Con la mezcolanza de influjos como viento y el Mediterráneo como única bandera. Afrancesado con deje valón. Así es el cineasta Guido Benedicto (Anderlecht, Bélgica. 1983), londinense circunstancial tras una juventud valenciana, entre el manierismo y la cinefagia. Una especie de Adam Ondra, con una cámara implantada en su hipotálamo y la osadía en su propuesta ante cada vía de escalada, ante cada proyecto visual. Un joven cineasta en ciernes cuyo anhelo, más allá del reconocimiento, es llegar a contentar, al mismo tiempo, al niño que se conmovía con Hook y al chaval que entendió la trascendencia cruzando la línea roja de Malick.

–¿Cuál es la primera secuencia vital que eres capaz de recordar?

–En 1989 fui a ver, con mi padre y mi abuela, Indiana Jones y la Última Cruzada, a los –extintos– cines Serrano (Valencia). Mi abuela trajo magdalenas dulcesol y chocolate dolca. Recuerdo estar flipando, esquinado en segunda o tercera fila, con Indiana. Acabé la peli, con la boca y los dedos pringados, llevaba una camiseta blanca, parecía un dálmata de chocolate. ¡La mejor experiencia cinematográfica de mi vida!

¿Qué otras películas te retrotraen a la infancia?

–El libro de la selva. Tiempos modernos. Las películas de Charlton Heston, todas. Como El Cid se grabó en Belmonte (Cuenca) –que es el pueblo de mi madre– salían de figurantes mis tías, mis abuelas, mis tías-abuelas (en los álbumes de familia guardaban fotos de aquel rodaje en los sesenta) y se emocionaban con las pelis de Semana Santa recordando a Charlton Heston. Como ya he dicho, el personaje de Indiana Jones fue muy importante, por supuesto. Los GooniesForever, Sloth! Ah, también La haine, aunque ya no era tan pequeño.

Tu infancia son recuerdos… en un patio de colegio (de Estrasburgo).

–Antes de que marchásemos a Estrasburgo, iba al Liceo (en Valencia), y allí hablábamos un francés muy propio, muy nuestro. Recuerdo que al llegar a Francia, no entendía nada, intentaba adaptar los insultos españoles al francés, en plan: eres un gilipó. Luego, siendo tan niño, el francés ya te entra con mucha facilidad. Íbamos en bici al colegio, mi padre era profe allí. Había, también, un parque inmenso, más grande que cualquiera que hubiera visto jamás. Estrasburgo es una ciudad maravillosa, o así la recuerdo.

A lomos de una bicicleta se dice que eres propenso a proferir aleatoriamente: ¡Tarkovsky!

–Aquello tiene su origen muchos años después de Estrasburgo, al pedalear por el norte hacia la Galicia profunda. Aquel Camino de Santiago tuvo un sentido muy espiritual, sobre todo, a través del sufrimiento. Y cuando sufres mucho y descubres, mientras, parajes hermosos, te elevas. Cuando ves una película de Tarkovsky, quieras o no, tu alma encuentra cobijo. Son entornos que hacen que te eleves sin que entiendas muy bien por qué. Los berridos en honor a Tarkovsky tienen algo de catártico.

Ahora, vives en Londres, pero naciste en Anderlecht… y creciste en l’Horta Nord. ¿Crees que Max Aub tenía razón y que, al final, uno es de donde hace el bachillerato?

–Uno es de donde descubre la vida, de donde descubre el amor, de donde empieza a caminar solo y a darse cuenta del mundo. Sí, creo que Aub estaba en lo cierto, porque, en efecto, es en esa fase donde solemos descubrir el amor por primera vez.

¿Qué tal el salto del Túria al Támesis?

