Fotografías: Wikimedia Commons

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Decir que alguien siempre fue consciente de quién era es un topicazo. Además, suele ser la antesala de un desengaño. La lees y dices: “Bueno, tampoco era para tanto”. Y sigues con tus cosas. Supongo que esa frase tuvo sentido las primeras 1.500 veces que se dijo. Imagino que designaría a personajes que siempre se trataron a sí mismos de forma casi dogmática. Gianluigi Buffon (Carrara, Italia, 1978), es uno de ellos. El 29 de octubre de 1997, Italia se jugó el pase al Mundial de Francia contra Rusia. En Moscú. En “un partido a la antigua, en condiciones deplorables, entre la nieve y el barro, con un frío intensísimo y la imposibilidad de catalogar el partido como tal” –Segurola dixit– Cesare Maldini se jugó el honor con un chaval de 19 años en la portería. Pagliuca, que, a su vez, sustituía al lesionado Peruzzi, se rompió a la media hora. Buffon saltó al campo y mantuvo a su equipo. Encajó un gol, pero su actuación, junto al gol de Vieri, resultó decisiva para la clasificación de Italia. Y con decisiva me refiero a que, un día después, una periodista rusa le preguntó al imberbe arquero si pensaba que algún día podría llegar a ser mejor que Lev Yashin, el único futbolista enguantado que ha levantado el Balón de Oro. “¿Y quién le dice que no vaya a ser incluso mejor que él?”, contestó Buffón, casi ofendido.

17 años después, cuando el periodista Fausto Bagattini le recordó la anécdota, el portero se sonrojó. Dijo: “Confieso que siento un poco de vergüenza por la persona que era y ya no soy. Sin embargo, al mismo tiempo me doy cuenta de que aquel descaro también ha sido mi fuerza, lo que me permitió imponerme”. En esos tres lustros, Buffon ganó cinco veces la Serie A, una Copa y cinco Supercopas italianas, una UEFA y un Mundial. Fue nombrado Mejor Jugador de la UEFA en una ocasión, portero del año en cuatro y mejor portero de la década y de los últimos 20 años.

En otras palabras: en esos 17 años, dejó de hablar-de-ser Gianluigi Buffon para convertirse en Gianluigi Buffon.

Cuando le preguntan a qué se habría dedicado de no ser portero, levanta los hombros y arruga el morro. Dice que no lo sabe, porque desde los cinco soñó con ser futbolista. Cuando cumplió trece, el niño al que apodaron Gigi por sus grandes orejas –referencia a Topo Gigio, una serie de animación sesentera– jugaba al fútbol en un pinar. Dice que nadie le enseñó. Otra cosa es que mamara la palabra competición: a esa edad, era el único en casa que no pertenecía a ninguna categoría de la selección transalpina. Su padre, Adriano Buffon, fue campeón junior de Italia en lanzamiento de peso. La madre, Maria Stella, se dedicó a lo mismo –además de al lanzamiento de disco– con idénticos resultados. Sus hermanas mayores, Guendalina y Veronica, fueron jugadoras profesionales de voleibol. También tiene un tío, Angelo Masocco, que jugó en la Serie A de baloncesto. Antes de él, curiosamente, hubo otro Buffon que se enfundó ‘1’ de la Nazionale: Lorenzo Buffon, primo segundo de su abuelo paterno, y portero del AC Milan durante la década de los cincuenta, del Inter de inicios de los sesenta, y de Italia durante Chile’62. “Yo jugaba al fútbol en un pinar, con mis amigos”, suelta Gianluigi sin bajar los hombros. Con esa cara que dice: “¿A mí qué me preguntas? Yo solo tengo un don”.

Quizá esa sea la imagen que mejor capta la esencia de Buffon: un tipo que cuenta cómo pasó de jugar en un pinar a convertirse en uno de los mejores porteros de la Historia sin darle demasiada importancia, como diciendo que otro en su lugar habría hecho lo mismo.

