En el mes de febrero de 2016 pasé un par de semanas en Albania. Llegué sin saber muy bien lo que me iba a encontrar y volví, quizás, aún más desconcertado. Supongo que iba buscando esa refrescante sensación de extrañamiento a la que los años, las vivencias y el mercado van matando de forma lenta y silenciosa. Ya saben a qué me refiero: serpentear por pedregosas carreteras metido en un autobús claustrofóbico con la música local sonando a todo trapo tras un enorme biombo de atronadoras conversaciones ininteligibles. El tabaco barato. Nuevos sabores. Nuevos olores. Desconcertantes costumbres…lo bello y lo terrible al margen del envoltorio transparente de este mundo de plástico. Italo Calvino ha dicho que la insatisfacción puede ser el síntoma de una vida perdida y la satisfacción el síntoma de la pérdida del alma. En este sentido, creo, Albania no es país para zombies sino para inconformistas insatisfechos que buscan un pequeño bálsamo antes de dejarse atrapar del todo por los brillantes engranajes de nuestra jungla mecánica y ajena.

I. La buena gente de Albania

¿Qué es un McDonald’s? Para unos el reluciente palacio donde reponer fuerzas con nutritivos aperitivos y quizás echar un último polvo en el baño antes de que el mundo se repliegue sobre sí mismo y empiece de nuevo a dar vueltas aún más deprisa que normalmente. Una parada en boxes; el sitio perfecto donde acabar una larga noche de borrachera. Para otros es un antro infecto que jamás volverán a pisar porque, dicen, encarna los valores de una sociedad enferma y decadente. Para un observador imparcial un McDonald’s es, o debería ser, un establecimiento de comida rápida cuyo funcionamiento se rige por cuatro principios fundamentales: eficiencia, cuantificación, previsibilidad y control. Hay quien dice que esos cuatro principios representan la orientación general del sistema, el cual los reproduce en todos sus aspectos contribuyendo a engrosar aquel envoltorio de papel film del que, muy poéticamente, hablaba antes. Es por eso que tanto para aquellos que lo repudian como para los observadores imparciales toparse con uno de estos asépticos establecimientos nunca suele ser una sensación agradable. Aunque no pueda escapar de su lógica (porque es imposible) Albania es uno de esos países sin McDonald’s. Los letreros de sus restaurantes de comida rápida rezan, con toda honestidad, fast food, y aunque estos fast food (que, por cierto, comparten nombre pero no business,es decir,no son una franquicia) participen de los cuatro principios fundamentales a los que me he referido, no lo hacen en una forma tan pura, lo cual quizás sea un reflejo de una sociedad que resiste, como cierta aldea gala,ahora y siempre al invasor.

Así, Berat (una pequeña ciudad del sur) es el perfecto ejemplo de esta especie de modernidad atragantada. Su cogollo central está repleto de cafés y restaurantes fast food que viven, supongo, de alimentar a esas nuevas generaciones que han bajado de las montañas a marchas forzadas para sumergirse en las profundidades de un sector terciario que parece pretender servir a una suerte de turismo ausente. Pero la vida, como diría Milan Kundera, está en otra parte: los escarpados callejones rurales de los montes albergan una presencia fantasmal y agonizante, tan tímida y secreta que es casi imposible percatarse de que existe, de que dentro de las casas desdentadas hay todavía algún viejo cortando leña o algún asno amarrado intentando rumiar una hierba dispersa.

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II. Skënderbeu y las cenizas de la identidad albanesa

Todo el mundo se acuerda de aquel episodio de Los Simpson en el que un niño albanés de intercambio resulta ser en realidad un espía que pretende robar secretos nucleares. Cierto es que aquel capítulo hace referencia a un tiempo en el que Albania se situaba, como siempre a su manera, al otro lado del Telón de Acero. Y aunque hoy en día la coyuntura histórica es relativamente diferente, el caso es que este pequeño país a orillas del Adriático sigue teniendo algo de recóndito, algo de subversivo. Albania es un país mestizo. Esto quiere decir que todo, desde su espacio económico hasta su gastronomía, tiene las características propias del territorio fronterizo. Su bandera, el águila bicéfala sobre un fondo rojo, está basada en la que, allá por el siglo XV, el héroe nacional Skënderbeu utilizó en su revuelta contra los otomanos, a quienes traicionó y expulsó de la montañosa ciudad de Krujë hasta en tres ocasiones.

Este hecho resulta más o menos chocante si tenemos en cuenta que aun hoy en día el Islam es la religión mayoritaria del país. Y es que sobre las ruinas de los viejos castillos (situados a hombros de unas montañas hechas de un pasado feudal) uno puede escuchar la envolvente y melodiosa llamada al rezo que el viento arrastra desde los minaretes de las mezquitas, que abundan, aquí y allá, cada pocos barrios, como advirtiendo al viajero de que aquella Europa (tan artificial y tan esencialista) de luminosa cristiandad se torna un espejismo cuando entra los Balcanes.

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