–Detesto pasear junto al Támesis, no me gusta su fetidez ni ese frío sucio. En cambio, el Túria, en su antiguo cauce, es un larguísimo jardín salteado de corredores, precioso, tan verde. Aunque también me ha llamado la atención, desde siempre, esa especie de desierto (lecho del nuevo cauce) en el Plan Sur con sus pintadas de amor gigantescas: “Siempre juntos, María”. Cada vez que estoy junto al Támesis me entran ganas de estar en el Túria, y pienso: “Ojalá hubiera un parque que recorriera todo Londres por el que poder ir en bici y pasear.” El Támesis es un poco espeluznante, gente que se ahoga, gente que nada en él y pilla infecciones. Me gusta mucho más el concepto de río ajardinado. El Támesis es como las marismas esas chungas, llegando a Mordor… la Ciénaga de los Muertos. Sí, eso es el Támesis.

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¿Cuándo entendiste que necesitabas que el cine fuera el eje de tu vida?

–Entre que se entiende, se valora y se pasa a la acción, transcurre un cierto tiempo. Siempre supe que esto es lo que tenía que hacer aunque no fuera consciente de ello, a los once años, haciendo pequeños documentales con la cámara de mi padre. Creo que, por otra parte, después, era demasiado consciente de mis límites, y esos límites, tal vez, me bloqueaban. Por ello, hasta que no me he encontrado en esta ciudad, cogido por los huevos entre un trabajo, de mierda, y una relación a nutrir, bailando con la desesperación –atrapado–, no he dado el paso: de verdad necesito hacer esto, que sea mi dedicación, sólo tengo esta vida. Fin al martirio creativo, criticón y quejica, de mucho ruido y pocas nueces. Desde niño sabía que tenía que hacerlo pero sólo lo he puesto en práctica ahora.

¿Qué es lo que te impulsa a ser cineasta?

–Creo que tengo que cerrar los ojos y pensar muy poquito. Lo que me impulsa es la necesidad de descubrir nuevos mundos y universos –aunque también puede hacerse con un papel y un lápiz–, la necesidad de luchar por algo que sientes que, como director, te concierne a ti contar… Aunque luego descubres que lo magnífico del cine es la cooperación, siempre estás compartiendo, es un acto de creatividad en común. Sin la gente podrías hacer muy pocas cosas, resultaría imposible llegar a ciertos páramos. Me encanta como modo de evasión, y me parece muy interesante como proceso de descubrimiento y siento que vale la pena centrarse en ello. De hecho, creo que todo el mundo debería intentar hacer una peli en su vida. Se habla mucho de escribir una novela pero si te mola el cine, haz una peli, hoy es más “fácil” que nunca.

En un momento dado, como no sabía qué hacer con mi vida, pensé que era un objetivo lo suficientemente lunático como para que pudiese, de veras, dedicarme a ello con seriedad. Jamás he tenido un plan B, nunca he tenido la sensación de que podría intentar hacer otra cosa, aunque pudiera hacerlo.

El cine como único horizonte…

–Sí, preparar una historia es una fantástica manera de no enfrentarse a la realidad, o de enfrentarla a tu manera. Crear una realidad alternativa es mágico, es una medicina, y creo que hacer cine es una manera de evadirse, como cualquier otra, con la que, encima, puedes arrancar sonrisas y hacer algo que le guste a la gente. Es magnífico. No hay nada más bonito que poder ofrecer noventa minutos de placer aunque sea con un drama. No sé si soy cineasta, sé que me encanta contar historias con la cámara. Gracias a las secuencias puedes contar lo que no existe, lo indefinible, el amor… y sí, es algo que puedes hacer como escritor pero la escritura requiere de un tipo de aptitudes a las cuales no tengo acceso. La dirección requiere de cierta inconsciencia y de responsabilidad, sobre esa propia inconsciencia, para llevar a cabo proyectos y defenderlos delante de la gente. Es el juego creativo perfecto.

¿Cuál es tu secuencia favorita? ¿Esa concatenación de imágenes que (siempre) hace que te emociones de un modo indescriptible?

