Negratinta ha planteado a los escritores Jorge Carrión, Eloy Fernández Porta, Elvira Navarro, Mario Cuenca Sandoval y Aixa de la Cruz un cuestionario sobre los cambios políticos y sociales que encara el país. Y de paso los confronta con ese lugar, la utopía, que pese al discurrir del tiempo no parece dispuesto a apagarse fácilmente.

Tuvo que ser Bob Dylan quien acabara poniendo música ―y ya corría el s. XX― a ese recurrente latiguillo de que “los tiempos están cambiando”. Así, sin saberlo, fijaba para la posteridad una frase que antes habían pronunciado Malevich, Alfonso XIII, Paracelso, Moctezuma, S. Pablo, Sócrates y una panadera del Liangzhu en el 3º milenio a. C., pero que, de puro cotidiana, jamás a nadie le había parecido necesario fijar por escrito. Lo que vivimos en la actualidad puede ser ―al menos así lo percibimos― una aceleración inédita de esa idea del cambio favorecida por la hipercomunicación y el avance de la tecnología, que atribuye la condición de entelequia a cualquier realidad que sobreviva más allá de unos meses. Ese proceso acelerado de cambio ―o de su apreciación subjetiva― se enfrenta sin embargo a la renuencia de las diversas sociedades actuales, y muy especialmente de las fuerzas que las gobiernan. El cambio está muy bien, parecen decir, pero sólo si hablamos de la mercadotecnia; a las formas de gobierno el cambio no les incumbe y en todo caso se entiende como una virtud que se mantengan intactas frente a esos cambios.

En una semana como la pasada, dentro de un año como este 2015 plagado de comicios, pretender negar el cambio es una pamema que muy pocos están dispuestos ya a asumir. Lo que nadie se atreve a aventurar es el futuro inmediato, el punto a donde se dirigen los cambios que a nivel social y político se están produciendo en este país. Para aproximarnos a este fenómeno hemos elegido a cinco intérpretes de la realidad: cuatro escritores en torno a los 40 más una autora de 27 como contrapunto ―Aixa de la Cruz―, a quienes hemos preguntado cuál es su percepción de la situación política y social, cómo asumen la supuesta inminencia de un cambio, qué lugar sigue quedando en sus obras para pensar la utopía. Porque… ¿de verdad que aún no hemos enterrado la utopía?

Los cambios sociales y políticos no merecen mucho crédito en tanto se hallan en fase larvada, pero una vez producidos se asumen con una facilidad pasmosa. Pienso que la idea de una democracia extensa, con participación directa de toda la ciudadanía, formulada a finales del S. XVII habría parecido un dislate, incluso una enormidad en opinión de ciertos intelectuales ―y teólogos―. Hoy nadie que se considere sensato parece discutir su razón de ser. ¿O sí? ¿Nos hallamos de nuevo ante un cambio de paradigma político y no terminamos de darnos por enterados?

Nuestros autores se rodean de cautelas antes de lanzar un sí o un no: Elvira Navarro dice no poder responder nada que no sea un deseo de cambio, es decir, que no parece sentir el respaldo de la realidad; Aixa de la Cruz se expresa en la misma línea, y aduce un argumento de hechos: si con Lehman Bros. “tuvimos la sensación de que el capitalismo se tambaleaba” realmente ocurrió lo contrario, que “sus estructuras se reforzaron”. Las respuestas del lado masculino, sin hacer alarde de optimismo, parecen empero algo menos pesimistas: Jorge Carrión recuerda que todo el s. XX está atravesado por una línea del cambio que se inicia en la Revolución Comunista, y recorre los diversos movimientos contestatarios, como los de los años 60, hasta la Primavera Árabe y el 15-M. Que el 15-M “se mantenga como movimiento articulado es un motivo para la esperanza”. Mario Cuenca se decanta por un diagnóstico de cariz filosófico: “Más que a un cambio de paradigma estamos asistiendo a la victoria de uno de los medios simbólicos que postulaba Habermas (el dinero) sobre el otro (el Estado), es decir, de la economía sobre la política”. Según Eloy Fernández Porta lo que ya no se sostiene es un sistema que nació bajo el auspicio de una clase pujante, la burguesía que, en rigor, no existe ya: si en el XX el fantasma que amenazaba a Europa era “el proletariado”, en el XXI “es la clase burguesa la que, habiendo perdido la base socioeconómica y cultural que la sustentaba, sigue presente en forma de espectro en el discurso público y electoral”. Y si un fantasma no puede seguir manteniendo otra cosa que la superstición, concluimos, es sólo cuestión de tiempo que una sociedad se decida a poner orden como respuesta a las fuerzas efectivamente vivas. Empezamos bien.

