Desde que vi Amores perros en el año 2000 –hace ya 16 años–, no he dejado de seguirle la pista. La primera película de Alejando González Iñárritu me marcó profundamente y fue culpable de que hoy viva en México y del amor-odio que me sigue despertando este monstruo sísmico mal llamado ciudad. Antes de que pegara el pelotazo final con Birdman, afirmaba sin dudarlo que era mi director favorito, el que más me llenaba. Lo sigue siendo. El mío y el de medio mundo.

Pero, no nos olvidemos, la unanimidad en reconocer su genio, es reciente. Antes de Birdman, poca gente compartía mi entusiasmo. “Es tremendamente dramático”, me decían unos y otros. Triste, oscuro, deprimente… Lo es, claro que sí, pero como dice Rodrigo Fresán, el infierno de los personajes es el paraíso del lector y del espectador. ¿O no es trágica y desesperante la literatura de Dostoievski, la de Flaubert, la de Kafka, la de Chirbes? ¿No son lúgubres los mejores temas de Johnny Cash, Nick Cave o Sabina? ¿No es tétrico y oscuro el mejor arte de Caravaggio, Rembrandt, Goya, Picasso…?

Son infiernos de desesperación y paraísos de arte, retratos insuperables de la condición humana y de los recovecos más profundos y oscuros del alma. Así son –para mí- las mejores películas de Iñárritu, e incluyo aquí a tres de las iniciales: Amores perros, Babel y Biutiful. No me gustan sólo por ser tristes y oscuras (de hecho, el tono deprimente gratuito me estomaga), sino porque retratan como nunca el mundo loco e incierto en que vivimos: la brecha social entre ricos y pobres –entre violencia y glamour–; el sistema globalizado y paranoico que habitamos desde el 11-S y la subcultura de los migrantes que acecha silenciosa en los suburbios de las ciudades más bellas del planeta. Un cine que me habla de los escenarios que más me interesan –de los barrios de Tepito y de la Condesa, de Marruecos, Japón y la frontera estadounidense, de Barcelona y su reverso canalla y arrabalesco– con algunos de los actores a los que más admiro –de Javier Bardem a Benicio del Toro, pasando por DiCaprio, Sean Penn, Naomi Watts, Edward Norton–. ¿Quién da más?

Nadie, hasta el momento. Hace un año y medio, con Birdman, Iñárritu convenció a quienes pensaban que solo podía hacer un cine oscuro de corte social. Ahora, con el estreno de The Revenant, ha demostrado que es incluso capaz de hacer cine de acción sin renunciar al arte y a la sordidez. Esas dos películas le han convertido en el director más venerado del momento. Son, técnicamente, sus mejores obras, las más contundentes. Yo sigo quedándome con su etapa anterior, porque a pesar de su oscuridad, me ilumina más, pero no por ello dejo de admirar sus nuevos pasos.

Iñárritu

Iñárritu

No seamos remilgados. Birdman fue absolutamente rompedora, y la última, The Revenant, me parece un espectáculo visual nunca antes visto. Una persecución de dos horas y media en la que Iñárritu retrata la conquista de Norteamérica y la lucha, la supervivencia y la venganza de un padre desesperado. Un padre que ha visto como asesinaban a su hijo y ha decidido emplear hasta el último aliento en atrapar al asesino. Yo he conocido padres así en México y su mirada estremece tanto como la que nos dedica DiCaprio en el último segundo de película. Iñárritu sabe de qué nos habla y lo hace con maestría y coraje.

Por lo demás, es una película épica sin demasiados diálogos y con algunas concesiones a la espectacularidad. No es el tipo de cine que me enamora, pero reconozco que es insuperable en su género. No hay actor como Leonardo DiCaprio; no hay némesis como ese paleto iracundo interpretado por Tom Hardy, no hay fotografía como la de ese Formula1 apellidado Lubezki. Los primeros 50 minutos son estremecedores y el final vuelve a disparar tu adrenalina. Algunos se quedarán con la sensación de que le sobran 20 minutos de caminatas accidentadas y agónicas, pero no jodamos: lo que nos está dando a cambio es una obra de arte en mayúsculas.

Dicen que, con Birdman, The Revenant es la película “menos Iñárritu” del director mexicano. Es posible, pero quizás por eso consiga atraer a más público que ninguna.

¿Qué viene ahora? DiCaprio conseguirá su Oscar y tendrá su lugar en la historia del cine de todos los tiempos. Tom Hardy (se merece otro Oscar sin dudas) habrá demostrado que es uno de los actores más versátiles de su generación. Iñárritu, jaleado por el público y la industria, seguirá cambiando de género y regalándonos arte en pantalla grande. ¿Volverá a sus historias urbanas y sociales? Qué más da. Que experimente si quiere. Mientras siga volando tan alto, no le perderemos la pista.

 

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