“Aquí hay buena fe” dijo el abogado mientras extendía sobre la mesa una carta que aseguraba –falsamente– que yo renunciaba por voluntad propia. Junto a esta carta había una hoja en la que aparecía deducido lo que me correspondía: una décima parte de la suma que deberían ofrecerme dado el despido injustificado. La primera carta, además, reducía mi salario y la buena fe de la empresa consistía en esta única oferta falaz, deshonesta y abusiva. Así que en esto consistía la buena voluntad.

La carta esperaba ser firmada y, ante mi falta de conformidad, el hombrecito mezquino anunció que ésta sería la única vez que se reuniría conmigo; acto seguido tomó los papeles y cerró la carpeta de golpe. Un gesto bastante histriónico que pretendía dejar claro que en ese cuarto escasamente amueblado no habría lugar para negociaciones. Le pregunté si tenía una pluma y si no le daba vergüenza traer papeles con tales mentiras.

Todo esto sucedía mientras en otra habitación de la fría casa, a puertas cerradas, trabajaban (o pretendían hacerlo, en todo caso) mis ex colegas. De esa mesa alargada llena de computadoras no obtuve ni un solo vistazo cuando pasé, ni qué decir de algún saludo. Todas se crisparon y clavaron los ojos en las pantallas, como quien se resguarda de la lepra y no me sorprendió. Nadie va a hacer amigos al trabajo.

El infeliz me preguntó si ésa era mi firma y pidió ver mi identificación; también quiso tomar una fotografía de ella porque no parecían iguales y respondí, en un arrebato de complicidad, que “ya no firmo igual porque ya no soy la misma persona”.

Apenas unos días antes llegué de buen humor al que sería el último día de mi trabajo en esa revista. Estuve media hora terminando pendientes y resolviendo textos para el siguiente número. Cuando noté que una de mis jefas respondía a mis preguntas con monosílabos y no me miraba a los ojos supe que algo andaba mal. No hizo falta ningún sexto sentido para saberlo, la gente es así de transparente. Un rato después de la tensión silenciosa llegó la otra jefa y, sin verme tampoco, me indicó que pasara a la sala.

En la sala me esperaba el “abogado de la empresa” (o el papá de una de las crías, como se prefiera), listo para informarme que la revista prescindía de mis servicios a partir de ese momento. Pregunté la razón por la cual las personas que me contrataron no me informaron del asunto en primer lugar. El hombre respondía casi a gritos y con amenazas todas mis preguntas, alzaba la voz cuando yo comenzaba a hablar y me interrumpía. Al fin acordamos una cita para la próxima semana, pasé al baño y cuando volví encontré mis cosas acumuladas en el piso de la sala: como faltaban algunas pedí pasar por ellas a mi lugar y de mala gana me dijo que pasara por ellas. Al entrar en el espacio de trabajo el tipo me vigilaba y dijo que no podía ya tocar la computadora. Después me escoltó hacia la puerta.

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Para algunas personas esta escena puede sonar de lo más normal. Para mí no lo fue porque, según recordaba yo, había entrado a trabajar a un lugar que se preciaba de preocuparse por las necesidades de sus empleadas y no comportarse como un corporativo inhumano; caray, si hasta feministas se decían. Pero de nuevo tuve que pensar en que nuestros contratos estuvieron siempre a punto de estar listos y jamás nos dieron ninguna copia de nuestros recibos de honorarios, de la prohibición reciente de salir por café (aunque en la oficina no había agua ni cafetera) y del ambiente cada vez más opresivo y hostil que reinaba. En la oficina la mayoría de las chicas sufrían de una pereza mental como no la he visto tan aguda en ningún otro lugar. Contrario a la propuesta de empleo que me ofrecieron estaba casi mal visto hacer algo más que copiar ideas y venderlas como propias e innovadoras.

A decir verdad, desde el principio sabía que estas personas no eran de confiar. Conocía historias de gente cercana a ellos que habían sido víctimas de su falta de profesionalismo y, a fin de cuentas, de su falta de humanidad, pero por alguna razón creía que a mí no me iba a pasar. Tal vez soy muy ingenua. Esta no es la primera vez que mi confianza se ha visto remunerada con un escupitajo en la cara.

Algo pasmada todavía me dirigí hacia la panadería más cercana con la intención de gastar los miserables pesos que había aceptado en éclairs y tartaletas. Unos pasos antes de llegar pasé al lado de dos albañiles que movían una enorme viga por la banqueta, cuando vieron que estuve lo suficientemente cerca uno de ellos dijo: “Ayer me eché a una güerita y cómo chillaba mientras se lo hacía…” No tuve la fuerza para voltear y darle, como se merecía, una bofetada. Pasmada, dejé pasar la colorida y olorosa vitrina del pan y me fui directo a un teléfono de monedas.

–Me despidieron –dije con la voz a punto de quebrarse y los automóviles que pasaban no me dejaron escuchar la respuesta. Yo era apenas una partícula del paisaje de ese viernes por la mañana repleto de hombres y mujeres transportándose, desayunando, contándose confidencias, ignorándose. Listos para todo. Listos para devorarse entre sí.

En el transcurso de los días siguientes recibí todo tipo de palabras de consuelo, unos maldecían junto conmigo y otros se ofrecían para quebrar ventanas, lo cual me hizo bastante gracia, pero lo que más me sorprendió fue la actitud de los que decían que así es la realidad laboral y lo mejor es aceptarla, no armar un escándalo y pasar a lo siguiente. Aceptar y callar, dejarse explotar y dar las gracias. Porque en la sociedad en la que vivimos es demasiado pedir un trato justo. Es una extravagancia protestar.

Desde entonces he estado preguntándome por qué. ¿Por qué acepté yo misma esas condiciones de trabajo? ¿Por qué frente a los abusos, las injusticias y las humillaciones nos quedamos paralizados? Por desgracia la vida parece irnos entrenando para aceptar como norma el maltrato. En mi caso este texto es un primer paso contra el pacto del abuso y el silencio.

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