Kerouac

Últimamente no paro de darle vueltas al asunto de la juventud. El verano se escapa de mis dedos rápido e incesante como esa ola de mar que acaba de romper en mil gotas contra la roca. Mientras yo sorbo el café, sintiéndome una versión femenina de Jack Kerouac en Big Sur cuando retirado en California, después del éxito cosechado con En el camino, intenta retomar las riendas de su vida. El tiempo, la vida, todo se escapa y yo sin poder detenerlo, y yo creciendo, y yo ahogando en ese mar mis sueños y anhelos.

Releo con avidez una frase que tengo anotada en mi cuaderno. “Si eres joven y talentoso es como si tuvieras alas”. El japonés Haruki Murakami es el autor de esos versos llenos de optimismo. Deseos de libertad, delirios de aventuras. El verano se escapa y con él poco a poco la vida. Efímero, o mejor dicho efímeros porque eso es lo que somos: un simple pestañeo. Me gustaría poder ser joven eternamente, una perpetua sucesión de veintitantos, con mil posibilidades de equivocarse, de tomar el camino desacertado y recalcular continuamente la ruta sin tener nada que perder. Me encantaría que me describieran como el escritor y actor de The Office, B. J. Novack, lo hizo con uno de sus personajes de su novela One more thing: “Ser joven era su esencia, y era la mejor en ello. Pero cada año, más y más chicas aparecían de cualquier parte y trataban de robarle su esencia”.

Abordé el verano con la convicción de que todo comenzaba de nuevo, que la vida florecía con la llegada del calor, que no había nada mejor para sentirse joven. Soñaba con irme a vivir una temporada a Honolulu, Los Ángeles o Sídney, con trabajar en la industria del cine, en el mundo del periodismo sin dejar las relaciones internacionales de lado. Quería encadenar fiestas en la playa, escuchar a los Red Hot Chili Peppers tumbada en la arena, sentir el vértigo de un futuro que a veces se dilata y otras veces se condensa. Surfear, leer muchos libros, comer con gusto. La humedad del mar, el sonido de las olas. Poesía, viajes y rock and roll. Todo ello debería ser lo obligatorio en verano, lo obligatorio durante la juventud.

Es curioso que todos sabemos cuándo algo está a punto de cambiarnos aunque nos resistamos a ello. Llevo un par de años bromeando con mis amigos sobre que el verano que llega es el “principio del fin”, que dejaremos de vernos todos, de fumarnos cigarrillos con avidez y emborracharnos con ginebra barata, que los olores del verano cambiarán. Que la practicidad de los días se esfumará y ya no nos estará permitido pasar las mañanas de los domingos resoplando que “ayer fue una de esas noches en las que todo el mundo bebió demasiado”, mientras tumbados en la playa intentamos capear el temporal. Algunos han empezado a trabajar y ya, poco a poco, comienzan a desaparecer de los recuerdos de verano. Fotografías con demasiado aire alrededor y cenas con pocos cubiertos. Alguien susurró hace poco que ya teníamos edad de comprar una ginebra más cara y que había hecho una lista sobre las cosas que quería hacer en la vida antes de morir. En ese instante se creó una burbuja de silencio entre todo el ruido. La música desapareció de un plumazo y todos nos quedamos callados. Juro que a punto de estuve de llorar. No sé si por la mierda de ginebra o porque de verdad eso era el principio del fin o simplemente el fin a secas. La cruda realidad nos había pillado de forma bastante inesperada y es que, aunque todos sabíamos que ese día llegaría, ninguno estaba preparado para ello. Era la crónica de una muerte anunciada.

El verano se escapa y Madrid arde convirtiéndose en un territorio bastante hostil. Una amiga me dijo una vez que la independencia económica era la utopía para la juventud heredera de la crisis. Yo le añadiría que también la felicidad y el vivir en una perpetua juventud. Siento que, en ocasiones, necesitaríamos un manual de supervivencia: qué hacer, cómo reaccionar, hasta dónde llegar. Un manual sobre la vida y cómo debería vivirse porque no elegimos vivir pero nos encanta. ¡Oh! ¡Juventud, divino tesoro!, titularía el cineasta Ingmar Bergman a la primera película que le acarrearía el reconocimiento internacional. Una oda al verano, a la juventud y a esos amores fugaces pero intensos. Una oda a todo lo que perdemos cuando agosto llega a su fin.

Fotografía de la película En el camino

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