Es imposible negar la velocidad del cambio que en diferentes niveles parece haber adquirido la historia, pongamos por caso el del flujo de la información. Si hoy tenemos ciertos políticos bajo imputación es porque la ciudadanía ha podido conocer y difundir sus desmanes con la ayuda de las nuevas tecnologías. Tenemos a nuestra disposición documentos confidenciales, vemos vídeos en directo de atropellos e injusticias, aunque a la vez estamos bajo la lupa de grandes corporaciones y servicios secretos de los estados. Todo ello, en fin, ¿apunta hacia una futura distopía, o es plausible pensar en una utopía? 

Aixa de la Cruz es más rápida al desenfundar: Sí, ese flujo de información que posibilita internet nos pone en ventaja, “somos una sociedad mucho más crítica; cada vez es más difícil que haya monopolios mediáticos que manipulen a la opinión pública”. Jorge Carrión no discrepa totalmente, matiza: “Lamentablemente el espionaje de EEUU indica que la lucha por la libertad cibernética está en mal momento. Internet se ha convertido en un espacio de control”. Por contra, considera que sí hay un nuevo paradigma a la vista, pero está abriéndose paso en el ámbito de lo artístico, “ lo veo como un génesis, como ocurrió en las vanguardias históricas, y está relacionado con una cierta idea de utopía”.

Elvira Navarro y Mario Cuenca coinciden en que distopía y utopía son distintas formas de la ficción, y por eso según la primera son “imposibles” ambas, mientras que el segundo considera la distopía como más plausible, aunque añade: “Quizá mi sospecha no se deba tanto a ideas bien definidas cuanto a intuiciones, a una serie de intuiciones que han sido modeladas por la ficción (literaria, pero también cinematográfica y televisiva)”.

Quien juega al contrapié es, de nuevo, Eloy Fdez. Porta, que asegura que sí, que vivimos una utopía en el sentido literal y, atención, se llama Internet: “El mundo digital no es ningún lugar físico, es un espacio simbólico y textual ―‘no existe tal lugar’: eso significa la palabra utopos”. De ahí surge la ansiedad que provoca su existencia, pues une “la experiencia de inmediatez e imposibilidad simultáneas de lo utópico, esto es, su estar aquí mismo, a un golpe de clic y, a la vez, ser del todo irrealizable”.

Llega la hora de refrenar la especulación y tratar de reconducir el debate a dimensiones humanas, así que les pido a todos que respondan al aquí y ahora: ¿es que no hay posibilidad de forjar unas estructuras sociales distintas a las que hemos conocido en la historia? El ser humano mismo ha sido fruto de una evolución desde formas simples de vida, ¿por qué no creer que también sus formas de socialización pueden evolucionar en el futuro? ¿Hemos llegado ya al culmen de nuestra socialización?

“Espero que no ―responde Mario Cuenca―, yo creo que estamos todavía muy lejos de un ideal civilizatorio deseable. La hipótesis de que el ser humano ‘no dé más de sí’ me parece contradicha una y otra vez por la historia”. Más escéptico se muestra de nuevo el sector femenino: tanto Elvira Navarro como Aixa de la Cruz niegan la idea de progreso: “Tiendo a pensar que la estructura de las cosas tiene más que ver con repeticiones que con superaciones hegelianas” ―dice la primera―; desde luego “existen hipotéticamente formas sociales más evolucionadas, pero me cuesta encontrar indicios de que se estén manifestando en el mundo contemporáneo” añade Aixa. Eloy, por su parte, decide elevar la cota del pánico: “Mucho me temo que podamos ir a peor”, afirma, para atemperar a continuación su aserto recordando que “la sociabilidad es dinámica, mutante y adaptativa”. Y pone como ejemplo de innovación el Brasil reciente: “Si tuviera que pensar qué cultura ha sido el laboratorio más importante de nuevas modos de sociabilidad diría que puede ser la brasileña. Me viene a la cabeza la transcripción de una conversación entre Lula y Félix Guattari que tuvo lugar a principios de los ochenta”. Leer ese texto en pleno 2015 provoca un efecto de vibración por simpatía que no está de más experimentar de nuevo leyendo aquí.

