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Era una hora indeterminada de la madrugada. La primera del año 2016. Por la Carrera de San Jerónimo hacía tiempo que pasó el último de los viandantes rezagados, ebrios de jolgorio, procedentes de la Puerta del Sol. Una lóbrega solitud acompañaba al furgón de guardia de la Policía Nacional, dentro del cual sus ocupantes dormitaban aburridos. Hacía mucho frío y Madrid, como toda España, bullía de celebración. Salvo los dos leones del Congreso. Helados, como corresponde a su naturaleza de bronce, Daoíz y Velarde miraban pasar las horas, dejando vagar sus ojos allá abajo, hacia el Palace, la esquina del Thyssen, la arbórea oscuridad del bulevar de El Prado. O al frente, intentando penetrar la noche muda del Barrio de las Letras.

–Daoíz.

–Dime, Velarde.

–Paréceme que nos vamos a entretener a partir de ahora.

–¿Y eso, por qué, mi querido amigo?

–¿Acaso no estás al tanto de las noticias?

–A mi lado de la escalinata no llega el wifi, Velarde. Cuántas veces te lo habré dicho.

–Pues las elecciones han resultado graciosas. Vendrán más gallinas al corral.

–¡Más! ¿Acaso son pocas?

–Lo que te digo, Daoíz.

–Espero, no obstante, que las que entran sean mejores que las que salen. O que las que estaban.

–Eso, mi felino y sedente amigo, no puedo jurártelo.

–No me asustes, que todavía salgo corriendo.

–¿Recuerdas, Daoíz, los que ha no mucho tiempo, quisieron cercar este nuestro dulce hogar llamado Congreso?

–¡Pardiez, cómo olvidarlo! Hicieron que durante años nos pusieran delante una valla del demonio, que no dejaba que se acercasen a mí las turistas valkirias a fotografiarse conmigo, con sus largas melenas rubias, con sus carnes coloreadas en julio, con sus…

–Tampoco se nos acercaban los mongolos en chanclas y pantalones piratas, así que no te quejes tanto.

–Verdad. A veces reconozco que es un vicio. Lo de quejarme, digo. ¡Bueno! ¿Qué pasa con aquellos sitiadores hastag-faris?

–¡Toma, pues que ahora van a entrar aquí dentro!

–¡Cómo! ¿Les van a dejar pasar? ¿Preparan un nuevo asalto?

–Quiá. Ahora son diputados.

–¿Y la policía, no va a hacer algo?

–Sí. Escoltarlos.

–¿Y ellos se van a dejar? ¡Si decían que la pasma era el brazo armado del poder!

–Ahora ellos también serán el poder. Verás cómo desde hoy all cops are not bastards, querido amigo.

–Me dejas, querido Daoíz, ciertamente estupefacto.

–¿Y eso por qué?

–Te juro por mis broncíneas mulas leoninas que les había oído gritar con mucho alborozo

aquello tan poético de “lo llaman democracia, y no lo es”.

–¡Hombre! No te tenía por tan ingenuo, Velarde. Se ve que el ventazo que baja de la sierra en invierno, y el plomo fundido que nos cae en la sesera durante los veranos, te ha dejado la mollera más seca que una uva pasa. ¡Todavía no te has coscado de que democracia es cuando me votan a mí, y fascismo cuando votan al vecino!

–Qué duda cabe, ése es un razonamiento inapelable.

–Ahora tendrán iPad de balde, 4.000 eurazos en la cuenta, y viajes gratis en AVE.

–¿Y éstos sí van a representar a los electores, o no?

Desde luego, a veces creo que te faltó oxígeno al salir de la fundición.

–¡Esto sí que es una subversión! Ya no les hará falta montar asambleas alternativas en lo alto de las acercas. ¡Estaría bueno, sus callejeras y muy alternativas señorías, en lo alto de bolsas de Big Macs y junto a mierdas de perro!

–Hombre, lo del parlamento alternativo, ya que lo traes a colación, no lo descartaría del todo. Imagina que forman gobierno los que ellos no quieren. ¡Volveríamos a ser una dictadura! En un tiempo récord.

–¿Tú crees que podrá formar gobierno el registrador del a propiedad? Ayer le oí a dos que llevaban una camiseta morada encima de la sudadera, que sus votos valen la mitad porque son de viejos.

–Naturalmente. ¡Aún no te has enterado que a ellos los vota la vanguardia! No lo vayas a confundir con La Vanguardia, en mayúsculas, que te arrean un piñote, como al registrador en Galicia. ¡La gracia que les hizo! Al final las hostias son fascismo o justicia popular, dependiendo de la mano que las dé.

–Qué confuso es todo, Velarde. Llaman al de naranja, Falangito, cuando a mí se me figura al escucharle que estoy viendo una película danesa. O alemana. ¿Tú te lo puedes creer?

–Eso sí que es asombroso, tengo que darte la razón. ¡Con todo lo joseantoniano que hay en los que de eso pintan al vecino! ¿Tú te acuerdas de José Antonio, Daoíz?

–Cómo no me voy a acordar, con lo guapete que era. A veces lo veía pasar junto a su compadre Lorca. ¡Vaya dos mozos! Eso sí, se vestía mejor que el Cleón éste de ahora. Tenía más estilo. ¿Y si hay asambleas callejeras, también tendrán leones en las puertas?

–¿En qué puertas, Daoíz? A lo sumo habría dos chuchos haciendo de efigie. ¡La solemnidad plebeya!

–¡Me cisco en toda ella! A ver si esta ventolera de democracia nos va a dejar sin trabajo.

–Yo me conformo con que limpien las calles. Por cierto, ya estoy gestionando que me suban al viejo Banco Bilbao, con nuestros compadres los aurigas y los caballos.

–¿Pero, cómo? ¿Me abandonas?

–Hombre, ahora vienen 69. Pero imagina que forman Gobierno con el ventrílocuo del baloncesto. O que se repiten elecciones. ¡Esta gente nos funde!

–Viendo cómo se está poniendo el asunto, creo que tienes razón, Velarde. El tema es que haber sido fundidos con cañones ganados al enemigo marroquí, no nos beneficia.

–No te quepa duda que ya habrá alguno por ahí redactando un memorándum en el que se nos declara fascistas, fruto del colonialismo y del capitalismo imperial más depravado.

–¡La Virgen!

–¡Calla, mendrugo! En todo caso, menta a Alá. Pero bajo ningún concepto no te pispes de Yahvé. Que todavía nos muelen a garrotazos antes de hacernos monedas de cinco céntimos.

–Qué futuro nos espera. Y pensar que somos botín de guerra. En cualquier otro país seríamos orgullo nacional.

–Aquí ahora vas a tener que adivinar de qué nación serás orgullo.

–Rediós, que no hay quien los entienda. Casi mejor nos habría salido seguir siendo cañón en el Rif. Estaríamos ahora en algún bonito palacete de Rabat o Marrakech. Con agua cayendo en derredor y jardines perfumados lamiendo las heridas de nuestro bronce. Disfrutando la vida

–¡Pero, y el culebrón español que nos habríamos perdido! ¡Ya van para 200 años haciendo el ridículo!

Fotografía: Marcela Escandell

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