Fotografía: Lorena Portero

A menudo pienso que hay dos clases de ibicencos. Algunos necesitamos estar fuera de Ibiza, en una especie de huida personal, mezclada con la búsqueda de retos y recubierta de una morriña gallega que nos ablanda la patata cada vez que el avión hunde el morro en dirección a la pista de aterrizaje desplegada junto a ses Salines y empezamos a vislumbrar desde la ventanilla esa paleta de verdes y marrones (pino y roca), moteada por blancos y grises (casas tradicionales y aberraciones urbanísticas) y enmarcada por todos los azules que Sorolla hubiera podido imaginar en sus marinas. Vivimos en un constante “ni contigo ni sin ti”. En cambio, otros no se imaginan fuera de la isla y, si salen a la Península o al extranjero, es para pasar unas vacaciones y dar rienda suelta al espíritu viajero o, tal vez, para estudiar o trabajar un tiempo, vivir una temporada lejos de casa, cumplir una etapa y volver a poner sus pies en Ibiza más pronto que tarde. Echar raíces en sa roqueta, con esa frase de que “como en casa, en ningún sitio” bien presente en la cabeza.

Prefiero esa división a la forma tradicional de etiquetar a los habitantes de la isla, la que deja en un lado a los autóctonos o pagesos y, en el otro, a los que nacimos fuera o somos hijos de “mursianus”, un concepto indispensable para acercarse a la Ibiza de otras épocas. “Mursianu” es una palabra a la que le han nacido bastantes sinónimos (“piju”, foraster, peninsular…) a fuerza de utilizarla para identificar a cualquier persona que no tuviera un buen montón de Ribas, Tur, Marí, Costa, Cardona o Ferrer en las raíces de su árbol genealógico. El paso de las décadas ha ido borrando el término del vocabulario callejero. El mestizaje se ha impuesto al recelo de una pureza sanguínea que conducía al callejón sin salida de la endogamia. Ahora, “mursianu” quizás se use más para bromear que para marcar diferencias con los descendientes de los inmigrantes que no han dejado de desembarcar en la isla desde la década de los 60 para emplearse, principalmente, como mano de obra en la única industria que posee Ibiza: el turismo, la fuente de todas las virtudes y todos los pecados de la roca mediterránea que habitamos. Sin embargo, la tendencia a pensar que el propietario de la tierra es el propietario de la isla (el verdadero motivo por el que se separaba en dos grandes grupos a “los de fuera” y “los de aquí”) sigue presente en una parte de la sociedad ibicenca.

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Para comprobarlo, solo hay que mirar cómo se apellidan los dueños de las grandes empresas locales o los inquilinos de los cargos públicos de las instituciones ibicencas. A veces, los alcaldes, parlamentarios y concejales ibicencos y los dueños de las grandes empresas locales han sido las mismas personas. Y siempre del mismo partido, el Partido Popular. Muchos peninsulares se sorprenden al saber que sería más fácil ver a una pareja de linces paseando por la Gran Vía de Madrid que al PP lejos del poder en un ayuntamiento ibicenco. La misma isla que se promociona con camisetas en las que se ve a Blancanieves esnifando cocaína o que le grita al mundo que “todo lo que pasa en Ibiza se queda en Ibiza”; la isla de las drogas nuestras de cada día, de la diversión desenfrenada en playas rebautizadas con nombres de restaurantes reconvertidos en discotecas (donde ya no se puede extender una toalla porque la arena ha sido privatizada con todo el descaro posible); la isla de las discotecas propiamente dichas, que se anuncian con carteles que rezuman lascivia y homosexualidad; el puesto de trabajo de los disc jockeys con sueldo de estrella del Real Madrid; el destino veraniego por antonomasia de los tronistas de la cadena que dirige Paolo Vasile y de las celebrities que broncean al sol ibicenco sus implantes de silicona mientras surcan las olas del Mediterráneo a lomos de potentes motos acuáticas; las aguas donde fondean los mastodónticos yates que arrasan las praderas de posidonia; el parque temático de cualquier joven de los arrabales de Manchester o Liverpool, epicentro de las party boats, el mamading, los pubcrowls y el balconing; la patria del libertinaje que dejaron en herencia los hippies cuando pasaron por estas costas como si de fenicios del siglo XX se tratara… Esa misma isla ha sido desde el regreso de la democracia uno de los mayores feudos electorales del mismo partido político que sigue sin condenar la dictadura y que ha supuesto un freno constante a la conquista de derechos en la España contemporánea. El PP.

