Imaginemos cualquier mañana de verano de un día cualquiera en un pueblo galaico del interior, con un río sin nombre, afluente de un Tambre manso, bajo la banda sonora de una Muñeira de Chantada al son de una única gaita. Imaginemos a tres niños sentados en la ribera del río sin nombre, sin necesidad de ser nombrado porque seguirá ahí mientras los demás estén de paso. Un río que sirve para articular la infancia de cientos de miles, un río como el de Tom Sawyer o Huckleberry Finn, un río literario con historias inquietantes como las de Joseph Conrad o un río que nos lleva. Cada historia común se universalizará en los iconos tradicionales pero cada historia será particular e intransferible porque los protagonistas serán distintos de cada vez.

Bajo el son de una gaita que canta a la alborada, imaginemos a un niño traído de los valles de Izarra, de la tradición más arraigada de los pueblos del norte, un niño que conocería cada lugar, cada casa, cada leira del fogar de Breogán, imaginemos a otro niño traído de la cultura de Mareo, del olor a un mar que en San Lorenzo es temple o bravura según el viento, un niño de la ribera de La Castellana que se encontró con un nuevo mundo al noroeste y finalmente un niño que no sabía a donde iba, que lo llevaron con la excusa de vivir en la tierra de su gente, un niño que viendo la luz en el lado oriental del sur, pronto los vientos del norte le acomodaron el pelo para llenar de dudas su caminar. Podría ser la historia de cualquier niño en cualquier río pero esta historia es la de un río sin nombre y tres niños que se fueron a juntar en un momento de sus vidas para mojar sus pies y hacer rodar su camino bajo el compás de una muiñeira que armonizaba con el ruido de unas aguas de un río troiteiro que atravesaba de norte a sur el corazón de su patio de juegos.

La infancia inmortaliza los acontecimientos más mundanos, más sencillos que no simples. Y allí, en aquella época en la que la relatividad bulle de forma que el cerebro comprima cada recuerdo y lo convierta en un lienzo vívido con el paso del tiempo, se juntaron diálogos en bicicleta, carreras por el monte, juegos de guerra con palos apilados de una feria de miércoles y sobre todo, fútbol y agua. Las mañanas de verano pertenecían al fútbol, a la bici y a la charla, las tardes al río, a la presa natural en la que se formaba una falsa piscina de un agua clara y fría en la que el niño traído de los valles de Izarra y el chaval enraizado en la duda de saber de dónde era, aprendieron a nadar.

Eran tiempos de televisión y radio, de mucha radio. Tiempos de crónicas veraces en los diarios, donde se escribían verdades que todos creían y eran tiempos de héroes, gestas que en la mirada ingenua de los niños expectantes de grandes emociones, suponían una biblioteca inagotable de conversación. Y cada uno de los tres ponía sobre la mesa a sus favoritos, eso sí, siempre con un polo de naranja o de limón en una mano, comprado en el bar en el que los cachorros daban forma al día a día de un barrio nuevo en el medio de un monte viejo. Las bicicletas tiradas en el suelo, como debía ser, arremolinados junto a la orilla, sin que los pies tocasen el agua, salían a relucir los colores y las culturas populares de cada uno. Y el primero, el niño de la aldea, nacido en Izarra pero bebedor de historias salidas de lo más profundo de la lareira, mostraba una dicotomía que con el tiempo se regularizaría en sentido común, un madridismo extraño en un niño vasco que habitaba el mundo de trasnos y bruxas que poco a poco iría invadiendo su entorno, un madridismo con Del Bosque y Benito, Miguel Ángel y García Remón, Santillana y Juanito y un argentino desgarbado y con aires de otro tiempo llamado Roberto Martínez.