Jorge Carrión parte del argumento antropológico al recordar que la tecnología fue anterior al homo sapiens, de donde deduce que ella no va a estar en el origen de un nuevo mundo mejor: “ Yo creo que el camino que queda pasa por nuestra relación con lo animal y lo vegetal. Tal vez no estamos teniendo una relación adecuada con ellos”.

Incluso un pesimista redomado como Cioran es capaz de afirmar que “a la larga, la vida sin utopía es irrespirable”, aunque acote a renglón seguido: “para la multitud al menos”. En el lado contrario, Frederic Jameson, uno de los pensadores más en forma que en los últimos años ha atendido al fenómeno de la utopía, se pregunta ―y así lo transmitimos a nuestros escritores―: “¿Podemos desatender ese deseo, sin perder la fuente de vitalidad de la utopía y de las exigencias libidinales y existenciales que nos plantea?”

“Creo que no podemos desatenderlo” ―responde Jorge Carrión― “pero no hay una fórmula. Cada artista o intelectual tiene que buscar su modo ético de relacionarse con esa utopía”. Y aporta, además, un argumento ejemplar: el planteamiento que hace del tema en su reciente novela Los huérfanos (Galaxia Gütenberg, 2014), obra que ha dado pie a otras propuestas artísticas, como el spoken word de Miguel Espigado que se puede escuchar AQUÍ.

En la valoración que hace Aixa de la Cruz el ideal utópico puede servir como “hipotética vara de medir” nuestro sistema presente. De ningún modo es válido como plan político, y para ello cita los gobiernos que en el s. XX se han guiado por la utopía, y que han acabado “legitimando sistemas aberrantes, muchas veces”. En línea similar, Elvira Navarro insiste en que “las utopías son dictatoriales porque plantean modelos demasiado rígidos en nombre del bien”. Y citando a Jung declara: “Prefiero ser una persona completa a una persona buena”. En todo caso nos quedamos con la duda de si ese último adjetivo hubiera ido mejor en cursiva. Sería más coherente, con toda seguridad.

Mario Cuenca y Eloy Fdez. Porta coinciden en que el ítem “Utopía” es insoslayable dentro del pensamiento político. No es que olviden las enormidades de quienes enarbolaron la bandera de una utopía en el s. XX y sumieron sus países en la destrucción, todo lo contrario. Ahora bien, tampoco pueden dejar de constatar que cierto discurso utopista se nos cuela en diferentes niveles, y aquí Eloy Fdez. Porta menciona los “argumentarios electorales, ficciones de la identidad nacional, imaginarios de la globalización y el híper”. Como antídoto propone “desutopizar” los discursos, y recuerda la manera en que Ignacio Escolar lo hacía después de ver el vídeo promocional de las Olimpiadas de Madrid, afirmando sardónicamente: “Yo quiero vivir en esa ciudad”. La matización que ofrece Mario Cuenca tiene que ver con los “utopismos” que han llevado al desastre a los que opone la “utopía” que, como dice Paul Ricoeur, no pasa de ser una “tímida esperanza”, y sólo por eso se mantiene como algo imprescindible.

Me pregunto, a la vista del escepticismo y/o nihilismo que veo en ciertos escritores e intelectuales, si será esa actitud un modo de sacudirse una responsabilidad, una forma de eludir conflicto con su público, o con los medios de comunicación conservadores, incluso con los gobiernos que de vez en cuando les dejan caer pequeñas prebendas.

