Fotografía: Untaltoni

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Pikara. Así se llama uno de los proyectos periodísticos más irreverentes surgidos a causa o en contra (como se prefiera) de la crisis que vive el oficio en España. Una periodista, June Fernández, decide montar el medio que le gustaría leer y recluta amigas y partidarias para la aventura. Es la historia mil veces escuchada, pero que, en este caso, llega a buen puerto. Porque Pikara no es uno más entre esos cientos de proyectos on-line que nacen cada año con ganas de reinventar el periodismo para naufragar a las primeras de cambio. Cinco años y medio de trayectoria les han convertido en la publicación feminista por excelencia de estas latitudes. Porque el feminismo impregna todos los artículos de una revista que se ha convertido con el paso del tiempo en un gran colectivo en el que se invita a escritoras y lectoras a repensar los cimientos de la sociedad patriarcal donde ellas denuncian que coexistimos. Charlamos con Andrea Momoito, coordinadora de Pikara junto a Fernández, de su trabajo y de las claves para entender el milagro de una revista que no ha dejado de publicar en internet desde sus orígenes, que edita un número en papel al año, que acumula miles de seguidoras en redes sociales y que no solo paga el alquiler del local que les sirve como redacción en Bilbao. “También pagamos todas las colaboraciones –a los mismos precios que la mayoría de los medios serios de este país– para el papel o la web. ¿Qué otra cosa podíamos hacer?”, explica Andrea. El camino no ha sido fácil, pero de momento ningún enemigo ha conseguido cegarles el ojo crítico que todo periodista debe poseer.

–¿Qué entendemos como periodismo feminista?

–Para nosotras es una manera de hacer periodismo posicionado y crítico. Una de las funciones de la prensa es desarrollar una mirada crítica en la sociedad. Nosotras sabemos que nuestro periodismo es feminista, pero el resto de los medios también tienen su propia ideología. Cada vez que alguien habla de la objetividad, la neutralidad y la prensa sin ideología a nosotras nos entra la risa porque sabemos que todo acaba siendo androcentrismo. Esas miradas responden a la forma en la que el hombre ha manejado el mundo y no solo no responde a la mirada de las mujeres sino tampoco a la forma de entender el mundo de los trans, las lesbianas o los homosexuales. La prensa la hacen hombres blancos, heterosexuales y de clase media-alta para sus semejantes. Todo lo que salga de ahí no tiene cabida. Por eso nosotras montamos Pikara: sabíamos que había muchas historias que se quedaban fuera de los medios y que había que poner sobre la mesa. Sabemos que hacer periodismo feminista implica hacer mejor periodismo. ¿Cómo te puedes poner a explicar una crisis económica sin decirnos que afecta más a mujeres que a hombres? ¿Cómo puedes hacer un reportaje sobre criminología sin decir que el 95 por ciento de los asesinos son hombres (porque no solo asesinan a mujeres, también se asesinan entre ellos)? Tampoco nos dicen que la mayoría de los casos de accidentes y conducción temeraria están protagonizados por hombres. No se trata de acusar sino de explicar por qué pasa esto. Nosotras creemos que se debe a la estructura social predominante, que marca un estilo de ser hombre muy agresivo que acaba siendo perjudicial tanto para ellos como para el resto de personas.

–¿Qué responsabilidad tienen los medios de comunicación en la construcción de la sociedad machista en la que vivimos?

–La perpetúan cada día. Se ve claro cuando tratan un asesinato machista. Un monográfico que hicimos trata sobre la cobertura de esos sucesos. Pikara nace de la red vasca de periodistas con visión de género, que pretendía dar toques de atención a nuestros compañeros y compañeras para que no dijeran “crímenes pasionales” o “muere arrojada por un balcón”. Hay ciertas cosas que en la prensa asumimos como normales y no lo son. En los asesinatos machistas se ve claro. Más allá de la redacción de las noticias, se refleja en el papel que le dan en la prensa. Su importancia o no se debe principalmente a un criterio geográfico. Si la asesinada es de Ibiza seguro que tiene mucho eco, pero si es de Bilbao es apenas un breve. Aparecen esos asesinatos como si fueran casos aislados, justificados por los celos o por culpa de un divorcio. No estamos ante problemas privados, es un asunto global. El asesino es parte de un engranaje que le lleva a matar. Eso la prensa no lo está reflejando cuando creemos que es un problema de primer orden político. No podemos, como ciudadanía, seguir acudiendo al “una más” y “otro loco” cada vez que asesinan a una mujer.

