La separación entre película y documental se hace prácticamente invisible en el último trabajo de Asif Kapadia. El cineasta londinense de orígenes hindúes estrena Amy, the girl behind the name, un duro y conmovedor film sobre la vida de la fallecida cantante Amy Winehouse. Cuando parecía que el mundo se había sobrepuesto a la pérdida de una de las voces más impactantes que ha dado la música desde la desaparición del mismísimo Frank Sinatra, llega el famoso director británico para mostrarnos desde otro punto de vista la crudeza de una realidad, la de Amy, de la que todos fuimos conscientes durante sus últimos años.

Esta grabación viene cargada con una información privilegiada acerca de la vida de la cantante con la intención de romper con todos los juzgamientos morales que se han hecho desde julio de 2011, cuando falleció Winehouse, sobre las adicciones que llevaron a la muerte conjunta de la voz y el mito. Es así como con acritud y transparencia la cinta nos muestra los primeros pasos artísticos de la cantante inglesa, los momentos en los que una demoledora personalidad se iba edificando en su interior para acompañar a su desgarradoras cuerdas vocales, la herramienta clave para entender la magnitud de su éxito.

La pasión y el despotismo llevarían a esta joven británica tanto a ser uno de los mayores iconos mundiales de la música jazz como a protagonizar una tragedia televisiva que a todo el mundo enganchaba. Con tan sólo un álbum publicado (Frank, editado en 2003 con apenas 20 primaveras) Amy ya se había consolidado como una voz prodigiosa que rompía esquemas con sus letras acerca del amor y la entereza personal, unas melodías y un lirismo que dejaban entrever un carácter visceral a la vez que necesitado. Sin duda, ese fue su punto débil. A la temprana edad de diez años, la cantante forjaría una rebeldía falta de límites a causa de la ausencia de su figura paterna, un Mitch Winehouse infiel a su mujer, que no tardó en marcharse del hogar familiar. Sin embargo, cuando la fama llamó a la puerta de Amy, su progenitor reaparecería en escena y sería un pilar en la vida mediática de su hija. Como su representante, se encargó de cerrar contratos para que la potencia vocal de Winehouse hija girara por medio mundo. Sin embargo, Mitch jalonaba sus ingresos con actividades menos edificantes, como permitir a la prensa sensacionalista grabar a Amy, una veinteañera que deslumbraba al mundo con sus temas de soul y jazz, en sus momentos más oscuros. Así se hicieron famosos los vídeos en los que la diva aparecía drograda y fuera de control.

Pero no avancemos acontecimientos. Antes de la droga estuvo el amor. O, mejor dicho, fue el amor la droga primeriza, el pecado original de Amy. Esa imparable necesidad de sentirse amada la hizo desembocar en una devastadora e inseparable relación que marcaría el inicio de todas sus adicciones. La cantante mantuvo diversas relaciones sentimentales que le abrirían el camino para escribir canciones como Stronger than me e inclinar su carrera hacia el éxito, pero sería años más tarde cuando el mayor vicio de la cantante apareciese. Blake Fielder-Civil, con el que se casó en 2007, irrumpirá con fuerza haciendo que Amy llegue a los topes de su aguante vital. Para alguien con una personalidad tan fuerte y quebrantable a la vez, embarcarse en una relación alimentada por el descontrol y las drogas sería el punto de inflexión que determinaría su trágica existencia. Fielder-Civil fue el gran amor de su vida pero también la mayor tragedia que conoció Winehouse a lo largo de sus 27 años. Su pareja daría comienzo a una vorágine de acontecimientos nada agradables que marcarían la existencia de esa judeobritánica que cantaba como una negra de Nueva Orleans. Paradójicamente, la parte creativa se vería recompensada por los excesos. Gracias a Blake nacería Back to Black, disco que el que le llegaría el Grammy a Amy y con el que daría comienzo a una oscura etapa en su apartamento londinense de Camden Town.

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En Amy, the girl behind the name, el personaje de Nick Shymansky, su mejor amigo y manager en los primeros compases de su carrera, retrata con claridad las imágenes que el público no podía ver través de las cámaras cuando la estrella de la canción estaba viva:

“Amy tenía una adicción, pero no sólo a las drogas, sino a su amor por Blake. Todo el mundo piensa que fue el alcohol lo que la mató —pero no fue así—, fue el amor lo que puso su vida en la cuerda floja”.

La cuestión indudable es la siguiente: ¿existirían canciones tan buenas y demoledoras si Blake Fielder-Civil no hubiese llegado a la vida de la cantante? Posiblemente, no. Su marido –e introductor en el mundo de las drogas– era la llave maestra que abría todo el potencial de la compositora. La criptonita que alzaba y destruía todo lo que Amy tocaba.

Kapadia nos cuenta así en el largometraje cómo un chica hebrea introvertida, la típica adolescente que no quería llegar a la fama, acabó convirtiéndose en el plato estrella de todos los paparazzis, tanto los de los rotativos amarillistas ingleses como los que trabajaban para la prensa internacional. Las acciones cometidas por Amy bajo los efectos de los estupefacientes eran retransmitidas mundialmente en millones de televisores británicos y extranjeros, lo que no ayudó a que la estabilidad emocional de la celebridad pudiese encauzarse durante mucho tiempo. La película documental ayuda a comprender cómo la figura paterna contiene gran relevancia en la composición de temas como Rehab, donde Amy expresa su negación a ingresar en una clínica de rehabilitación ya que Mitch Winehouse no lo cree necesario. Palabra del padre. Esa negativa a rehabilitarse cambió cuando una sobredosis y los problemas alimenticios atacaron a la diva del jazz. No obstante, traspasa la pantalla la perplejidad de todas aquellas personas cercanas que insistieron en su recuperación mientras se formaba una capa de humo sustentada de fama y dinero alrededor de la voz dorada de Amy. ¿Pudo la familia salvar a Amy? ¿Podría haberlo hecho alguien?

Con tan sólo dos álbums en el mercado, cuando llegó 2007, cuatro años antes de su muerte, ya había sido nominada a seis premios Grammy en distintas categorías musicales. Paralelamente, su destrucción interna y su adicción a la bebida iban haciendo estragos en su seno, sobre todo tras la detención y encarcelación de su marido por tráfico y posesión de drogas. En ese infierno había pequeños oasis. Uno de ellos se produjo cuando uno de sus ídolos musicales, Tony Bennet, accedió a grabar una canción con ella tras haber ganado el premio a mejor artista británica. Se puede llegar incluso a sentir la pasión con la que la cantante se tomó este reto, y escuchar la belleza de dos grandes personalidades del soul, quienes, unidas, darían a luz una canción única, Body and Soul.

–Si tuviese la oportunidad de hablar con ella otra vez, le diría: “Frena, eres demasiado importante”.

Así lo cuenta el propio Tony Bennet cuando recuerda su mano a mano con la que hace una década era la chica prodigio de la música mundial. Y es que encarnar una voz soul con tanta fuerza para cualquier mortal es inimaginable. Pero eso es lo que hacía Amy Winehouse.

Sin duda el retrato de su vida que se va construyendo a través de los testimonios de aquellos que la conocieron y compartieron parte de sus días está formado por una serie de piezas testimoniales que encajan a la perfección en este documental, transmitiendo una conmoción y empatía que llegan con fuerza a los espectadores que acuden al cine para ver Amy, the girl behind the name. Triunfadora en el pasado festival de Cannes, la película de no ficción llega a España con la historia más ruda y dolorosa que han producido el jazz y el soul en los últimos tiempos. Es la vida de Amy, es la chica detrás del nombre.

Fotografías: Wiki Commons.

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