Ella era de León, la única ciudad española con nombre de animal. De pequeña era perseguida por toros bravos negros, incluso uno de ellos subió una noche hasta un noveno piso para atacarla, lo hizo en ascensor, pero no la encontró y el toro se puso muy triste. Siempre conseguía huir.

De joven se fue a Pamplona con unos amigos suyos a los que no conocía: comenzó a beber en una plaza: era su primera vez en aquella plaza con esas personas y la bebida. Ella quería además algo de comer: se fue. Entonces la avisaron: “Ve con cuidado Laura, dicen que hay un toro bravo negro suelto por la ciudad, presta atención al cruzar”. De forma que se quitó la chaqueta roja que llevaba por los recuerdos de la infancia en los que sus padres le decían que los toros buscaban y perseguían ese color de la sangre. Recordaba los viajes por los campos de Extremadura llenos de encinas donde se veían toros a pocos metros de la carretera. Los brazos le quedaron al descubierto.

Salió de la plaza buscando un lugar para comprar algo: vio una tienda al final de la calle: lo vio al toro tan bravo y tan negro al atravesar la calle: no pudo huir y fue hacia ella: ella se detuvo por el miedo: no supo nunca qué hacer en esa situación en concreto: no había nadie en ese momento en la calle: no se defendió: era enorme: el toro la empujó para darle la vuelta e inclinarla.

El toro la violó, el dolor fue enorme dentro del vientre. El rojo de la sangre comenzó a correr. La camiseta era blanca. El toro corrió hacia ella, se corrió en su interior e iría a su corrida final en la plaza contra otro ser humano, siempre hombre.

A las cuatro semanas fue al médico por los dolores en todo el cuerpo y en el vientre. Había dejado de correr la sangre y el dolor apenas lo sentía. Una ecografía confirmó que se había quedado embarazada. El médico no lo supo decir bien, no sabía cómo decirlo tampoco, era una situación nueva y enfrentarse a ella le resultó muy difícil. Al final lo dijo. Lo que estaba dentro de ese vientre “era un centauro”. Pidió abortar, pero el Estado donde los toros andan sueltos se lo denegó. Fue así como vino al mundo el primer centauro español. Mitad toro y mitad ella.

El padre murió al día siguiente en el quinto turno de otra corrida. No se excedieron con él. La espada le llegó directa al corazón. No hubo que darle la puntilla final. Su sangre roja empapó la tierra nueva y recién regada.

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Fotos: Jesús J. Prensa.

1. Toro en Guadalajara.

2. Torero en Las Ventas de Madrid.

 

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