–¿Cómo se puede cubrir un asesinato machista sin recrear la parte luctuosa del crimen? ¿Cómo se aporta ese contexto del que estamos huérfanos?

–Hablando con expertas en la materia. Llama a una abogada feminista. Llama a alguna de las mujeres que han peleado tanto por la Ley de Igualdad. Llama a alguien que entienda de qué hablamos cuando sacamos a colación el patriarcado. No hables con los vecinos o con la dueña de la tienda de abajo. Eso no aporta absolutamente claro. Se debate sobre ello y nosotras tampoco tenemos absolutamente claro hasta cuándo hay que dar información de la víctima. Tuvimos muchas dudas de cómo se debía informar sobre el caso de Ada y Jenny, asesinadas en Bilbao por un hombre al que la prensa presentó como “el falso maestro shaolin”. Hasta donde sabemos, asesinó y troceó a dos mujeres que eran prostitutas y migrantes. Tuvimos el debate de si esos datos se debían contar o no. Algunos lo hicieron y otros, no. June [Fernández, la directora de Píkara], mi compa, escribió un artículo donde dio con la clave: en ese caso esos datos sí eran importantes porque estábamos en un caso de doble discriminación; ser prostitutas y migrantes les había puesto en una situación de vulnerabilidad. También criticamos la Ordenanza Pública del Ayuntamiento de Bilbao, que es terrible respecto a la prostitución, alejándolas del centro de la ciudad y exponiéndolas en las afueras, y a la Ley de Extranjería, que tampoco ayuda a estas mujeres a salir de esa espiral.

Volviendo al origen del debate: a mí sí me parece importante conservar la memoria histórica de estas mujeres. Contar quiénes eran y no olvidar por qué acabaron así.

–¿Vivimos en una sociedad que le da más importancia al qué frente al cómo?

–Yo creo que es el cómo el que está por encima del por qué. Nos explican con todo lujo de detalles cómo ha sido degollada una mujer pero no explican qué es la violencia machista. Un periodista ante un texto la pregunta más revolucionaria que puede hacerse es por qué pasan las cosas. De un periodista no espero que me cuente las cosas, espero que me las explique. Para contarme que han asesinado a una mujer ya está el vecino.

–Hay proyectos de investigación que están empezando a mirar el machismo a través de los ojos de los hombres, cuantificando el sufrimiento de los que se ven obligados a ejercer de sexo dominante en esta estructura social.

–Obviamente, el patriarcado oprime mucho a los hombres, pero, ahora que nos están asesinando en todo el mundo sistemáticamente, no creo que sea labor del movimiento feminista ponernos a pensar en eso en este momento. Sí creo que habría que animar a los hombres a que empezaran a formar grupos por la igualdad, donde estudiaran la posibilidad de abrirse a otras masculinidades. Hay experiencias en ese campo que están haciendo un trabajo muy importante. Si sientes que el patriarcado también te oprime, peléalo, busca a otros hombres que sientan lo mismo que tú y reflexionad sobre el tema. Hay un grupo de Bilbao que está planteando ese tipo de cuestiones con la policía o los bomberos. Eso me parece muy interesante. No es lo mismo que vaya a un hombre a hablarles de esas cosas que si vamos nosotras. De una feminista se reirían. De hecho ya lo comprobamos cuando hemos hecho charlas para periodistas.

–¿Qué ocurre?

–Se ríen. No te hacen ni caso. Se inventan cualquier excusa para irse. Pero no hay manera de que entiendan que esa formación ayuda a que hagamos mejor el trabajo. Nosotras tenemos un taller para que vayamos más allá del “los vascos y las vascas”. Creemos que es más importante huir del “los médicos y las enfermeras”. Se trata de reflexionar sobre los imaginarios que creamos. Cuando escribo, intento utilizar términos genéricos. Si no es posible, tampoco me obsesiono, pero no me preocupa tanto eso como expresiones totalmente asumidas como la que te he dicho, pese a que ahora haya más mujeres que hombres cursando Medicina. En esas sutilezas del lenguaje tenemos que insistir más, o en costumbres como la de describir a una mujer por su cuerpo en las mismas páginas del periódico donde no hacen lo mismo con los hombres.

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–Vivimos en la época de la cosificación. El hombre es cada vez más objeto en la publicidad.

