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Probablemente el nombre de José Carlos Molina no les diga nada, ni el de la banda Ñu tampoco. Pues bien, estamos hablando de un músico, y de su banda, con más de 40 años de trayectoria y 18 discos a sus espaldas. Probablemente uno de los mayores genios que ha dado la cultura, y no solo rock en el idioma de Cervantes. Un genio incomprendido, algo que la gente de este país no se ha merecido. Alguien que decía sobre sí mismo: “Todo empezó, porque yo no quería trabajar, y al final he trabajado más que nadie”.

José Carlos Molina, nació en Madrid en 1955, hijo del éxodo rural, su familia fue a parar a la capital del estado en busca de una mejor suerte. Desde niño se interesó por la música, siempre quiso ser organista cantante, pero por aquel entonces era prohibitivo hacerse con un órgano Hammond, así que empezó con la armónica y con la flauta, algo que marcaría su sello personal en toda su trayectoria.

Su primer grupo se llamó: Fresa y en él estaba también Rosendo Mercado. Los dos compartieron el nacimiento de Ñu en 1975. Aunque luego Rosendo tomó otro camino musical y formó Leño, para después continuar con una exitosa carrera en solitario.

Pero Vamos al lío, que reza el sexto disco de Ñu, y hablemos un poco sobre la banda y su alma, de su líder, en definitiva. El estilo de Ñu es difícil de clasificar, algo que siempre ha traído de cabeza a Molina, ya que nunca le gustaron las etiquetas. Se les ha encasillado como folkies, rockeros, progresivos o practicantes del heavy metal. Incluso hay quien ve trazos de rock medieval en sus composiciones. Sus letras suelen contar historias sobre jinetes, castillos, villanos y héroes medievales, pero estamos ante algo mucho más grande que una banda obsesionada con el Medievo. Los Ñu han tenido un poco de todo eso en sus diferentes etapas. Fueron influenciados por los británicos Jethro Tull e influenciaron a múltiples bandas nacionales como Mägo de Oz, Ars amandi o Saurom. Por el grupo han pasado más de 60 músicos, algunos muy reputados, pero solo su cantante y flautista ha permanecido desde los comienzos. Aunque la apariencia pública del grupo gozó de cierto éxito a finales de los 70 y de los 80, se podría decir que el resto del tiempo ha sido prácticamente nula, aunque siempre han estado ahí. Molina es la piedra angular, un personaje único, irrepetible; un genio. No deja indiferente a nadie que lo conozca, tiene seguidores y detractores. Piensa lo que dice y dice lo que piensa, causándole alguna vez que otra sonados problemas por la manía de no callarse nada.

Para sus detractores, el personaje en cuestión tiene un carácter irascible, anclado en el pasado y se niega a evolucionar. Para sus seguidores, es un genio incomprendido, falto de apoyo. Se perdió en la noche de los tiempos y sobrevive con una actitud luchadora. Es honesto y consecuente con lo que dice. A grandes rasgos se puede decir que esto es lo que piensa la gente que lo ama y detesta. ¿Pero qué piensa él sobre su propia carrera? Para quien escribe, el Molina más puro es el que presenta su visión de las cosas:

“He hecho lo que he podido, he sido un patriota, he querido hacer mucho por este país, ser muy honesto y digno, pero creo que me he equivocado. Tenía que haber hecho música más concreta para la mentalidad de este país, ponérselo más fácil a la gente para que me entendiera. Me tenía que haber ido antes de que fuese demasiado tarde. En España no se respeta el oficio de músico. No me importa que recuerden su persona, solo que echen de menos mi música. Alguien que con más de 40 años de carrera y 18 discos, dice que todavía no ha hecho la música que le guste a sí mismo, reconoce que ha leído poco, porque las historias le gusta crearlas, no leerlas…”

Tampoco tiene pelos en la lengua, por ejemplo, a reconocer su ego, ese monstruo maldito que muchos artistas intentan ocultar:

“He sido un vanidoso, por eso todo ha sido más difícil, pero si cambiase, la poca gente que me ha seguido, dejaría de creer en mí, y eso no sería lo peor, lo peor sería que yo mismo dejase de creer en mí”.

Y con 60 tacos de almanaque ya cumplidos no se cansa de aprender. Estudia a diario, pero tiene tiempo para pegarle un tirón de orejas a los músicos más jóvenes. O al menos eso dice el líder de Ñu:

“Ahora mismo me dedico a estudiar música. Porque la música no tiene la culpa de que la gente sea paleta. No quiero oír nada, solo triunfa la mediocridad. Así que mi música me le quedo para mí. De la música espero, lo que me está dando, satisfacción mientras la toco, escucho, compongo, estudio, practico… Esa es la sensación. Los músicos de ahora tienen la barriga llena. Los músicos de ahora no transmiten, no han pasado necesidad ni política ni económica”.

El genio incomprendido, un músico por el que siento debilidad. Es grande, con cabeza, buen ojo, y mejor oído. Un personaje quijotesco de los que ya no quedan, el último héroe de cuento de ayer y de hoy. A más de uno apena que en la historia cultural de España aparezca gente que no ha tenido talento y, sin embargo, tipos como este intérprete que no pactó con nadie, que tiene amor propio por su grupo, y que está orgulloso de su trabajo caigan en el olvido del tiempo de este “imperio de paletos” en el que les tocó nacer.

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