Parece que la cuestión de las responsabilidades está fuera de todo debate, según Jorge Carrión. Cada autor ―como cada ciudadano― es libre de actuar o no, de involucrarse en un sentido u otro, pero las hemerotecas estarán ahí para dar fe en el futuro de lo que cada uno hizo en un momento complejo, como el presente. Y no duda en calificar de “vil” la actitud que algunos han tenido con propuestas como la de Podemos, o Ada Colau. Menos jueza se muestra Elvira Navarro con quienes militan el cinismo, pesimismo o nihilismo, habida cuenta de que son efectos de “asumir de antemano el fracaso”. En la misma línea Aixa de la Cruz se siente en sintonía con quienes entendiendo “las limitaciones de todo planteamiento que aspire a un bien o una verdad absoluta” acaban mirando el mundo con cierto cinismo.

Faltaba tiempo para que alguien sacara a relucir aquí la figura del nihilista por excelencia, Nietzsche, y será Eloy Fdez. Porta quien lo invoque al recordar que ya él preconizó un nihilismo “fuerte”, “característicamente moderno” que se muestra como “la voluntad de superación de las fuerzas efectivas ―religiosas, moralistas, etc.― que a lo largo de la historia habrían hecho del hombre un irresponsable en relación con su propio destino”. Una actitud de fortaleza a la manera como respondía Bartleby en la novela de Melville, aduce Mario Cuenca, “con aquel ‘preferiría no hacerlo’ contra el que se estrellaban todas las razones”.

De la pregunta anterior se infiere que algunos intelectuales pueden estar considerando que la utopía como tema les haría perder filo a su obra. ¿Es eso cierto? ¿Tiene cabida la utopía en la base estética de un artista, o en cambio le perjudica? 

Elvira Navarro recurre a un modelo moderno que surgió como plasmación de lo utópico: Brasilia. Ahí podemos contemplar el resultado de la utopía en el urbanismo, “estéticamente es maravillosa, pero como ciudad es un fracaso por su rigidez”. Por algo será que “la distopía tiene más prestigio estético”, dice Mario Cuenca en la misma línea. Y apela a Dostoievski, el escritor que hizo de los sentimientos terribles lo mejor de su literatura.

Otro es el parecer de Eloy Fdez. Porta, para quien simplemente es imposible que un intelectual se sacuda un “utopismo cognitivo o perceptivo, puesto que implica, o postula, un punto de vista radicalmente exterior a la doxa dominante”.     Desde luego, eso no condiciona la bondad o perversión de sus posturas vitales o preferencias culturales y políticas. Se trata de una apreciación filosófica que vuelve a poner de manifiesto el hábito humano de la incongruencia. Y bien, anotado queda.

Antes de que este debate acabe por perderse en una discusión etérea me gustaría atarlo a la situación concreta española, que es el elemento común que une a este grupo de escritores, a esta revista y estos lectores. ¿Es España, como parecen afirmar algunos, un país negado para el progreso? ¿Cuánto de su mal se debe a un problema genético, y cuánto a un problema educativo?

Elvira Navarro comienza negando cualquier postulado determinista, para adentrarse en las historia de los últimos 500 años, donde lo que sí ha pesado ha sido el catolicismo, “un catolicismo que tradicionalmente ha tenido miedo de la educación porque suponía una amenaza para el dogma, el cual es, por otro lado, la estructura en la que todavía nos movemos, incluso en el ámbito intelectual”. Esa primacía del dogma es la que ha dado forma a un temperamento, el español, con “déficit de diálogo” que lleva a un hooliganismo muy propio. Por suerte, acaba con una invitación al optimismo: “No creo que eso no pueda cambiarse”. El problema es básicamente de educación, también en el parecer de Mario Cuenca. “No creo que descubra nada original si digo que el gran fracaso de este país es el fracaso del sistema educativo (y entono el mea culpa, porque también soy docente). El segundo es el de los medios de comunicación”. Y es interesante que recuerde ambos, educación y opinión pública, como fundamentos del pensamiento ilustrado, puesto que el s. XVIII español es uno de los menos conocidos a nivel general y, sin embargo, otro de los momentos perdidos en que la historia pudo dar un vuelco en este país.

