Manos entrelazadas, bolígrafo a un lado de la mesa, postura recta y expresión seria a la vez que conciliadora. La sonrisa, en ocasiones intermitente, se difumina para expeler de manera sentenciadora, la esperada pregunta que tantas veces nos han invitado a responder. ¿Por qué tú?

La réplica es evidente (para nosotros), algo repetitiva, para el que entrevista y común a todos los demás que responden bajo el mismo contexto. Podría resumirse humildemente en un simple y honesto “quiero trabajar” más aún con los tiempos que corren, pero con eso no basta. Si estuviésemos al otro lado de la mesa, seríamos sin duda para cada uno de nosotros, idóneos para el puesto, bien por necesidad práctica o por pura motivación inducida. Pero seamos sinceros y admitamos de buena conciencia, que muchas de las cosas que creemos querer, son solo el fruto de dogmas popularizados por fatuos ganadores, que dictan lo que “se necesita”, para triunfar en la vida o ser uno de los elegidos.

Sabemos que no debería ser así. A día de hoy, la jaleada ley del más fuerte agita con fuerza el saturado mundo laboral, fomentando la lucha para optar por algo que lleva haciéndose desde el siglo I pero con fines menos primitivos (trabajar) ¿Y qué nos hace en la práctica, “más fuertes”? A caso otra carrera universitaria, un segundo máster o MBA, alto conocimiento hablado y escrito del inglés, haber vivido en el extranjero… A todo ello debemos agregar innegablemente, que existen cientos de perfiles similares, si no idénticos, destacando por exactamente lo mismo. Qué más necesitamos hacer.

Se podría valorar subjetivamente, al “candidato perfecto” por sus múltiples destrezas, citando entre otras; habilidades comunicativas, trabajo en equipo, creatividad o iniciativa propia. Tristemente en esto, volvemos a caer por segunda vez en una red de peces que aletean sin consonancia bajo la atenta mirada del pescador, todos con la misma historia que contar. Y el asunto trae cola, porque cierto es, que no todos valen para lo mismo, pero para algo terminamos valiendo. Muchos hemos seguido el mismo pasaje, y veo tristemente que con tanta formación adicional, aplaudida desde lo más profundo de mí ser, dos páginas para el currículum, empieza a quedarse corto, alabemos pues la bendita competencia.

Conociendo cómo funcionan las cosas en este nuestro mundo, escalamos cumpliendo de manera obediente con los requisitos, poco a poco, paso a paso, cada vez más cerca de la recompensa. Materializando los cánones elitistas de la sociedad, convirtiéndonos en el orgullo de nuestros padres y profesores, en la envidia (o no) de aquellos amigos y compañeros que tienen un título menos, nociones que no conocimiento, de una lengua distinta a la nativa o como única experiencia en el extranjero, un fin de semana en Portugal.

¿Entonces, qué? Aún así, nada ni nadie nos asegura de manera certera, que seamos el candidato perfecto, pero sí uno de tantos, y para más reflexión, ser el aspirante idóneo ¿para qué exactamente? Para acabar desempeñando funciones, que nada tienen de ideal o especial, porque simplificando el todo, terminan siendo tareas que muchos otros están capacitados a realizar tanto como nosotros. La realidad es sin duda, que mal nos pese, no hay sitio para todos.

Y todo dicho desde el cariño, puede que tanta sobreformación nos haya valido a algunos para asegurarnos un aceptable puesto de trabajo, sirviendo de eco para enunciar con palabras un “mi hija trabaja en París” o un grandilocuente “el mío lleva dos años en Londres”. Ese desde luego no era el fin. Pero me pregunto: ¿Cuál es la visión de aquellos, que siguen buceando a la espera de caer en la red, con igual pasaporte y formación? Malos tiempos para la cosecha. Me pregunto, cuál es su historia, si sirvieron tantas horas y esfuerzos, tantos cursos disfrazados de exclusiva formación, tantos créditos… ¿Lo volverían a hacer? Yo, sin duda, sí, aunque el resultado hubiese sido otro. Elogio toda sana aspiración ajena, el interés por aprender, crecer o educarse más, yo me he servido de ello como muchos, pero evitando desviarme de lo que realmente quiero conseguir y aunque suene a cliché es predeciblemente, ser feliz.

Para ejemplo popular, supongamos bien que tanta formación adicional, no fuera requisito indispensable, que con dominar tu propia lengua bastara para encajar en un trabajo digno (obviemos, un segundo, el tema de la globalización), ¿nos esforzaríamos tanto en rellenar un currículum? Si mañana varias compañías reputadas de todos los sectores buscasen expertos malabaristas, bien sabemos el siguiente curso al que nos inscribiríamos y con ello creo que me hago entender. Cuántas veces habremos leído sin querer terminar la frase, “agradecemos tu interés”, “buscamos un candidato con más años de experiencia”… Parecíamos cumplir las exigencias, pero desde la formalidad más parcial nos invitaron a seguir buscando. Entonces parecía el fin del mundo, un jarro de agua fría que no esperábamos. Pero la idea es seguir sintiéndose válidos y saber de que somos capaces, y para qué.

Sin pretender dar una opinión con tintes de autoayuda, las mayores enseñanzas las acabamos encontrando en las pequeñas y grandes proezas a las que tenemos que hacer frente en nuestra día a día, teniendo como experiencia laboral los errores cometidos o las situaciones bien manejadas. La respuesta es clara, válidos para trabajar en equipo con los nuestros, habilidades comunicativas para relacionarnos, iniciativa propia cuando nos las ingeniamos para salir de un apuro y creatividad para sorprender a quien no se lo espera. Todo es perfectamente bucólico. Sí: vivir la vida que uno desea no siempre da de comer. Sin embargo alimenta nuestro ciclo saber qué queremos y llevarlo a cabo porque nos guste y no porque otros sentencien que es lo que se tiene que hacer. Si ambas visiones coinciden, adelante. Si el caso es otro, habrá que seguir postulando, hasta ser el candidato perfecto para vivir nuestras propias vidas.

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