Por ahí empezaba un debate que inmediatamente se enriquecía con el aporte del asturianín nacido en Madrid, quien con dudas sobre sus dos amores, certificaba el valor de su amigo pero ampliaba el espectro con nombres de una cantera rica en matices. Cundi, Jesús Castro, Mesa, Enzo Ferrero, Ciriaco y sobre todo uno, Enrique Castro, Quini. Ambos articulaban nombres y estrategias en torno a dos culturas futbolísticas conocidas, mientras que el tercero, el niño que vivía en otro mundo mientras acomodaba su mirada a la luz de su nuevo entorno, no podía olvidar la radio de su abuelo, sentado en el patio con su negro cigarro entre los dedos, escuchar la larga retahíla de poesía que surgía de la boca de un alumno aventajado de Borocotó, nombres míticos de un tiempo desconocido en las tierras de Trastámara. Jugadores como Manga, Espárrago, tricolores inolvidables o aurinegros enemigos en la distancia pero cada día más cercanos en la memoria como Morena o Corbo, Quevedo o Pagola, nombres sin sentido para el auditorio escaso de experiencias pero nombres sobredimensionados por la distancia y la nostalgia. Y la duda, dos madridistas con miras abiertas a otros foros, célticos por parte del muchacho venido de los valles profundos de una Navarra compleja o gijoneses por parte de un madrileño con raíces astures, necesitaban un contrapunto blaugrana, un torcedor que enriqueciese la conversación y diese alternativas a la lucha dialéctica que en los niños pronto toma tintes épicos. Y así, Zubiría, Migueli, Artola o Asensi se sumarían a un debate que llevaba escondido una trampa, el niño oriental, en su mundo confuso, gustaba de otros muchos y de tanta variedad cromática que no era capaz de definirse plenamente porque así como el blaugrana lo llevaba a una tierra cómoda de sentimientos afines, el blanco nuclear de un Kempes indómito, el txuri urdin de un Zamora imperial y los vuelos sin motor de un Arkonada que vivía de palo a palo, lo confundían plenamente mientras el celeste lo llenaba aún más de dudas al sentirse parte de un legado que en la escuela se canta en cada recreo con la bandera al viento y el sol de espaldas, un celeste con Del Cura, Fenoy y Lucas que llevaría a convertir las charlas en clases magistrales de un fútbol hoy olvidado.

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Mientras el sol iba buscando refugio, los niños bebían el tiempo a grandes sorbos en un barrio nuevo rodeado de un monte milenario, con mil bichos y miñatos por el cielo y el canto del cuco que anunciaba una tropelía que se desarrollaría con nocturnidad y las ranas del charco, alimentadas de cuanto insecto tuviese a bien residir en las cercanías, cantaban mientas las golondrinas, con su vuelo rasante anunciaban una nueva mañana de sol, en cuanto la luna tuviese a bien ceder su espacio. Y en ese momento, entre lusco y fusco, dejaban los niños el río para situarse estratégicamente bajo la farola de la casa del primero, en la esquina, al final de la cuesta, una casa de taquito verde y ventanas grandes, una farola que iluminaba las mentes preclaras de niños que tenían la energía suficiente para aguantar hasta que el grito desmedido de unas madres dominantes, se dejasen oír desde las ventanas de un barrio que a las nueve de la noche se convertía en una coral de nombres afinados según el genio de cada progenitora. Y bajo esa luz que iluminaba un futuro incierto, volvían a surgir las charlas interminables de deseos y añoranzas, de sueños y expectativas que se iban formando a medida que día tras día, año tras año, esos tres niños fueron acercándose a ese hombre que pronto los estaba esperando, una edad en la que lo cotidiano pasaría a convertirse en recuerdo.

En esos instantes, con una banda sonora acorde con el momento, surgía lo que bien se podría llamar A memoria da noite, que tan bien supo plasmar Luar na Lubre. Y con ese cadencioso ritmo lánguido, la charla fluía hacia un final que siempre terminaba con un, “me tengo que ir” y dos manos que se entrecruzan, dos manos con dedos llenos de tierra y uñas marcadas por las gestas del día, manos que siempre, siempre, hasta el último momento se chocarían con gusto a pesar de los avatares de la vida. Así todos los días de cada verano, de cada momento, hasta llegar a cumplir con los primeros pasos de la vida y buscarse nuevos horizontes en otros mapas llenos de aventuras.

El tridente diversificó su foro y nuevos entornos surgieron en el que cada uno iría definiendo su camino. El primero, en la seguridad de un trabajo que pronto se convertiría en su nueva familia, toda vez que la diosa fortuna siempre tiene ansia de llevarse a la gente antes de tiempo, un vacío que encontraría en la calidez de una gente honesta una familia nueva, un hogar común. Y los otros dos, como inconscientes caminantes fueron terciando su camino como pudieron o como supieron, sabedores que a quienes tienen dones de artista, estos le abrirán nuevas vías de expresión y quienes dudan de la certeza, se encaminarán hacia la incertidumbre hasta convertirla en una nueva piel en la que habitar. La historia daría paso a la risa, al titiritero imperecedero que siempre estuvo escondido, la economía apagaría la luz de una senda que solo el fútbol podría volver a iluminar. Y mientras tanto, los amores equivocados, la dureza de la vida, la presencia ausente de padres referentes y la ausencia presente de padres inconscientes daban forma a universos paralelos que llevarían a los niños a hacerse hombres en compañía de un elenco de compañeros de viaje cada vez más diverso.

Pero siempre había alguna luna nueva, alguna mañana soleada de domingo, alguna tarde nublada de taberna en la que todos ellos, los tres o dos de ellos, según fuese dándose el encuentro, tendrían un minuto para hablar, para chocarse esa mano adulta, limpia, con las marcas del camino y contar las aventuras que habían surgido desde entonces. Y como el gran maestro tuvo a bien enseñar, siempre comenzaba todo con la naturalidad de la confianza, con ese “cómo decíamos ayer” en el que el tiempo no tenía cabida, a pesar del paso de los años. Y ahí, nuevamente los héroes del momento entraban en liza para satisfacer la risa, la sorna y la retranca reinante. Guardiola, Stoichkov, Laudrup y compañía por un lado, combatían en buena lid contra los buitres y su quinta, los malos tiempos de unos olívicos que vivían en la sombra de la deuda y un Sporting presente, lleno de muchachitos salidos de ese entorno que huele a prado y mar, que empapa de sal y rocío a quienes tienen la suerte de compartir fútbol en sus campos. Barcelona, Celta, Madrid y Sporting siempre en la senda de una conversación risueña que completa lo importante, el tiempo compartido.

A medida que la forma va tomando fondo, el hombre va resurgiendo de su manto informe, mostrando a la luz de todos los talentos escondidos. Y el muchacho de Izarra se volvió maduro, señor de su pueblo, sabio conocedor de las corredoiras de todos los caminos. En cada sitio, en cada lugar, en cada aldea, parroquia, comarca, tenía un saludo amable, porque era conocido allá por donde paseaba su risa estentórea, su discurso cercano. La política lo secuestró para convertirlo en voz de muchos, en voz de quienes sabiendo su origen lo reivindican desde la palabra que no desde el grito. Y en un mundo como ese, los vecinos dejan sus sonrisas cotidianas y afilan los puñales que clavarán en la espalda cuando el interés difiera. El discurso, radical para los obreros que sustentan la vida de un patrón que no mira por ellos, pasa a ser conservador para todos aquellos que sienten un país diferente. Su discurso se salió de la norma para convertirse, desde la sonrisa amable, desde el disentimiento cordial, en un contundente alegato para quienes no siendo de aquí, se sienten parte de la fiesta, porque cada uno es de donde siente, de donde se emociona, de donde convive.

Y mientras el discurso político fue tomando forma, la comedia y el drama se fueron asentando en el corazón asturiano de un actor que vivía en la ensoñación de un romántico pero con la clarividencia de un gestor. Caminos complejos en los que el valor no coincide con el interés, el talento no va de la mano de la armonía en el juicio sino de la confabulación de quienes deciden colocar al amiguete en vez de al artista. Pero el tiempo regala virtud, y esta coloca a cada uno en su lugar para dotar de rigor la intelectualidad y de justicia el esfuerzo.

Solo la duda pervive en quienes la fomentan porque esa duda abre caminos nuevos. Y finalmente, mientras la economía oscurecía las viejas vías y el fútbol no encontraba sus nuevos vientos, la paternidad enseñaba la verdad de los hechos, somos como somos, con nuestro ADN compartido y nuestras manías heredadas y eso es justo lo que regalamos a quienes engendramos, junto con la forma de gestionarlas.

El mundo de los tres muchachos, ya hombres, se fueron enriqueciendo en base a la experiencia, al dolor, al asombro, a las vivencias extremas, a la confusión de no saber si duermes con tu enemigo o comes con tu rival, la vida cotidiana fue dando forma a ese molde incierto para cubrirlo de un gris plateado que certifica haber sabido entender los avatares de la vida para poder transmitirlos debidamente.

Y todo transcurriría con la misma tranquilidad de siempre, cada uno en su mundo, con esa patria común que siempre surge después de entrelazar las manos, si la parca no hubiese tenido que venir cuando no debía. Estuvo a punto de triunfar anteriormente, pero el conocimiento y la suerte se aliaron con el dueño de la duda. Pero Caronte tenía un trabajo que hacer y lo hizo, muy bien por cierto porque al vasco con patria en Galicia, al dueño de los mapas del lugar, al loco de los aviones al vividor de los grandes ríos, al muchacho de la bici roja, al político, al amigo, se lo llevó sin concesiones, dejando un vacío que solo la leyenda y la memoria se encargarán de llenar.

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Y así, donde había tres, ahora quedan dos y toda una vida de recuerdos. Ahora, donde todo el pueblo se levanta para honrar la memoria de quien supo quererse a sí mismo regalando armonía a los demás, permanece una visión de una parte de quien fue el desafortunado protagonista que tuvo que embarcarse en esa barca que nadie espera. Pero tras de sí dejó un mundo de vivencias, relatos, chocolate con galletas que Julia siempre tenía preparado cada cuatro de noviembre, dejó la ilusión por acordarse de que somos lo que fuimos dejando a cada paso.

Nos morimos desde que nacemos pero perpetuamos nuestra memoria desde el momento en que influimos en la gente que nos rodea. Queremos dejar en herencia nuestras intenciones para que nuestros hijos nos recuerden como a nosotros nos gustaría pero la realidad es que nos recordarán como ellos nos ven, como ellos nos disfrutan o nos sufren. Pero siempre, siempre, alrededor del recuerdo permanecerán los intangibles, lo superfluo, lo que da forma al fondo y hasta el final, el Celta, con Gudelj o sin él, con Nolito, Aspas u Orellana, el Barça de un Luis Enrique impecable, rodeado de un grupo de pretorianos irreductibles, el Madrid de un Cristiano que está más o menos triste en función de la cotización del día y de un Sporting que viene para quedarse, decíamos que siempre nos quedará ese instante, debajo de la farola, ese momento en el que los pies rozan el agua del río para mostrarnos que en realidad pertenecemos al foro en el que regalamos nuestra vida.

El amor, la amistad, las fobias y los miedos forman parte de nuestro discurso cotidiano. Regalamos lo que tenemos pero al final, cuando llegue el momento, cada uno guardará para sí lo que realmente es importante, para recordarnos que la memoria es nuestro patrimonio y los amigos, a pesar de los caminos elegidos, siempre tendrán un minuto para poder rozarse con los dedos y entrelazar esa mano que nos hace ser parte de algo que nos eleva, que nos hace humanos. Y mientras el río sigue su curso, con las cenizas que fuimos dejando, para invadir procelosos mares que convertirán al individuo en patrimonio de todos. Cómo debe ser.

“A la memoria de los caídos antes de tiempo”

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