El día 2 de septiembre de 2015 la fotografía de Aylan Kurdi, ahogado en una playa turca tras huir de la guerra en Siria, revolvió la conciencia de Europa. Ya no se podía mirar hacia otro lado. Un niño de tres años muerto en la orilla del continente es algo que puede quedar en el olvido. Pero la imagen de ese niño muerto bombardeada una y otra vez por televisiones, periódicos y redes sociales es algo inasumible. Rápidamente se desató la maquinaria de la culpa y de la solidaridad. Nadie podía quitarse la imagen de Aylan de la cabeza. Fue como si la humanidad se despertara de un sueño profundo y antiguo y, de repente, se enterara de que existía la tragedia de los refugiados. Pero la tragedia ya estaba ahí antes de la muerte de Aylan. Según datos del ACNUR, en 2014 existían en el mundo casi 60 millones de desplazados forzosos en todo el mundo, de los cuales unos 4 millones huían de la guerra en Siria. Como Aylan Kurdi y su familia.

Enrique Dussel es un profesor de filosofía que nació en Argentina y que reside en México como exiliado político desde 1975. Coincidiendo con la celebración del quinto centenario del descubrimiento de América, publicó un libro titulado 1492: El encubrimiento del Otro. La obra trata de desmontar el discurso colonizador que ha llegado a nuestros días y que se infiltra, sin que muchas veces reparemos en ello, en el imaginario colectivo y en la forma que tenemos de mirar al Otro, al que es diferente, al extranjero. Frente a la concepción homogeneizada del descubrimiento, Dussel opone la noción del encubrimiento que el ego europeo y su manera de observar la realidad llevan ejerciendo desde hace siglos. Este encubrimiento heredado desde los albores del tiempo colonial se arrastra hasta nuestros días, sustentado en un discurso del que participan políticos, científicos, filósofos y pensadores de todas las épocas.

No sé qué opinión tendrá Dussel acerca de lo que hoy llamamos crisis migratoria, pero al releer su libro se pueden extraer algunas reflexiones. Ludwig Wittgenstein dijo que los límites de nuestro mundo son los límites del lenguaje. Cuando a finales del siglo XV españoles y portugueses viajaron hacia un mundo desconocido (para ellos) se vieron obligados a nombrarlo. Le llamaron Nuevo Mundo y se agenciaron el papel de descubridores. ¿Qué significa Nuevo Mundo? ¿Qué hemos descubierto? En 1830, G.W.F. Hegel escribió que “el nombre de Nuevo Mundo proviene del hecho de que América (…) no ha sido conocida hasta hace poco por los europeos. (…) De América y de su cultura, especialmente en México y Perú, tenemos noticias, pero sólo que era puramente natural y que tenía que desaparecer en el momento en el que el Espíritu se le aproximase.” Este Espíritu (europeo) tenía que sacar al resto de la humanidad de lo que Immanuel Kant se atrevió a calificar como un estado de inmadurez culpable. Dussel replica al filósofo de Königsberg: “Hoy debemos hacerle a Kant esta pregunta: ¿un africano en África o como esclavo en Estados Unidos en el siglo XVIII, un indígena en México o un mestizo latinoamericano posteriormente, deben ser considerados en ese estado de culpable inmadurez?”

El discurso de los filósofos germánicos tiene como objetivo situar a Europa en el epicentro de la historia y del pensamiento universal y someter a los restantes territorios a un ostracismo absoluto. Continentes enteros reducidos a ser la periferia de Europa, siglos de cultura que no son más que una nota a pie de página, algo sin importancia. En su afán por ensalzar el Espíritu (der Geist) germánico y denigrar al resto de la humanidad, Hegel va un poco más allá cuando nombra a África: “Entre los negros es, en efecto, característico el hecho de que su conciencia no ha llegado aún a la intuición de ninguna objetividad, como, por ejemplo, Dios, la ley, en la cual el hombre está en relación con su voluntad y tiene la intuición de su esencia (…). Es un hombre en bruto. (…) Por eso abandonamos África, para no mencionarla ya más. No es una parte del mundo histórico; no ha mostrado ningún movimiento ni evolución (…). Lo que entendemos propiamente por África es algo aislado y sin historia, sumido todavía por completo en el espíritu natural, y que sólo puede mencionarse aquí, en el umbral de la historia universal”.