–Con todo lo que hemos luchado para que eso no ocurriera con las mujeres, no solo no lo hemos conseguido sino que ahora también le ocurre a los hombres. Los cánones de belleza preestablecidos para mujeres y hombres son demenciales.

–¿Las sutilezas del lenguaje pueden ser los árboles que no dejen ver el gran bosque de la desigualdad? Son flagrantes los casos de desigualdad salarial entre dos personas que hacen el mismo trabajo.

–Sí, pero también me parece muy paradigmático a lo que está pasando todas las resistencias a que hablemos del lenguaje; me refiero al cómo nos ridiculizan. Más allá de que el lenguaje solo sea un síntoma y no el germen del problema, cuando lo tratas solo te encuentras risas y burla. ¡No está fácil entrar directamente en el bosque! Mira el cachondeo que hubo cuando Bibiana Aído dijo “miembros y miembras”. Una lingüista nos contó que lo mismo pasó en los ochenta con la palabra “socias”, decirlo parecía la palabra más rara del mundo.

–¿Es España un estado menos machista que hace cuatro décadas?

–No sé si es menos machista, pero es cierto que el movimiento feminista ha conseguido muchas cosas. Sobre todo, hemos logrado una igualdad formal. Ahora nos queda lo más difícil. ¿Cómo conseguimos que los padres y las madres eduquen a sus chavales en igualdad, que las chavalas no crean que los celos forman parte del amor? Hay que pelear por modificar esas sutilezas, ya no es que el gobierno que sea cambie un artículo de una ley. Hablamos de cambiar un modelo cultural. El problema no es que una canción diga una barbaridad, es que todas las canciones van en esa línea y no tenemos alternativas. Tengo una hermana adolescente y alucino con el control que ejercen sobre las jóvenes las redes sociales. En España seguimos siendo ciudadanas de segunda: se demuestra en cómo nos asesinan, en cómo nos tratan, en cómo nos pagan, en cómo nos movemos nosotras por la calle y cómo os movéis vosotros. Y es difícil hacerlo ver porque en el momento en el que alzas la voz parece que eres una paranoica que lo está sacando todo de quicio. Quitarnos ese cliché nos va a costar un montón.

–¿No crees que haya una ruptura con el modelo tradicional de sociedad?

–Solo se produce en ciertos sectores. En otros, no. Claro que hay cambios, pero no suficientes. Sí que veo modelos de familia y relaciones que hace unos años no se exhibían con tanta naturalidad, pero queda mucho por hacer. En mi ámbito el mundo es maravilloso y ultrafeminista, pero salgo de mi burbuja de seguridad y alucino porque nos encontramos en institutos bilbaínos con chavalas que a día de hoy te siguen diciendo que les gusta que su novio las controle porque significa que las quiere mucho y quiere estar con ellas mucho tiempo. ¿Cómo influimos para que eso deje de ser así? ¿Cómo desterramos la obsesión por tener pareja? Hablo de esa imposición del amor como meta para formar una familia y comprar una casa y no como un sentimiento en sí mismo bonito que vivir. Eso se ve mucho en la aceptación que ha habido de gais y lesbianas: maricas y bolleras, si os compráis una casa y tenéis hijos por gestación subrogada, bien; maricas y bolleras en cuartos oscuros, mal.

–Uno de vuestros intereses en Pikara es el debate sobre el poliamor.

–Está muy en boga últimamente. Lo estamos analizando desde muchos puntos de vista. Hace poco publicamos un artículo de Coral Herrera donde decía: venga, chicas, estáis flipadas, esto del poliamor no es tan fácil. El pensamiento feminista va mucho más rápido que el mundo que quiere deconstruir. El poliamor es el modelo al que nos gustaría ir en lo político y en lo personal, pero por muy feminista que seas la gestión de los celos es algo difícil de conseguir. Yo no sé gestionarlos por mucho que me haya leído a Coral Herrera y a Brigitte Vasallo de adelante a atrás y de arriba abajo una veintena de veces.

–Resistencia es una de las palabras que más has repetido en este rato que llevamos hablando. ¿Por qué levanta tantas ampollas hablar de feminismo?

