Fotografía: Wikimedia Commons

1200px-Acto_preelectoral_de_Ciudadanos,_en_Madrid,_con_Inés_Arrimadas_hablando_el_25_de_octubre_de_2015 (1)

Años después, frente al Parlament de Catalunya, la diputada Inés Arrimadas habría de recordar el día en que su padre le llevó a conocer Barcelona. La joven quedó impactada por la belleza de una ciudad que, desde entonces, luchó por hacer suya. El señor Arrimadas se cuidó de explicar bien a su hija todo aquello que su familia había vivido ahí: aquel largo viaje desde la llanura salmantina hasta aquella tierra prometida, donde ejercer la abogacía era un manjar. El señor Arrimadas fue también policía en la Ciudad Condal. Contaba, poseído por un peculiar éxtasis, todo tipo de intrigas sobre una amplia gama de sujetos, desde los más prestigiosos miembros de la burguesía catalana hasta los tejemanejes de los hombres más rastreros del Raval. Los ojos de Inés le observaban bien abiertos, fascinada a cada giro argumental. Su atención, sin embargo, se distraía con frecuencia ante la enorme diversidad de los individuos que paseaban junto a ellos por las Ramblas. Un hormiguero de gente les rodeaba hasta desembocar a los pies de la estatua de Colón, que observaba desde las alturas, con mirada inquisitorial, la antigua ciudad de Barcelona. Más allá, el Mediterráneo. No cabía ninguna duda: aquella tierra poseía un gran misterio.

A su regreso, se dijo que Jerez de la Frontera no sería ya nunca más su hogar. Ante nuevos conocidos, Inés aseguraba que ella había nacido en Barcelona. Se sacudió el acento andaluz como quien se sacude a una lombriz del hombro izquierdo. Se hizo fan del Barça y el Guardiola de los noventa le enseñó dos cosas: a jugar al fútbol y a hablar el catalán con sorprendente perfección. Guar-dio-la. No se perdía ningún partido. Después, parafraseaba al crack moviendo los labios frente al televisor. Josep Guardiola i Sala. La belleza del catalán. Inés perdió la inocencia en el momento en que se dejó seducir por una certeza: iba a vivir en Catalunya. La arrogancia con la que se sumergió en su sueño acabó endulzando sus largos días en Jerez. Cada jornada de su adolescencia languidecía en pos de aquella convicción.

Cuando acabó sus estudios, se sintió libre.

***

La épica con la que Inés Arrimadas pudo haber adquirido esta pasión catalana es propia del mejor realismo mágico. Toda supersticiosa convicción otorga un motor espléndido al alma del portador, pero éste no suele percatarse de que toda determinación pasionaria alberga, en su reverso, una némesis de idéntica sobrenaturalidad. El día en que la joven Arrimadas decidió alzarse como adalid política de la españolidad de Catalunya, una deidad extraordinaria decidió tomarse la justicia por su mano y convertir a la diputada en una estatua de sal.

La expresión de la diputada Inés Arrimadas frente al Parlament de Catalunya es tan opaca como las lágrimas que parece que está a punto de soltar. La pelea separatista le causa un dolor visible en su permanente mueca política, que no permuta en nada más ni aun celebrando los goles de la Selección española.

Su entonación, muy al borde de la llorera, se explica quizás porque su subconsciente se encuentra aún hoy muy atado, con nudos casi fanatizantes, a aquel primer paseo frente al Liceo y a la pasión que su padre supo transmitir por esa tierra en su más tierna infancia. Una tierra a la que Primo de Rivera también amó, pero hasta extremos autoritarios.

***

—Es el diamante más grande del mundo.

—No —contestó el gitano—. Es hielo.

Me llamarán sacrílego, pero la tensión que albergan las primeras páginas de Cien años de soledad, que describen la fascinación de la primera generación de los Buendía por el hielo y, ya de paso, narra el génesis de la identidad política y social latinoamericana, bien podría ser una buena alegoría del empecinamiento surrealista de ambos contingentes del conflicto político nacionalista.

Aún así el centralismo de la llorera, que tiene como principal creadora y representante a Inés Arrimadas y su identidad hecha de sal, representa una gran baza frente a un nacionalismo especialmente virulento que, hasta hace poco, sólo tenía enfrente al rostro semiderruido de Alicia Sánchez Camacho y la corpulencia inherentemente violenta de Xavier García Albiol. Fieles, ambos representantes populares, a una tozudez españolísima de enorme intranscendencia en el parlamento catalán.

Ciudadanos es, con Inés Arrimadas, un gran adversario de la irrelevancia sentimentalista del nacionalismo estatal, venga de donde venga. Es, también, una buena alternativa (la única) a la tozudez españolísima que representa el Partido Popular. Aunque Rivera y Arrimadas se sintieron igualmente hipnotizados por la belleza del hielo —el pequeño Rivera se negó a tocarlo; Arrimadas, en cambio, puso la mano y la retiró en el acto. “Está hirviendo”, exclamó asustada—, la impermeabilidad con la que pretenden repeler cualquier argumento en contra de lo que “no debería ser de otra manera” resulta encomiable. Aunque nunca vayan a darse cuenta de que Catalunya no “es el gran invento de nuestro tiempo” sino, simplemente, Catalunya.

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