Son, como bien apunta Dussel, algunas de las páginas más insultantes en la historia de la filosofía mundial. Aunque David Hume, un siglo antes, había escrito palabras muy similares a las de Hegel en su libro De los caracteres nacionales: “Sospecho que los negros y en general todas las otras especies de hombres (de las que hay unas cuatro o cinco clases) son naturalmente inferiores a los blancos. Nunca hubo una nación civilizada que no tuviera la tez blanca, ni individuos eminentes en la acción o la especulación. No han creado ingeniosas manufacturas, ni artes, ni ciencias. Por otra parte, entre los blancos más rudos y bárbaros, como los antiguos alemanes o los tártaros de la actualidad, hay algunos eminentes, ya sea en su valor, forma de gobierno o alguna otra particularidad. Tal diferencia uniforme y constante no podría ocurrir en tantos países y edades si la naturaleza no hubiese hecho una distinción original entre estas clases de hombre, y esto por no mencionar nuestras colonias, donde hay esclavos negros dispersados por toda Europa, de los cuales no se ha descubierto ningún síntoma de ingenio; mientras que la gente pobre, sin educación, se establece entre nosotros y se distinguen en todas las profesiones. En Jamaica, sin embargo, se habla de un negro que toma parte en el aprendizaje, pero seguramente se le admira por logros exiguos, como un loro que ha aprendido a decir varias palabras”.

La deshumanización del negro es flagrante en ambos casos. En estos y otros textos de pensadores, científicos y líderes políticos europeos, los individuos africanos quedan desdibujados y el rostro final que nos ofrecen de ellos no es otro que una máscara formada por amasijos de primitivismo, salvajismo, infantilismo y un atraso irremediable a todos los niveles. No tienen el estatus de personas. Ontológicamente no existen. A través de un corpus presuntamente científico y filosófico que pervive de generación en generación es posible justificar la esclavitud (aunque Hume se opusiera a ella), el colonialismo, la barbarie, el saqueo de los países pobres y, por supuesto, la muerte de los refugiados en su actual travesía hacia Europa. Cuando despojas a alguien de sus atributos humanos, ¿qué consideración o preocupación puedes tener por él?

Hay quien censura el hostigamiento al que sometemos desde nuestro presente a los pensadores de antaño. Es una justificación muy manida esa de afirmar que no podemos aplicar nuestra mirada del siglo XXI para analizar textos del siglo XVIII o acontecimientos del siglo XV. Lo que se pretende es, una vez más, encubrir actos y pensamientos miserables, haciéndolos pasar como algo habitual para la época. Decir que matar indígenas en la conquista de América o comerciar con esclavos africanos durante los siglos posteriores era algo normal en la época es, como mínimo, un abuso de la estadística. Es como si una persona en el año 2660 afirmase que en el siglo XX era normal exterminar judíos o que a principios del siglo XXI era normal que los niños muriesen ahogados en el mar. Puede que los números confirmen la normalidad de esos actos, pero son de una indignidad terrible. Lo son juzgados ahora y lo fueron entonces. Ya en el siglo XVI, el dominico Bartolomé de las Casas arremetió contra los conquistadores españoles y llegó a afirmar que tanto Hernán Cortés como Francisco Pizarro, responsables de innumerables salvajadas, merecerían haber acabado sus vidas ahorcados públicamente.

Afirmar que las palabras de Hegel o de Hume corresponden a los pensamientos corrientes de un hombre de su época (aunque ellos sean considerados como tipos intelectualmente extraordinarios) no es sino una forma penosa de asumir una tradición de pensamiento europea que avala el racismo, el colonialismo y sus fechorías, y que sigue presente en nuestra forma de relacionarnos con el Otro.