–Porque cuestionamos los privilegios con los que vive la mayoría de la gente. A nadie le gusta ver cómo se tambalea su estilo de vida. Cualquiera puede alucinar si lee los comentarios que nos dejan en la web de Pikara. A muchas personas les hiere que cuestionemos, por ejemplo, la manera de criar a sus hijos. Eso es un reto para nosotras. ¿Cómo hacemos para que la gente se responsabilice sin sentirse atacada? Es difícil porque enseguida nos sentimos atacadas en lo íntimo. A nosotros también nos pasa cuando nos atacan: la primera reacción es defenderte y sacar las uñas antes de justificarte. Replantearte un segundo tu vida no significa que alguien sea mala madre. Nos olvidamos de que muchas de las cosas que han marcado nuestra vida ya nos venían impuestas con el género. Como mujer, yo ya era un montón de cosas antes de saber yo absolutamente nada de qué era y cómo quería ser.

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–¿Por qué las políticas españolas que han llegado más lejos en política pertenecen al partido que representa el pensamiento más conservador y tradicional?

–También pasa en más sitios.

–Thatcher, Merkel, Clinton…

–Ojo, eso no es patrimonio de la derecha. Mira Podemos: las mujeres que están más arriba en el partido son las menos feministas. Carolina Bescansa ha dicho que el aborto no era un tema aglutinador. No creo que ningún partido, de derechas o izquierdas, vaya a poner fácilmente a una mujer feminista en primera línea porque el feminismo desmontaría cualquier partido.

–¿Por qué?

–Porque las propias lógicas estructurales de los partidos son patriarcales. Desde las horas a las que ponen las reuniones hasta cómo se plantean esas reuniones. ¿Cómo lo plantea una mujer frente a sus cargas familiares? Carolina Bescansa hizo el gesto de llevar al niño al Congreso, ¿pero quién cuida al abuelo o a la abuela? Las mujeres no solo cargamos con la maternidad, también con nuestros padres y madres… y los de nuestras parejas.

–¿No crees que cada vez hay más hombres que se hacen cargo de esas responsabilidades?

–Hombre, algo así, no fastidies. ¡Pero muy poco y muy lentamente! Bajar con tu hijo al parque por las tardes no es conciliar la crianza. La carga de responsabilidades sigue recayendo en la madre aunque pase con los niños menos tiempo de ocio.

–Cuando la polémica sesión del Congreso a la que Bescansa acudió con su hijo publicasteis un vídeo donde otras diputadas daban opiniones muy diferentes sobre lo sucedido. No influía el partido del que formaban parte sino la generación a la que pertenecían.

–Eso está muy relacionado con las diferentes tendencias del movimiento feminista. Ahora hay corrientes mucho más promaternidad, favorables a la crianza y a la lactancia. Hace no mucho era diferente. Entiendo perfectamente que para las mujeres que estaban obligadas a hacer eso, ponerse en contra era una liberación. Es normal que a las diputadas más veteranas lo de Bescansa les parezca una aberración. Pero ojo, hay que tener cuidado con la idea romántica de la vuelta al hogar de la mujer. Eso está sucediendo: corremos el riesgo de que se reconstruya el ideal romántico de la mujer madre y ama de casa. La casa ha sido la cárcel de muchísimas generaciones de mujeres.

–¿Qué papel debe jugar el hombre en la crianza de los hijos?

–Es imposible que con las vidas que llevamos solo dos personas se encarguen de todo lo que tienen que hacer para criar a sus hijos. Mi ideal es que caminemos hacia formas de crianza en las que participen más personas. Conozco experiencias así. ¿De verdad que queremos seguir viviendo de dos en dos o de tres en tres en casas cada vez más oscuras y pequeñas? A mí me gustaría ser madre, ¿pero cómo voy a serlo sola con esta precariedad? No hay que olvidarse, eso sí, de que este es un camino muy difícil. Me imagino yendo a casa de mis padres a decirles que voy a ejercer una crianza distinta y colectiva, no sé si lo entenderían [ríe]. Son retos difíciles, pero me alegra pensar en ellos.

–Esta respuesta entronca con la parte anticapitalista de vuestra revista. ¿Qué es el anticapitalismo para ti?

–Nosotras no somos grandes teóricas ni del feminismo ni del anticapitalismo, que es el camino para que entre todas podamos ir construyendo una vida más digna que nos haga más felices.

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–¿Qué hay de cierto y que hay de mito en el matriarcado vasco?

