boys], que hay que tratarlos con dulzura, dirigirlos… reñirlos cariñosamente”, dice Scarlett O’Hara.

Incluso después de las revueltas republicanas que quitaron la parafernalia aristocrática a palabras como “caballero”, “señor” o “don”, varias de las constituciones e instituciones americanas negaron de facto y de jure la mayoría de edad a indígenas, negros y mujeres, la ciudadanía en igualdad de derechos, de votar y ser votados, al grado que la última reforma al respecto en México, por ejemplo, se publicó precisamente el 22 de mayo de 2015.

Ilustración: Wikicommons

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