Todos los que hemos vivido un tiempo fuera y somos críticos con el modelo productivo de nuestra terra natal hemos tenido que explicar a más de un peninsular la incoherencia de que uno de los enclaves más libres del mundo (así lo creen muchos y así se vende nuestra promoción turística, desde el ocio hasta la moda) lo gobierne una mentalidad acérrimamente conservadora a la que, para cuadrar el círculo, no le importa disfrazarse de John Lennon y cantar el Imagine hasta quedarse afónica cada vez que se decreta la celebración de una fiesta flower power. Necesitaríamos ríos de tinta para analizar los porqués de este carácter bífido. Solo apuntaré una causa: la entrada de dinero a mansalva en una sociedad aislada y casi medieval, con la migración a América como única opción para prosperar si no se heredaba casa y tierras, puede aflojar hasta las morales más intransigentes. Es decir, el neoliberalismo más salvaje se convierte en el arma definitiva de los mismos que controlaban el cotarro en el Antiguo Régimen. Y, como hay pasta –mucha, mucha pasta– para repartir se van comprando voluntades. Pocas son las almas que no se ponen a la venta, directa o indirectamente, y menos las que se atreven a denunciar la prostitución de una tierra que no queda tan lejos de Sicilia en usos y costumbres, aunque no se derrame sangre.

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Por eso, primero miras para otro lado cuando se destruye una playa virgen a cambio de construir colmenas de cemento para que quepan cuantos más turistas mejor y, después, te callas cuando el marketing arrincona tu lengua y tus tradiciones y tu gastronomía, tu música, leyendas y relatos. Tu idiosincrasia como pueblo se va diluyendo generación tras generación y tu patrimonio histórico queda semiabandonado porque quien manda ve más rentable invertir el dinero de todos en autovías que se atascan en verano y se vacían en invierno. Nada se salva ante el hambre atroz del neoliberalismo. Hasta tus pozos se secan mientras te obligan a jubilar una lavadora tras otra por culpa de un agua corriente que huele sospechosamente a mar. Tú no dices nada, te enfadas un poco cuando en la Península alguien bromea diciendo que los ibicencos somos una comparsa de viciosos que celebramos la Nochevieja en taparrabos y chancletas de goma, pero se te pasa al cobrar el finiquito o la paga extra. ¿Cómo vas a decir algo si no hay tiempo para pensar durante la temporada turística y a nadie encuentras para escucharte cuando se marcha el último turista?

–No te quejes, todos vivimos de esto.

Eso nos han respondido a muchos. “Esto” es el turismo. Durante mucho tiempo, estar a favor de un debate para implantar modelos turísticos más sostenibles y respetuosos con nuestro entorno y con nosotros mismos como ciudadanos era igual a estar en contra de que vinieran turistas a Ibiza. Apoyar una ecotasa o de cualquier impuesto turístico (como los que te cobran cada vez que sueltas las maletas en el suelo de un hotel romano, parisino o londinense) te convertía en un comunista que devora niños y espanta veraneantes. Así lo decía el establishment y sus teóricos enemigos (el PSOE) no le ponían demasiado énfasis a su oposición, no fuera a ser que asustaran al votante en busca de su oportunidad para pillar una silla caliente y gobernar de vez en cuando. Escribir en pasado tiene su sentido: ese statu quo empezó a cambiar el penúltimo domingo de mayo. Por primera vez en la Historia, en los ayuntamientos ibicencos y el Consell (nuestra diputación provincial, pero con más competencias) entraron masivamente concejales que no se presentaban en las listas del PP o del PSOE. Sé que la ola de cambio ha sido general en toda España, que en muchos ayuntamientos importantes nunca antes propuestas ajenas al bipartidismo habían tenido arraigo ni importancia, pero creo que para ilustrar el plus de esperanza que vivimos en Ibiza basta con fijarse en el municipio en el que me crié, Sant Antoni de Portmany.

