“Quizás sea la persona que más haya sufrido la denominada crisis de identidad en esta sala ya que provengo de uno de los países más conservadores del mundo”. Así comenzó su discurso, tranquilo y sereno como si relatara lo que había hecho durante el fin de semana a un grupo de amigos. Durante tres minutos estuvo realizando el ejercicio en clase explicando sus sentimientos y su visión sobre el asunto. Había que hablar sobre nosotros, sobre lo que nos hacía especiales y diferentes. Por si os lo preguntabais él es de Arabia Saudí y había emigrado a Canadá.

Luego vino un egipcio, luego una india, luego un libanés… Toda una sucesión de nacionalidades marcadas por una fuerte crisis de identidad: la necesidad de conservar sus raíces y sus tradiciones; y el deseo de evolución que se esconde tras los valores que Occidente promete. Contaron historias, lloraron, usaron metáforas y rieron. Cada uno empleó su estilo, cada uno expuso su vida pero todos llegaron a una misma conclusión: jamás hay que perder las raíces.

Ninguno de los europeos, especialmente los españoles, hablaron de una crisis de identidad como si el haber nacido en el continente que se autoproclama como el más viejo del mundo te diera la suficiente coartada para tener las ideas claras. La llamada supremacía del colonizador que piensa que su cultura es mejor que la de las colonias.

Y tengo que confesar que sentí envidia de ellos, sentí envidia de su crisis de identidad. Suspiré por el shock cultural que todos ellos habían sufrido, deseé haber tenido que pararme a pensar sobre mi mí, llorar por mi cultura, enfadarme con mi país, luchar contra mí y salvarme de todo ello. Protegerme del deseo de perder a mi país y en el proceso perderme a mí misma porque en el fondo todos ellos mostraban un amor desmedido por su raíces, un orgullo por su país.

Y llegué a la conclusión de que no hay peor crisis de identidad que no tener ninguna crisis porque es como no tener ningún país.

Fotografía: Christophe Verdier 

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