Ilustración: Antonio Rodríguez

Basta mirar el entorno para percibir el cambio climático. Si usted vive en la Ciudad de México o sus alrededores, mire los volcanes y pregúntese por qué no tienen la misma cantidad de nieve que muestran las fotografías de hace medio siglo, o un cuarto de siglo. Si usted vive en España, vaya a ese lugar que llaman “el campo”, observe, y luego imagine de dónde salieron esas “selvas marinas” con las que se construyó la Armada Invencible. En cada lugar del mundo puede hacer el experimento: salir, observar, preguntarse.

Si usted viaja en avión, las imágenes son aún más desoladoras: sobrevolar los everglades en Florida y pasar de esa maravilla, de lujuria verde y viva, cerca de la costa a las tierras marchitas y podridas tierra adentro. O sobrevolar cualquier región de cualquier país y preguntarse qué había allá abajo donde ahora sólo se ve concreto, zonas de cultivo (muchas abandonadas), agroindustria y minas a cielo abierto.

En 1997 se redactó el Protocolo de Kioto sobre el cambio climático. Su alcance era limitado pero pretendía, por un lado, vincular a los países del mundo en un acuerdo para reducir las emisiones de los principales gases que han ido causando el aumento del efecto invernadero en nuestro planeta y, por otro, poner sobre la mesa de discusión, sobre la agenda de todos los políticos, científicos, tomadores de decisiones y público en general, la importancia de nuestro entorno natural. Dieciocho años después, luego del fracaso de la reunión de Copenhague, la semana pasada se redactó en París otro acuerdo que pretende ser mucho más eficiente y eficaz que el de Kioto. ¿De veras servirá de algo?

Cuando se redactó el Protocolo de Kioto estaba a punto de graduarme como ingeniero físico con especialidad en biotecnología y desde entonces, en la medida en que mi salud mental me lo permite, trato de estar al tanto de las vicisitudes ambientales del planeta. Mejor aún, en estos últimos tres lustros he podido sobrevolar buena parte del mundo (de Vancouver a la Patagonia, de París a Pretoria, de Tijuana a Shangai…) y vivir, por lo menos uno o dos meses, en más de 25 ciudades en cuatro continentes recolectando datos, registrando las diferentes prácticas ambientales, tomando registro fotográfico y tratando de entender nuestras variadas formas de relación sociedad-naturaleza: desde las modalidades académicas hasta las propuestas de grupos armados ilegales como ETA, las AUC o el EZLN pasando, por supuesto, por las variedades legislativas y también las vernáculas, o comunes a la gente que está desvinculada de dichos grupos de poder.

Pues bien, en estos quince años y en los lugares que he visitado no sólo pareciera, de modo general, que el Protocolo de Kioto (o el Informe Brundtland si nos vamos un poco más atrás) y los diversos discursos ambientalistas han tenido un impacto más bien somero. Peor aún: pareciera que la agenda y las preocupaciones ambientales nunca han sido un tema prioritario.

Ciertamente buena parte de la población mundial, de Medellín a Maputo y de Taipei a Cracovia, ha incluido en su léxico palabras como “ozono” y “contaminación”, que la ecología dejó de ser un área esotérica y minoritaria de la biología para convertirse en un eje primordial, que los países ya cuentan con una Secretaría o Ministerio de “medio ambiente”, la currícula escolar ya incluye asignaturas al respecto desde la educación elemental y, por supuesto, han florecido los negocios de tecnología limpia o verde y los productos orgánicos y similares. Pero la devastación del entorno continuó a pasos agigantados.

Basta ver, repito, nuestro entorno: los registros fotográficos, salir y dar la vuelta. O, si prefiere, verificar los datos duros sobre deforestación y desertificación, sobre el incremento de emisiones contaminantes (sí, han incrementado), la incontrolable expansión de la minería a cielo abierto (¿por eso abandonó Canadá el Protocolo de Kioto?) y de las manchas urbanas, el aumento en las tasas de consumo de bienes y servicios por habitante y su consecuente aumento en las tasas de producción de desechos por habitante, el soslayo, el hacerse de la vista gorda por parte de los legisladores y evitar regular el incremento de basura fina y/o tóxica a causa de la obsolescencia planeada y programada (desde los teléfonos celulares y las computadoras hasta los “apagones analógicos” de la televisión), la misma renuncia a restringir el confort innecesario (desde la promoción general del automóvil sobre el transporte colectivo hasta el uso indiscriminado de aires acondicionados y sistemas de calefacción tanto en las casas habitación como en los hoteles y lugares de trabajo: ¿sabe usted cuántos litros de dísel diario consume una sola habitación de hotel por aire acondicionado?, ¿a cuántas horas de funcionamiento de un automóvil equivale?) y la renuncia, también, a legislar sobre el control monopólico de facto que tienen los grandes distribuidores de alimentos y que causa, en los países fuera de la elite, los desmontes regulares y el subsiguiente abandono de las parcelas cual tierra yerma, etcétera. Y esto continuará con todo y acuerdo de París. ¿Por qué?

El acuerdo de París conlleva ventajas sobre el de Kioto, obviamente: por eso ha sido tan vitoreado. Es un avance que los EE UU. y China hayan dejado de jugar a Kramer vs Kramer y se hayan puesto, por lo menos provisionalmente, de acuerdo. Es un avance que se haya establecido un límite al aumento de la temperatura global promedio y que éste sea menor al de los pronósticos más optimistas. Es un avance que se hayan escuchado como pares las voces, pro lo menos protocolariamente, de los países menos poderosos; que se haga mención explícita de los bosques y “sumideros de carbono”, que se hable de minimizar el daño y se proponga (como hizo Felipe Calderón en Copenhague) un fondo monetario para ayudar a los países más pobres (aunque, claro, aún nadie haya establecido cuotas ni se hable de cómo será su funcionamiento ni, mucho menos, se proponga el pago de una “deuda ecológica” de los países ricos hacia los países pobres por, por lo menos, un par de siglos de destrucción ambiental).

Esos son avances, sí. Pero el enfoque general sigue siendo el mismo: desarrollo y transferencia de tecnología bajo esa fe ciega e irredenta de que la ciencia nos otorgará una solución al problema del cambio climático. Por descontado, esa es una gran noticia para los negocios y corporaciones que lucran con la tecnología “verde” y, claro, siempre será mejor utilizar, para una misma tarea, tecnologías menos contaminantes que tecnologías más contaminantes. Pero el problema, por desgracia, no es tecnológico sino cultural.

En la segunda hoja del acuerdo, en un párrafo que parece sonar muy lindo y habla de los indígenas, los niños, la igualdad de género y otros términos “progres” y de moda, dice que se reconoce el “derecho al desarrollo” (“the right to development”). Ahí está el detalle: mientras no entendamos, desde nuestras culturas, que tenemos que reformular la idea de “desarrollo”, que tenemos que desvincularla de la explicación exclusiva que otorga la expresión “desarrollo económico” y asienta como objetivo, para todos, el sueño de la pertenencia al 10 por ciento más rico del planeta y, para ese 10 por ciento, no imponga ninguna restricción a su estilo de vida (más bien lo alienta) y a su acumulación de riqueza, la devastación de nuestro entorno será cada vez más catastrófica.

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