Mis primeros recuerdos de fútbol pertenecen a los años 90. Se puede decir que esa época fue el principio del fútbol moderno tan como voy lo conocemos. El principal motor de este nuevo fútbol al que nos referimos es la marca Nike. Después de la enésima versión de zapatillas Air Jordan, el Mundial celebrado en EE UU en 1994 fue el lugar idóneo para que la mercadotecnia se metiera de lleno en el balompié. La multinacional necesitaba encontrar a su Michael Jordan futbolístico: escogieron a Romario. Por suerte, el brasileño no era ningún monigote al servicio de Nike. Durante los años previos al Mundial, Nike fue seduciendo a futbolistas importantes para convertirlos en los Jordan, Agassi o Sampras del cuero y el césped. A los directivos de Nike ha llevado lustros individualizar el talento de un equipo de fútbol en una sola persona. Por si fuera poco, en los últimos 25 años, Adidas ha colaborado en esta carrera de ratas. Completado el proceso de individualización del jugador, lo curioso es ver cómo ambos han colocado a sus estrellas futbolísticas en casa del enemigo: Cristiano Ronaldo (Nike) viste Adidas en el Madrid mientras que Messi (Adidas) viste Nike en el Barça. En sus selecciones, ambos visten las marcas que les patrocinan. ¿Casualidad? No lo creo.

La evolución de las botas de fútbol

Tras la celebración del Mundial de EE UU las botas de fútbol empezaron a quitarse el luto de encima. Marcas como Diadora fueron las primeras en hacer botas blancas que rompían con lo visto anteriormente. Antes, la innovación de Adidas había sido ponerle caucho al empeine para que Ronald Koeman reventara la bola. Nike, por su parte, alargó las lengüetas a lo largo del empeine dando un toque desenfadado al jugador. Lo que realmente importaba (e importa) es la visibilidad del logo. Nike vive de hacerte pagar para que muestres su logo en el pecho de tus camisetas. Y funciona. Las dos grandes marcas no fueron las primeras en poner color a las botas, no podían arriesgarse, aunque pueden dar imagen de arriesgados e innovadores. Al principio veíamos a los jugadores más habilidosos vestir botas “diferentes”, después hasta los defensas llevaban botas blancas. Un insulto a la estética.

Cada vez ha sido más habitual ver cómo los jugadores llevaban botas de colores. Puede que ellos piensen que deciden por su cuenta lo que visten, pero, realmente, esas decisiones quedan en manos de las marcas. La avalancha de botas de colores ha sido tan grande que Cristiano Ronaldo tuvo que presentar como novedad… ¡unas botas negras! El rey del glamour es de los pocos iconos futbolísticos que ha optado por la austeridad. Sus botas no tienen derecho a brillar más que él. Yo le apoyo. Más adelante volveremos a hablar de Cristiano; un tipo curioso.

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Debemos destacar a dos jugadores que lucieron de manera brillante y única las botas de colores: Gabi Amato (blancas) y George Weah (rojas). Todos los que vinimos detrás tratando de imitar ese estilo fuimos malas copias carentes de personalidad. Éramos los chavales que esperaban a que sus ídolos calcen de cierta manera para imitarlos a continuación en los filiales donde jugábamos en aquellos lejanos 90. Esa era, precisamente, la estupidez de la moda.

La introducción de colores fluorescentes

Hubo un tiempo en el que los colores de las camisetas de fútbol eran primarios y entristecidos. Seguían una tradición y la camiseta del año anterior no quedaba desfasada de una temporada para otra. La década de los 90, una vez más, introdujo en el balompié el marketing del usar y tirar. Los modelos de las camisetas empezaron a variar dramáticamente de un año a otro. Las combinaciones de colores, al principio de está fiebre del marketing, tenían sentido o tradición. Pero poco a poco la industria textil empezó a introducir colores fluorescentes en las equipaciones. https://i1.wp.com/cdn.noticiaaldia.com/wp-content/uploads/2014/03/EEUU-94-Jorge-Campos-AP.jpgCómo no, Nike fue pionera en esta tendencia al crear la camiseta del Borussia Dortmund que ganó la Champions League en 1997. No puede faltar en esta lista la la camiseta del portero de México Jorge Campos. Un tipo que supo ser parte del espectáculo. Campos no era como esos jugadores modernos que dicen que “quien quiera espectáculo que se vaya al circo”. A veces, dan ganas de mandar a esos jugadores a Tercera División: ahí podrán jugar para no dar espectáculo. Campos no era el mejor, pero tampoco el peor de los porteros. Pero era diferente y lo sabía. Por eso encargaba que le confeccionaran esas camisetas tan raras que incluso llegaron a crear tendencia –de manera más moderada que en el caso de las botas de colores– entre los porteros. Él fue unos de los principales impulsores de la ropa fluorescente y estuvo apoyado por Nike, por supuesto.