–¡No soy una experta en el tema! Sí he leído a varias antropólogas vascas y todas defienden que es totalmente un mito; algunas, que es falso no solamente en el País Vasco, sino en cualquier parte del mundo, donde afirman que no ha habido nunca matriarcados. Sí sociedades matrilineales, pero no matriarcados. No conocemos sociedad donde la mujer hayan tomado las decisiones públicas y políticas. Puede que la mujer en Euskal Herria haya tenido un papel más importante que el de ocuparse del hogar, pero aquí tampoco hemos tomado decisiones importantes. Siempre me ha causado mucho interés saber de dónde viene esta idea del matriarcado.

–¿Cómo habéis conseguido que una aventura tan a la contra como la de Pikara siga existiendo cinco años después?

–Nos descojonamos cuando nos dicen que acertamos eligiendo nuestro nicho de mercado. Simplemente, no encontrábamos un sitio para hacer el periodismo que queríamos. Ese periodismo se ha visto que también lo necesitaba más gente. Mucha gente dice que hemos acertado con la identidad visual de Pikara, pero es fruto más de la improvisación que otra cosa. Detrás de este proyecto no hay estudios de mercado ni de marca, hay un WordPress muy cutre que se bloquea todo el rato. Usar ilustraciones es algo que ha gustado mucho en Pikara, pero recurrir a ellas no ha sido más que resolver el problema de cómo ilustrar una historia que aborde el problema del género y la pederastia, por ejemplo. El uso del humor también ha sido clave. No sé si estamos amargadas las feministas, pero sí cabreadas y muy tristes porque todos los meses matan a muchas compañeras en todo el mundo. Sentirlas como tus muertas es duro de narices, pero nosotras llevamos por bandera que estamos aquí para pasarlo bien y tenemos que disfrutar como podamos. Pikara no se parece a la prensa feminista que había existido hasta ahora, que pertenecía a la academia o al propio movimiento. O estabas muy puesto en los lenguajes que se manejan en esos ámbitos o no te enterabas de nada. Hemos puesto en valor la idea del periodista, reivindicar que existe una profesión que sirve para traducir lo que te cuentan los eruditos. Ojo, muchos artículos que nos han funcionado los han escrito teóricas feministas, pero hacemos un trabajo de edición importante: siete notas al pie no puede haber en un texto periodístico. La simplificación y la literalización es fundamental.

–El propio nombre de la revista ya suscita irreverencia.

–Mira, nos íbamos a llamar M. Si salimos con ese nombre duramos menos de un año. Seguro. Una amiga, que tiene una perra caniche que se llama Pícara, nos propuso llamar a la revista igual. Así salió el nombre: Pikara con k. Arrasó en una encuesta que hicimos entre gente conocida. Una amiga nos dijo que le sonaba a eso que siempre decimos de que somos malas, pero podemos ser peores. Algún día alguien nos contará qué pasó con la revista en nuestro primer año. No entendemos nuestra eclosión. Hubo un texto de Emi Arias, Tetas y toros, que nos situó bastante bien porque hablaron de nosotras en El País y en La Sexta, pero no fue solo eso.

–Curioso me parece que hayáis convertido en viable económicamente un proyecto periodístico que no se hace desde Madrid o Barcelona y no tiene precisamente afán localista.

–Mucha gente nos dice si somos de Madrid o Barcelona.

–¿Hay mirada bilbaína en la edición de la revista?
–No. La mayoría de las colaboradoras no son vascas. Intentamos escribir bastante en las lenguas minorizadas del Estado y en la que menos lo hacemos es en euskera –manda narices–. La lingüística es una apuesta importante de Pikara, cada socia tiene la opción de elegir en qué lengua quiere que nos comuniquemos con ella. Empezamos con catalán y gallego, y ahora vamos a ofrecer en asturianos y aragonés. Eso amplifica hasta límites insospechados nuestro caos, pero nos parecía una apuesta importante. Otro proyecto que nos ha entusiasmado es el Glosario feminista en lengua de signos. Muchos conceptos de la teoría feminista que para nosotros son básicos no existen en lengua de signos. Hemos trabajado con mujeres sordas para crearlos y está empezando a tener acogida. Darnos cuenta de eso nos ha recordado que Pikara es un desastre para que puedan acceder a ella personas ciegas y sordas. Intentamos acudir a todas nuestras presentaciones con una intérprete de signos y subtitulamos todos nuestros vídeos. El esfuerzo es grande, pero vale la pena. Habría que preguntarse por qué las instituciones, que tienen los recursos y los profesionales formados al alcance de su mano (hay intérpretes en todo el Estado deseando currar), no ponen tanto empeño.

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