Cuando dentro de 50 o 100 años, gracias a YouTube, se siga recordando el gol de Sergio Ramos en Lisboa que transportó al Madrid al edén de las diez huríes, el primer plano del vídeo seguirá siendo para Modric. El córner es la jugada-metáfora del fútbol: el saque de esquina es una unidad de acción y de destino que liga para siempre al que lo saca con el que lo remata, y a éste, con el portero, que es quien recibe un castigo percibido como inexorable. Hay tres nombres unidos para siempre aquel gol de Ramos: naturalmente, el central de Camas; Courtois, el gigante belga que no pudo impedirlo, y Modric. Esa jugada, la más determinante de la Historia contemporánea del Real Madrid, explicará también a las generaciones futuras, mejor que ninguna otra, quién es el pequeño croata calcado a Cruyff que hace de 10 llevando el 19 en Chamartín: un hombre que construye su gloria haciendo la de los demás.

En verano de 1991, el Ejército Popular de Yugoslavia invadió la recién proclamada República de Croacia ocupando el territorio croata más densamente poblado por serbios al sudeste de Zagreb: la autodenominada República Serbia de Krajina. La pequeña aldea de Modrici, cerca de Obrovac y al norte de la costa adriática, era uno de esos territorios fronterizos en donde serbios y croatas convivían en un estado de excitación violenta que se desmandaba. Modrici era pobre; un sitio miserable, yermo, elevado sobre colinas agrestes, al pie de la carretera principal entre el norte y el sur de Croacia. Un lugar cuya economía dependía casi en exclusiva de la ganadería, de pocas expectativas y sacudido por la tensión prebélica del momento.

En Modrici, bordeando el camino hacia las montañas, vivía un pastor llamado Luka Modric. Su casa era de piedra antigua, encajada en una pradera verde, frente a un sendero de grava: una típica postal de la España cantábrica. Con Luka Modric vivían Stipe, su hijo, y Jasminka, la mujer de su hijo, padres de Luka y Jasmina. El pequeño Luka era muy rubio y muy bajito. Nació seis años antes en el hospital de Zadar. Apenas hacía un año que había nacido su hermana, Jasmine. Stipe y Jasminka trabajaban empleados en una fábrica textil de Modrici; una tarde de diciembre de aquel año 91, el viejo Luka Modric subió el ganado a los prados de las colinas. Allí se topó con milicianos paramilitares serbocroatas que capturaban, junto a los soldados regulares yugoslavos, la región de Obrovac para los rebeldes de Krajina. Fue asesinado. Stipe y Jasminka lograron huir de Modrici. Sacaron a sus hijos de allí antes de que su casa de piedra, como muchas otras casas de piedra de muchas otras familias de la aldea y de otras tantas aldeas como Modrici, ardiera destruida por los rebeldes. La familia Modric encontró refugio en el Hotel Kolovare de Zadar, a sesenta kilómetros de allí, donde iba a empezar, también, la epopeya personal del mejor centrocampista del mundo.

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El Real Madrid comenzó a orbitar en torno a la estrella solar de Luka Modric el 6 de marzo del año 2013. El día en que la institución más legendaria del deporte mundial cumplía 111 años, el croata flaco y enjuto al que el Hadjuk Split rechazó mucho antes, por frágil, rompió la portería de David De Gea con un latigazo. El chut desde la frontal impactó en el poste y el ruido se expandió desde Old Trafford hasta Ganímedes como el eco cósmico de una victoria; del triunfo de un hombre contra el medio y sus circunstancias. Ese día, Modric se hizo ya imprescindible en el Real Madrid: primero para José Mourinho, quien pagó por él 40 millones de euros el verano anterior al Tottenham Hotspurs; luego para Carlo Ancelotti, quien decidió convertirlo en su playmaker. Modric empató con aquel pelotazo violento una eliminatoria que el Madrid perdía 2-1 frente al Manchester United. Revertió aquella situación exhibiendo no sólo una contundencia prodigiosa en el golpeo con su pie derecho, sino una perseverancia inquebrantable; un ánimo que puede sorprender a quien a primera vista contemple su figura apocada y tímida: en el terreno de juego, tan sólo es apariencia. La jugada, cuando vuelve a Modric, regresa sobre la portería contraria con la insistencia de las olas.

Al poco de llegar al Hotel Kolovare de Zadar, de cuatro estrellas, mazacote de hormigón erigido sobre la exuberante costa dálmata y convertido de pronto en campamento de refugiados de guerra, Stipe Modric marchó al frente. A luchar por Croacia. