El PSOE se ha envuelto en una gigantesca bandera española en el acto de confirmación de su candidato a La Moncloa (es la primera vez que hacen algo así) y muchos han puesto el grito en el cielo por este alarde de amor patrio de la izquierda a tan gran escala, solo visto en ocasiones puntuales con enseñas más discretas (si hubiera sido la republicana habría levantado una polvareda más tóxica aún siendo la que se les asocia y a pesar de que no toda la izquierda, ni siquiera dentro del mismo partido, comparte su aversión a la monarquía). Da la impresión de que las dimensiones de un símbolo marcan para algunos la diferencia (recordemos la polémica por la inmensa bandera de la Plaza de Colón en agosto de 2012), pero esa usurpación ahora está dividida. Se critica a Pedro Sánchez y a su equipo por apropiarse, en plan espectáculo y con esas ínfulas manifiestas, de un emblema que siempre ha estado unido a la derecha, como si usar la bandera de un país para encuadrar un acto político tenga que seguir siendo cuasi exclusivo de unos y no un derecho también de los otros, causando incluso extrañeza, como si la identidad nacional haya que disputársela, como si un candidato a la presidencia del Gobierno hablara más en abstracto si detrás de él hubiera cualquier otra cosa y no algo que lo representa a él y al resto de ciudadanos para los que habla. A Albert Rivera el PSC le echaba en cara que hablase castellano en el Parlament catalán, lo que reafirma una vez más la disparidad de opiniones de los afines a una ideología.

El sentimiento de Estado, de pertenecer a un país, tendría que verse de un modo simple, natural, sin viejas arrugas que se han intentado alisar en estos años posfranquistas, por lo que se ve sin éxito, suficientes para que la bandera española no tenga ya dueños legítimos. Acaso cuando juega La Roja y decoramos el balcón con los colores patrios, ahí la bandera está bien puesta, exhibida con orgullo particular para disfrute colectivo por aquellos que se atreven a colgarla sin la pega de ser tachados de fachas, o hasta con ella, una estupidez obsoleta que va siendo mucha hora de dejar atrás para siempre.

Pero no van todos los tiros en esa dirección. Dice Iñaki Gabilondo que hay que evitar sobreactuaciones, y no se le puede contradecir. Ahora bien, comparar a Sánchez con Obama, incluidas esposas y gestos y palabras cómplices, puede que haya dado carnaza para hacer de menos a Sánchez, para contento de sus detractores, que son muchos, pero no resta credibilidad al mensaje para los acérrimos que quieren creer en él. El cambio en La Moncloa es un clamor que tintinea en millones de cabezas españolas, creyendo unos que los partidos emergentes serán la solución a sus problemas y otros apostando, aun con todo y a pesar de las decepciones pasadas, por las siglas que representan unos principios inamovibles para ellos, y en este caso unos metros de tela no han logrado avergonzarlos, claro que no.

Y una última cosa y la más importante: si una bandera y una puesta en escena (vale, sí, objetivamente copiada) centran los comentarios de todos los medios, mucho han de trabajar en el partido socialista y en concreto el equipo de Pedro Sánchez para redirigir las críticas y conseguir que se hable únicamente de sus posibilidades de ser presidente en vez de que hablemos de nimiedades, por grandes que sean.

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