En reclamo de nuestro libre derecho a pensar, uno desea, solicita, obra para la consecución de sus peticiones y finalmente, objeta. Objeta porque en algún punto del irregular trayecto, algo no pareció ser “justo”, (no se consiguió lo que uno esperaba). Ni lo correcto nos parece tan razonable, ni lo injusto es tan ilícito como parece. Vivimos en una época de inconformismo gradual, acostumbrados a que todo nos sea masticado y suministrado con cuchara de acero inoxidable. La ignorancia, disfrazada de fantasmal sabiduría, abunda entre el bullicio carnal y óseo, en forma de ciudadanos de a pie. Todos nacemos ignorantes.

Sin embargo, a instancias de una necesidad conjunta, creemos conocer como sensato todo aquello que siga ciertas pautas éticas y cuente con un consenso común, aceptado en el marco social. Pero a día de hoy lo justo ya no es una objetividad basada en verdades universales o creencias asociadas a la ecuanimidad. Es más bien una elección “a la carta”, de lo que nos conviene asimilar en un momento determinado. Útil es concebir las distintas posibilidades de una resolución, pues nos ayuda a saber alejarnos de la parcialidad oportunista, que acompaña nuestro dictamen. Pero la visibilidad práctica es una cosa bien distinta a la manipulación en beneficio propio o ajeno.

No nos traicionemos, para muchos hoy es verdad lo que mañana se podrá justificar como impreciso o deplorable, según nuestro criterio, según la situación o la línea que delimite el bando del que nos posicionemos, por cuestiones del azar.

Para ejemplificar mejor estos enfoques, entendamos bien lo que a muchos les cuesta asimilar a día de hoy, la realidad social. Esta, en los últimos años se ha visto ilustrada en viñetas de desahucios, incremento del paro juvenil, reformas educativas o recortes llegados de las más insaciables tijeras del ejecutivo. Todo ello justificable bajo el amparo de la ya tan desgastada “crisis económica”. Desgastada por su empleo excesivo para argumentar lo rebatible, señalar antiguos culpables y viejos fantasmas, que pese a formar parte del acto primero, siguen siendo nombrados autores materiales de la segunda parte, ¿hasta cuándo?

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El pasado, como parte del presente ya vivido, atrás queda, pero en política, siempre es actualidad, y más, cuando se trata de mostrar a los electores quien fue el mayoral que sembró la cizaña sobre el trigo. Es innegable que muchas de las situaciones actuales encuentran su origen en el ejercicio pasado, en la falta de pro actividad y buena decisión, de los antiguos gobernantes. Pero la persistente analogía entre la anterior administración y el escenario actual, jamás servirán de base para afrontar “la que se avecina” o la que nos viene cayendo como aguacero, en pleno mes de mayo, salvo para precaver los errores pasados.

Siempre podremos encontrar culpables, incluso remontándonos a siglos anteriores, pero hay que seguir caminando, que es como se hace el camino (al andar).

Sabemos de buena tinta, que las mechas no se prenden solas y es por ello que debemos asumir errores propios y a veces ajenos, comprometiéndonos de manera honesta a enmendar el mástil dañado, para avanzar como nación, sin que esta siga prendiendo. Pero es un ejercicio que nos atañe a todos. Al final tenemos lo que nos merecemos, lidiamos con el corazón en lugar de con la razón.

Giro el tablero para apuntar más concretamente el juego al que nos venimos sirviendo como votantes, sin más dilación menciono el llamado, y muchas veces justificado, voto de castigo, que dependiendo de cuál sea nuestro nuevo casero en esta tierra que llamamos hogar, solo servirá para escarmentarnos aún más.

Sin querer que así sea, me pregunto a quien pretendo engañar, al final los traicionados terminamos siempre siendo nosotros. Prefiero invitarnos a pensar y como si de una breve historia se tratase delibero lo siguiente. Si un comerciante nos ofreciese un diamante en bruto, por un precio asombroso, axiomáticamente lo irreal de su oferta nos instaría a dudar. Pero por otro lado, desearíamos con tal fervor que fuese verdad, que acabaríamos cediendo a la inseguridad del momento, convenciéndonos quizás con un “tan malo no será”. Así pues, al cabo de una semana o dos, el diamante comienza a pudrirse o bien sigue brillando como diamante que es, todo dependerá de lo justo que haya sido ese vendedor de sueños consumados y la veracidad de sus bucólicas proposiciones. En todo ejercicio de elección, debemos dar lugar a un paréntesis de reflexión comedida, para visionar, sin olvidar lo que es justo toda causa-efecto.

Cito como pensamiento atribuido al gran filosofo Confucio que, “saber lo que es justo y no hacerlo, es la peor de las cobardías”.

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