–Son tantas las secuencias que me ponen… algunas requieren detenido estudio pero me quedaría con dos:

El imperio del sol. Aquel nano corriendo con su catxirulo… ¿cómo se dice en castellano? ¡Sí!… cometa. Y se le escapa, la cometa vuela, cae no sé dónde, el niño corre hacia allí, sube una loma, y de repente en el contraplano, ¡pum!, el ejército silencioso –chino– a punto de entrar en Japón. El niño y el ejército, que avanza en silencio. Sólo se descubre al coronar el montículo. Brutal.

Stalker. ¿Cómo no? Un campo lleno de flores muy bonitas y, al fondo, un coche destrozado. La cámara avanza. Los tres personajes que aparecen por un lado, debaten sobre ética y moralidad, terminan quedando fuera de cuadro mientras la cámara sigue avanzando, lentamente, hasta llegar al coche abandonado, que no tiene puerta y, por ahí, la cámara se mete dentro hasta encuadrar, mediante una ventana rota, a uno de los tres de antes, cariacontecido. Sólo se escucha la naturaleza y, de repente, sale la cámara por la ventana para que así vuelvan a entrar en cuadro los otros dos. Me parece que ese travelling es una sencilla genialidad.

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Cuando regresaste a Bélgica, veinticinco años después, y participaste ya en rodajes, ¿cómo enfocaste los pasos para llegar a hacer cine?

–Nací en Bruselas pero me lo habría creído igual si me hubieran dicho que era de Kuala Lumpur. Fue divertido llegar a la ciudad donde naciste y que todo sea un descubrir, desde la urbe, en sí, a tantísima gente de otros países. Qué experiencia, fue maravillosa.

Tuve la suerte de que hubiera en la productora, a la que llegué de prácticas, dos rodajes programados. Uno, con Gerard Depardieu. ¡Por fin iba a conocer a Gerard Depardieu! Menudo individuo, en fin, un personaje de lo más… me falta un adjetivo que no sólo es absurdo, es un término que Nacho Vegas usa mucho… ¡Ah, sí, orondo! Un tipo bastante asqueroso, Depardieu, le tocaba el culo a todo el mundo. Daba mucho-mucho asco su presencia. Y luego, el siguiente rodaje, sería con Sergi López, aunque en ese momento todavía no lo sabía. Aquel fue el primer contacto, real, con el cine.

Como buen becario, al llegar, lo primero que me pidieron fue que organizase todo el archivo. Un trabajo que podría haberlo hecho en dos horas me demoré cuatro días. Era una forma de rebelión. Al acabar les dije, no he venido hasta aquí para ordenar documentos, empleadme en otros asuntos. Y les pareció bien. Al día siguiente empezó el rodaje, y estuve de runner cortando calles para aquella peli, mala-malísima, Diamante trece. También salía la hija de Dario Argento.

¿Qué tal convivir con Sergi López en la intimidad?

–Si algo aprendí de Sergi López es que uno es de donde come, y a pesar de que él es un tío de Vilanova i la Geltrú, muy enraizado con su gente, cuando va por la calle en Francia le para todo el mundo, todos le conocen, saben quién es y está tranquilo, va a la panadería y no pasa nada. Se siente en casa. Me parece genial que haya logrado poder vivir así. Me enseñó que el triunfo es demasiado relativo. Resulta que él trabajaba de albañil para ahorrar pasta y poder irse a estudiar con Le Coq –es una de las mejores escuelas para estudiar interpretación–, en París. Y, bueno, allí se formó, allí se le valoró (de veras) y quizá, por ello, es mucho mayor su producción y reconocimiento en Francia que en nuestro país.

https://www.youtube.com/watch?v=MkYS_9iDXAA

Una vez te asientas en Londres, ¿cómo levantas tu primer proyecto, Klesh?