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Desde 1873, en Sant Antoni siempre ha gobernado la derecha (cuando ha sido legal celebrar elecciones, claro). Hasta el sábado, cuando se invistió al nuevo gobierno, jamás había ejercido el poder una persona que representara una ideología progresista, de izquierdas o, simplemente, vecinal, algo completamente ilógico en un municipio de cierto tamaño (viven 20.000 personas) en el que, además, el PSOE ha vencido en casi todas las elecciones generales. En ese paisaje, el debate de las cuestiones municipales se ha obviado por sistema, mayoría absoluta tras mayoría absoluta de las gaviotas populares, para favorecer a intereses privados. La gente se quedaba fuera de la Casa del Pueblo legislatura tras legislatura. Muchos “mursianus” no votaban. Muchos pagesos siempre votaban a aquellos que consideraban como suyos. ¿Eso es democracia? Para mí, no. Votar o abstenerse cada cuatro años y olvidarse de un pueblo que se cae a pedazos literal y metafóricamente, tampoco. Pero no todos los males son eternos si se trabaja duro para combatirlos. La voluntad de unos valientes que se han atrevido a transformar en apenas un año una plataforma ciudadana en una candidatura electoral abierta, transversal, desacomplejada, alegremente reivindicativa y, sobre todo, democrática ha cambiado el panorama. Lo han hecho sin un duro, sumando compromisos sociales gracias a una base de simpatizantes cada vez más amplia (y librándose de compromisos con los lobbies empresariales), conociendo los problemas globales a fuerza de escuchar a propios y extraños, y remarcado su propia personalidad como grupo ante cualquier partido, coalición o moda política que les quisiera fagocitar. Primero, las personas y las ideas para transformar el municipio; luego, si procede, las siglas, que muchas veces son culpables del silencio de algunos o plataforma para las ansias de poder de otros.

Hace apenas tres semanas, el PP se quedó sin la mayoría absoluta en Portmany, igual que le pasó en otros muchos municipios de España, empezando por Madrid, Barcelona, Valencia o Zaragoza. Los 6 concejales del PSOE, los 3 del PI (un partido insularista que ya gozaba de representación en Sant Antoni) y los 4 de Reinicia, la candidatura ciudadana a la que acabo de referirme, formarán un gobierno que echa a caminar hoy con la obligación autoimpuesta de darle un giro histórico a un municipio que concentra las mayores virtudes y los peores pecados de la isla. Afortunadamente, hay mucha gente en este país como Pablo Valdés, Raúl Díaz, Fran Tienda o Ainara Sánchez, el cuarteto de regidores de Reinicia, cuatro vecinos que no se resignaron al miedo del que se queda callado mientras todo se desmorona. Mejor aún, hay mucha gente detrás que apoya a los que han dado el paso de presentarse a unas elecciones, ciudadanos anónimos que entienden que el 15-M marcó el momento de reorganizarse como sociedad, reformular la definición de interés general (primero, las personas; después, las cifras económicas) y comprender que, aunque la democracia sea representativa, la política la tenemos que hacer entre todos. Nadie tiene una varita mágica para solucionar los problemas sociales. Debemos desterrar la idea de que el político electo está ahí para arreglar todos tus contratiempos sin que tú dobles la espalda. Ese es el cambio de mentalidad que debemos aplicarnos si queremos combatir el nepotismo, la corrupción y el despilfarro en las instituciones. A los nuevos representantes públicos solo podemos pedirles valentía y temple. Los que nacimos a partir de los 70 nunca habíamos vivido con tanta ilusión reposando en la cuenta corriente de nuestra conciencia política.

El 24 de mayo de 2015, aquí y allá parece haberse retirado la partitocracia en favor de la democracia, olvidada en un oscuro baúl durante décadas. En Ibiza (y Sant Antoni de Portmany), directamente, nos cruzamos con la democracia por primera vez en nuestras vidas. Para los que vivimos fuera, tener a Pablo, Raúl, Fran o Ainara en el ayuntamiento de tu pueblo es un motivo extra para sonreír cuando el avión hunda el morro en busca de la pista de aterrizaje de ses Salines. Entonces, el morado que luce en el logo de Reinicia se fundirá con ese amalgama de azules, marrones, verde y blanco. En Ibiza se respirará diferente.

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