Con estos antecedentes, a mediados de la primera década de los 2000 aparecieron las botas de colores fluorescentes. Nada ha tenido que ver, desde entonces, llevar botas chillonas con presumir de originalidad. Ya no es original llevar una cresta o ser negro y teñirse de amarillo como hacía Ibrahim Ba. Todo es una estrategia para llamar la atención de los niños y los aficionados infantilizados por el marketing. El fútbol, por momentos, parece una colección de rotuladores para repasar apuntes.

La estética por encima de la calidad

Ahora los futbolistas ponen más empeño en parecer buenos que en ser realmente unos ases del balón. Hay tantos focos de atención que el campo de fútbol se queda pequeño para satisfacer tanto ego. No es suficiente ser valorados como futbolistas, sino que también hay competición por ser el mejor vestido. La competencia es tan intensa como estéril. Hay jugadores que cuando salen a la zona mixta –donde les esperan cámaras, micros y flashes– vestidos con sus disfraces dan la sensación de haber hecho un partidazo. Confunden la sala de prensa con la alfombra roja de los Oscars. Muchos actúan dentro del campo pero de ahí a creerse Brad Pitt hay un trecho tan grande como el que media entre Rajoy y la honestidad. Lo fácil sería creer que los jugadores ponen modas en circulación, pero la realidad es bien diferente.

Las modas proceden de la calle. En este caso los futbolistas las difunden a mayor velocidad. El problema es que, en España, muchas de estas modas surgen de programas como Mujeres, Hombres y Viceversa o Gran Hermano. Esos programas no son precisamente los mejores espacios televisivos para copiar una tendencia. Una vez detectada esa tendencia, lo que hacen los jugadores es exagerarla: como tienen más dinero, la llevan al extremo. Es entonces cuando un tatuaje que abarca todo el brazo se convierte para los futbolistas en el equivalente de la bata para un médico. Cuando veo a un tío por la calle con un brazo tatuado me pregunto: “¿En qué equipo jugará?”. El arte del tatuaje ha sido “robado” por los futbolistas. Un robo que hace mucho bien a la industria del tatuaje, por otro lado, ya que multiplica el número de tatuajes que se hacen al año.

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Cada vez me cuesta más ver los partidos de fútbol en la televisión. Mi vista es decente pero cuando veo los encuentros mi atención va a los brazos de los jugadores. La culpa la tienen las cámaras superlentas. Suelo contar cuántos jugadores llevan el brazo cubierto de tinta. También suelo contar los regates que hace Cristiano Ronaldo, pero como acabo rápido me centro en los tatuajes. Curiosamente, el futbolista más rico del mundo no lleva ninguna maraña de tatuajes. Se dice que Iniesta no lleva tatuajes ni peinados raros, pero hablan de un tipo que no tiene pelo. En cambio, Ronaldo luce un cuerpo perfecto que podría servir como un lienzo perfecto para portar tatuajes. Al analizar a CR7, creo que su personalidad fuerte y, en apariencia, tormentosa va más allá de las modas. Si nadie llevara tatuajes, estoy seguro que él los llevaría. Por contra, Leo Messi te sorprende con un regate en un palmo de terreno como con un tatuaje en el brazo que ha visto a algún colega al que ha copiado.

Este artículo no podría finalizar sin citar a David Beckham, que se ha agenciado todas las modas del mundo hasta hacerse el pionero del marketing dentro del fútbol. Él sí ha actuado como un auténtico creador de modas. Para muestra, la serie de los peinados que lució un tipo que acaba de cumplir 40 años.

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