Un escritor que no conozca la humillación de tener que madrugar para ir a un curro de mierda, dudo que pueda escribir nada que me interese. Un escritor con todas las necesidades resueltas, anegado de bienestar, jamás podrá adquirir el conocimiento del alma humana que tiene aquel que empuja el carrito del supermercado buscando las ofertas del mes.

Un ser con una sensibilidad especial, un hombre de letras, un príncipe de la pluma que sufre la degradación de buscar los productos más baratos, de escoger el pollo, la sopa de sobre preparada con fideos, el 2 por 1, esa humillación de llevar una vida modesta mientras contemplas con ira y frustración mal contenida el triunfo de los mediocres… cargar con esta mierda aporta un plus de rabia y desasosiego que dan una intensidad especial a la obra literaria. Porque la literatura no deja de ser una enmienda contra el mundo y la sociedad, y esta enmienda sólo se puede realizar desde un fracaso personal.

Madrugar y, soñoliento, contemplar la cara de derribo, de cama sin hacer de todos aquellos que comparten contigo el vagón del metro o del tren de cercanías. Malgastar tu vida en trabajos idiotas. Soportar a jefes ineptos. Llegar a casa y robarle horas al sueño y a la familia para construir un mundo alternativo, tú a solas con tu teclado. Es una labor heroica, algo que imprime carácter.

Hablo de ataduras económicas pero también pueden ser de otro tipo. La conciencia de ser distinto, vivir una sexualidad que no encaja con los roles dominantes, tener una escala de valores o una forma de ver el mundo proscrita por el discurso del Poder, un concepto de la vida que resulta incómoda para el sistema productivo capitalista… y saber que siempre siempre siempre estaremos en minoría excepto cuando se escribe, porque esa es la única república independiente donde nadie manda al individuo. Sólo tú y el lenguaje.

Y observar el triunfo ajeno… sí, esa rabia es dinamita literaria.

Y puede suceder también que el escritor que vivía en el extrarradio del éxito literario ve como cambia su suerte y se le abre una rendija para meterse en el mundillo, para ser un insider. Le dan algo de alpiste, recoge las migajas de un premio, luego se fija en él una editorial importante, la crítica le abre los brazos, protagoniza un pelotazo, su primera firma de libros importante, sí, ya está dentro, ya lo ha logrado. ¿Y ahora qué?

Bueno, ahora a escribir libros de mierda para explicar que no tienes nada que decir, y convertirte en un autor inane. Sí, es realmente difícil escribir desde el bienestar. ¿A quién le importa lo que piense un burgués cuarentón que se tira pedos?

Sin embargo, no todo está perdido. Si tienes claro que ese bienestar es ilusorio, que todos los que te ríen las gracias y que te aplauden acabarán, tarde o temprano, cansándose de ti. Si cuando entras en una fiesta o un cocktail y ves los rostros satisfechos de los asistentes, gente encantada de haberse conocido, gente que jamás ha sentido la más leve inquietud por su futuro, te das cuenta que tú jamás serás como ellos, que estás aquí de prestado, que tienes una mancha indeleble que te impide ser como ellos… entonces podrás seguir escribiendo.

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