–Llegué en plan idealista. Había desarrollado un guión, con Isaac Sancho, que se llamaba Libertad para los osos, y como en inglés sonaba de la hostia, Freedom for the bears, me dije, coño, esto hay que rodarlo en inglés. Cogí el avión y vine a Londres, mi hermano estudiaba aquí y me acogió en su habitación. Traduje como pude el guión (al inglés) casi peor que un translator. Fui por las productoras moviéndolo. “¿Que qué he hecho antes? Pues nada todavía, tío, esto es lo primero”. No entendían nada, o casi nada, pero me transmitían que les molaba mi historia.

Al final, abandoné diciéndome: “Esto es demasiado ambicioso, tengo que ofrecer algo mucho más simple, empezar desde abajo”. Todo ese rollo. Entonces, trasteando con algunas secuencias, construí diferentes historias. Así surgió Klesh, de la absoluta necesidad de contar una historia y de tener algo por lo que luchar en esta ciudad, al margen de las cuarenta horas de un curro cualquiera. Necesitas el trabajo para sobrevivir en un contexto muy caro, y ese mismo trabajo casi te impide realizar tus propósitos. Opté por ser un poco más pobre para disponer de tiempo. Fui a saco. Creo que, al final, necesitaba generarme esa obligación, generar la historia a partir de las localizaciones, aunque estuviera empezando la casa por el tejado. Fue el único detonante que he logrado encontrar para ponerme en marcha.

¿Cuáles eran tus premisas para contar esa historia?

–Hacer algo en inglés, concebido en inglés –nada de traducir–, y que fuera asumible a nivel financiero, he volcado hasta mi último penique, y todos los que han tenido a bien, por crowdfunding, hacernos llegar. Quería contar una historia con una pareja joven como protagonista –no podía pagar a más actores–, que tuviese una sola localización –al final han sido cuatro–, y que no se me fuese la producción de las manos –se me ha ido sólo un poco. Me apetecía mucho hacer algo fantástico, en todos los sentidos.

¿Cómo estás viviendo estas últimas semanas de gestación?

–Con muchísima postproducción. Hemos tenido la inmensa fortuna de que una escuela de diseño, a partir de ver el tráiler, nos haya ofrecido sus medios para formar a sus alumnos al hacerse cargo de todo el proceso. Este giro inesperado quizá venga a compensar el que tuvieran que ingresar por malaria, en medio del rodaje, al dire de foto.

Hasta donde alcanzo a saber Conquistador será la siguiente expedición que emprendas…

–Sí, esa es la intención, y sería fabulosa la presencia –si todo fluyera debidamente– de Sergi López, para contar cómo nos aferramos a nuestras creencias románticas cuando estás en un país extraño, haciendo algo que no te gusta ni te llena.

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Si pudieras escoger de entre todos los artistas cinematográficos de la historia ¿cuál sería tu quinteto ideal?

Compositor:
Eduard Artemyev (Solaris; Stalker)

Guionista:
Robert Towne (Chinatown; Mission: Impossible)

Director:
Paul Thomas Anderson (Boggie nights; There will be blood)

Productor:
Robert Evans (The Godfather; Chinatown)

Maestro:
Luis Buñuel (Viridiana; Le chien andalou)

***

Abecinedario                       (por Guido Benedicto)

Arrebato. Anatoly Solonitsyn

Bobina. Bardem (padre)

Clamps. Charlie, cualquier Charlie…

Difusor. Derek Jackman

Eusebio Poncela

Fulgor. Forqué (José Mª). Farándula… Fatih Akim.

Gregory Peck

Hughes (John)

Intermedio (El)

Jacques Rivette. Jaqueline Bisset.

Kinescopio

Lumet (Sidney)

Michel Piccoli

Narración

Ópera prima

Querelle

Rolling

Subjetivo

Transcodificar

Unión

Víctor/Victoria

Werner Fassbinder (Rainer)

X – para mayores de dieciocho

Yul Brynner

Zulueta. Zoetrope

***

Fotos: Zoltan Adorjan

Ilustración: Elías Oliver

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