La historia dice que el chaval orejón que jugaba en un pinar podría haber sido un buen centrocampista. Era alto, potente y sabía leer el juego. Jugaba en las categorías inferiores del Parma. La historia, de nuevo, dice que Buffon empezó a jugar de portero como suelen pasar estas cosas: un paso atrás, otro paso atrás, todos los portero de tu equipo lesionados y, cuando te das cuenta, tienes tres palos a tu alrededor y un campo con 11 tipos enfrente. Gianluigi dice que lo encontró divertido. Dice también que su padre le dijo algo así como: “Mira, tienes trece años. Si lo ves divertido… tírale”. Y ahí es donde la historia se cruza con un tipo camerunés.

Camerún lo estaba petando. Ganó dos ediciones consecutivas de la Copa África –86 y 88– y se plantó en el Mundial de Italia como un macarra que se peina y se pone una camisa y pasa la mañana entregando currículums. Fue una de las sensaciones del torneo. Cayó en cuartos de final contra Inglaterra. Aquel Camerún fue una semilla que germinó en cientos de enterados hablando con una certeza asombrosa sobre la inminencia de un campeón del mundo africano. Varias decenas de esos enterados siguen sin cerrar la boca, pero ese es otro tema. El caso es que a Gianluigi le flipó el portero de aquel equipo. Thomas N’Kono era rápido, ágil, seguro. Tenía carácter y era un líder, pero lo que entusiasmó al italiano fue su carisma. Su imagen, su sentido de la estética.

Ser portero era ser diferente.

Así lo explicaba, años después, el propio Buffon: “Me gusta pensar que soy un bufón, un payaso al que se ha encomendado la tarea de entretener a gente encarnando un rol muy estúpido. Se me suele culpar de cosas como jugar con el balón fuera de la portería, como si olvidara cuál es mi posición. Ser un payaso es una cuestión de jugar con las reglas. A mucha gente no le gusta cómo juego, piensan que sobreactúo, que grito demasiado y que intento llamar la atención de las cámaras, pero lo hago intencionadamente para mantener la conexión entre el deporte y la noción de que esto es solo un circo. De todas formas, todo el mundo sabe que perro ladrador, poco mordedor”.

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Lo curioso es cómo aquel Buffon joven, excéntrico, brillante, mezclaba declaraciones tan lúcidas con cagadas tan gordas como emplear simbología fascista para animar a sus compañeros.

El 26 septiembre de 1999, Gianluigi pensó que tenía que motivar a sus compañeros. El Parma, que un año antes acabó cuarto la Serie A y ese año jugaría Champions, recibía en casa a la Lazio. El portero escribió en su camiseta BOIA CHI MOLLA (Verdugo al que afloja). Resulta que esa expresión era un grito de batalla que solían escupir Mussolini y su gente. Buffon volvió a arrugar el morro y a encogerse de hombros. Dijo que llevaba toda la vida escuchando esa expresión, de uso común en el dialecto de su región, el norte toscano. Para colmo, la Lazio ganó 1-2. Un año después, Buffon salía de una lesión. En su convalecencia, el portero volvió a pensar cómo animar a sus compañeros. El resultado fue el mismo. El partido enfrentó a Parma y Valencia. Un partido de UEFA. Gianluigi apareció en Mestalla con el 88 a la espalda. En su cabeza todo tenía sentido: ese número aludía a cuatro atributos genitales, los que él pensaba que hacían falta para que su equipo ganara algún título. Se volvió a liar: los neonazis emplean el 88 como abreviatura de Heil Hitler (Si te pones a contar, todo cuadra: la ‘H’ es la octava letra del abecedario). Su entorno se volvió a encoger de hombros. Dijeron que lo único que realmente importaba a Gianluigi era el fútbol. El resto se la sudaba. Descomunalmente. Él, como diciendo “por dios, dejadme, soy joven y quizá un poco idiota”, se cambió el número por el 77. ¿La razón? Le recordaba a las piernas de su mujer, Alena Šeredová.

Ahora, Buffon dice: “Son experiencias de vida, negativas, que sirven para madurar. No me avergüenzo porque no lo hice de mala fe. Cuando fallé lo hice por ignorancia; no por mandar señales al exterior”. También dice: “Confieso que siento un poco de vergüenza por la persona que era y que ya no soy. Sin embargo, al mismo tiempo me doy cuenta de que aquel descaro también ha sido mi fuerza, lo que me permitió imponerme”. Y: “[un líder] solo tiene que intervenir cuando sea necesario (…). El mensaje debe ser transparente, pero corto”. Buffon es el tipo que aprende a través de la experiencia. Ya no es excéntrico. Ya no sale tanto del área. Ya no cuestiona las reglas.