Sorprende la naturalidad con la que también los otros escritores consultados analizan el estado de España: no encuentro en ninguno de ellos ese derrotismo innato que tanto aflora en titulares de prensa y tertulias, nada de esa visión hipercrítica de lo español que parece imposible de sacudirse desde la generación del 98. Al contrario, Jorge Carrión se declara “en contra de la demonización de España”, y a continuación pasa a enumerar las anormalidades democráticas que se han visto en otros países (la elección de Bush Jr. con recuento manual de votos, la pujanza del FN en Francia, la llegada irregular de Renzi al gobierno de Italia) como puntos de referencia válidos para entender la medida de nuestra democracia actual. Lo mismo afirma Aixa de la Cruz, y más allá aún se lanza Eloy Fdez. Porta cuando sugiere que una comparación de España con, por ejemplo, Estados Unidos, podría llevarnos a exclamar ese “¡Bendito atraso!” de Carmen Martín Gaite [en Usos amorosos de la posguerra española]. Es interesante que todos los autores miran en lontananza a nuestro S. XVI como origen del atraso intelectual del país, pero Eloy se atreve además a indagar en los hechos. Según él, todos los estados con pasado imperialista caen en el desprestigio y la consiguiente desmoralización nacional una vez se emancipan sus antiguas colonias: “En el caso de España el gran momento de producción de la autocrítica nacional sucede, claro está, en el tránsito del siglo XIX al XX, y las ideas generadas en ese momento siguen muy presentes en el imaginario colectivo”. Ni siquiera se desvanecen cuando el país ha demostrado en distintos ámbitos estar a la vanguardia del mundo en derechos y libertades (igualdad de género, matrimonio homosexual, etc.).

Y llegamos, por fin, a la pregunta que se venía intuyendo por aquí: ¿es o no posible que se produzca en España el cambio de paradigma del que tanto se habla? (No olvidemos que esta entrevista se realizó la semana previa a las elecciones de mayo, cuando el ruido mediático hacía difícil aclararse en cualquier debate, y aún había un exceso de incógnitas flotando en el aire).

Piadoso, el más rápido en contestar es Eloy Fdez. Porta: “¿Cambio? Dios lo quiera. En ello estamos”. También lo estima deseable Elvira Navarro, que por otra parte no logra rastrear argumentos para una ruptura: “ Mi impresión es que hay un mayor deseo de regeneración que de ruptura”. Y no anda muy lejos Mario Cuenca, que achaca al “infantilismo moral” del país su tolerancia a una corrupción que parece disculpar. Eso sí, aporta una solución: en los debates y tertulias debería haber siempre un lógico “que sacara tarjeta roja o tarjeta amarilla cada vez que se escuchara una falacia argumentativa. ¿Se imagina?” Puedo imaginarlo sin problema, incluso podría imaginar que también hubiera un notario, un inspector de Hacienda y dos agentes de la Policía Nacional dispuestos todos a actuar de oficio en el momento necesario. Se subiría el tono medio tertuliano sin duda alguna.

Una última prueba para intrépidos. En un año con cuatro comicios convocados, ¿te atreverías a hacer apuestas sobre la situación política del país a finales de 2015?

“Preferiría no hacerlo”, responde Elvira Navarro, ella tan bartlebyana. “A pesar del entusiasmo que percibo en muchos ámbitos, las cosas no van a cambiar sustancialmente. Seguirán gobernando los mismos (porque habremos votado a los mismos), aunque lo harán con menos apoyos”, dice Aixa de la Cruz a la que se le trasluce un tímido optimismo. Mario Cuenca prevé un futuro algo modificado, en el que un parlamento muy fragmentario dará paso a “una legislatura muy interesante”. Y en ello coincide Jorge Carrión, que cree que el modelo de Andalucía marcará la pauta del futuro inmediato. Algo más escurridizo, Eloy Fdez. Porta se despide con una paradoja de manual: “Bueno, si tuviera dinero para jugármelo apostaría a que la empresa Bwin obtendría beneficios de mi apuesta”. La teoría del azar, ya formulada en la Tómbola de Marisol, un tópico que no se apaga.

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