Ya en el siglo XX, Frantz Fanon, director de un hospital psiquiátrico en Argelia, se encargó de poner en evidencia en su libro Los condenados de la tierra los estudios de los reputados Dr. Porot, Dr. Carothers y Dr. Montserrat (miembros de la OMS de mediados del siglo XX) en los que llegaban a conclusiones “científicas” acerca de la estructura mental de los argelinos y, por extensión, de todos los norteafricanos. Estos eméritos doctores llegaron a decir que los argelinos eran “criminales natos”, “hereditariamente violentos”, que no tenían “corteza cerebral” o que eran como “un europeo lobotomizado”.

El veneno del desprecio racial sigue inyectado en las venas de los europeos y llega a nuestros días de manera silenciosa, como una gangrena lenta y oculta que nos corroe por dentro, pero que únicamente percibimos en situaciones límite. Hace un año, después de ver a Aylan Kurdi tumbado cabeza abajo en aquella playa turca, Europa se prometió que eso nunca más iba a suceder, que se iban a encontrar las soluciones adecuadas. Un año después, millones de personas siguen huyendo de sus países e intentan entrar en Europa. La guerra sigue siendo una realidad en países como Siria, Sudán del Sur, Yemen o Somalia. El número de muertes en las costas europeas no para de crecer (en lo que llevamos de 2016 más de 3.000 cadáveres contabilizados –no se cuentan los barcos que se hunden sin rescatar–; prácticamente los mismos que en todo el año anterior). Los campos de refugiados están desbordados o se han transformado en cárceles. Se han levantado nuevos muros y vallas para frenar el avance de los refugiados. El auge de los partidos de extrema derecha y de los discursos xenófobos es un negro nubarrón en el horizonte del continente que puede desatar una tormenta de consecuencias funestas. Los cupos de acogida que debían poner una solución racional a la crisis migratoria están lejísimos de cumplirse y únicamente sirven para que los líderes de los distintos países eludan sus propias responsabilidades y tengan la oportunidad de repartir culpas y reproches con sus vecinos. Esta es una vieja táctica: también los antiguos imperios coloniales discutían (y siguen discutiendo) acerca de quién daba un trato “más humano” a sus esclavos o a los habitantes de sus colonias. Siempre existirá alguien peor que nosotros para sentirnos libres de nuestros pecados. La última “solución” ha sido un acuerdo con Erdogan para convertir a Turquía en el trastero humanitario de la Unión Europea.

Los refugiados huyen de la guerra, del hambre, de la pobreza o de la violencia. Escapan de sus tierras para llegar a Europa, que es para ellos un nuevo mundo, y se topan con muros, alambradas, periodistas que los zancadillean, el equilibrismo estadístico de los cupos de acogida, un mar que los engulle. Pero también se topan con discursos que los criminalizan de manera preventiva. Uno de los argumentos más recurrentes entre quienes se oponen a la llegada de los refugiados y desean blindar las puertas de Europa es que entre los millones de personas que pueden llegar a nuestros países se infiltrará un buen número de terroristas. Hace días estuve leyendo un libro titulado A cruz e a espada em Moçambique, escrito por Cesare Bertulli. El autor fue un misionero italiano en la antigua colonia portuguesa durante los años sesenta, formando parte del llamado grupo de los Padres Blancos. Los portugueses los expulsaron de Mozambique en 1971, acusados de actividades políticas subversivas. Su libro es una radiografía de los estertores del decrépito imperio portugués y una crónica de las atrocidades que cometió el régimen salazarista en Mozambique en los años finales del dominio colonial. En un pasaje del libro, Bertulli recoge el testimonio del general Carrasco, comandante mayor del ejército luso en Mozambique, acerca de qué hacer con la población local: “Es necesario matarlos a todos indistintamente: a los hombres porque son terroristas, a los niños porque son futuros terroristas, a las mujeres porque son madres de terroristas y a las niñas porque son futuras madres de terroristas”.

Desenmascarar este tipo de discursos, los actuales y los antiguos, es también una forma de dar amparo a los refugiados. Eso o seguir creyendo que Aylan Kurdi murió por causa de su estado de inmadurez culpable.

Ilustración: Antonio Rodríguez

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