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Quizá porque ahora las ponga él. Desde hace mucho, Buffon lleva el ‘1’. La Juventus le pagó al Parma 54 millones de euros y le convirtió en el portero más caro de la Historia del fútbol. Él dice, entre risas, que no fue mala inversión. Está considerado uno de los mejores porteros de la Historia y, junto a Casillas, el mejor del último cuarto de siglo. En una tanda de penaltis de una final de Champions paró dos penaltis y se volvió encoger de hombros, como diciendo “yo no puedo hacer más”, porque su equipo falló tres. Ganó un Mundial y, meses después, estaba jugando en segunda división. Y no hizo aspavientos. Apretó los dientes, se encogió de hombros y devolvió a la Juve a la Serie A. Quienes le han entrevistado coinciden en que Gianluigi Buffon es un tipo que impresiona por su elegancia. Dicen que espolvorea la sala de bromas adultas –adultas en forma– y se sienta y dice: “Bueno, ¿de qué hablamos?” En 2003, la periodista Cristina Cubero escribió un artículo que empezaba así: “Alto, guapísimo, educado, rico, portero de la Juventus y de la selección italiana, prometido con Alena Šeredová., Miss República Checa… ¿Se puede pedir más?”. Yo me imagino a Cristina Cubero en la redacción de Mundo Deportivo. Tecleando eso y levantando la mirada y arrodillándose y clamando al cielo: “¿¿SE PUEDE PEDIR MÁS, DIOS DEL CIELO, SE PUEDE PEDIR MÁS??”

Más que de copas y guantes dorados y brazaletes de capitán, el punto de inflexión tiene forma de diván. Durante unos meses del año 2003, Buffon dejó de saber quién era. No sabía por qué le aplaudían, por qué gritaban su nombre. Por qué ganaba tanto dinero. Por qué copaba portadas. No sabía cuál su sitio. Estaba perdido. Cuando le preguntan por qué no aparcó el fútbol, vuelve a encoger los hombros. Dice: “¿Y dejar a mis compañeros tirados?”. Alguien le recomendó que visitase a un profesional. Le costó entender que los psicólogos no son personas malvadas que roban a personas tristes con dinero. Estuvo medio año en terapia. Dice que salió como nuevo. Dice: “Fíjate cómo en las derrotas más gordas de los últimos años, soy el único de mi equipo que es capaz de abandonar el campo con una leve sonrisa”. Sereno. Maduro. El año pasado cumplió 20 sobre el césped. Esta temporada se ha convertido en el segundo jugador italiano con más partidos en competiciones europeas. Y batió un récord de más de dos décadas.

En la temporada 1993/1994, cuando Buffon jugaba en un pinar, Sebastiano Rossi estuvo 929 minutos sin encajar un gol. El juventino alcanzó, sin darle demasiada importancia, seguramente volviéndose a encoger de hombros, 974. Diez partidos y medio sin agacharse a sacar el balón de su portería. Tiene 38 y se presenta como el gran baluarte de la fiabilidad italiana en la Eurocopa de Francia. Dice, como recordando al chaval que se gustaba tanto a sí mismo, que “hay momentos en los que hay que ser como un martillo y otros como clavos”. Dice que ahora son clavos. Remata: “Eso tampoco significa que seamos víctimas. La hora de la verdad llegará en el campo”. Dice que quiere llegar al Mundial de 2018. En Rusia.

Quizá quiera pasearse por Moscú sin que ningún periodista tenga el valor de preguntarle sobre Lev Yashin. Quizá le falte ajustar esa cuenta. Demostrar algo. Cerrar el círculo y concluir una historia de amor, pasión y talento. Una historia rara sobre cómo gestionar la consciencia de saber quién se es. De saber que uno es un grande.

https://www.youtube.com/watch?v=0GHrmzGTqDc

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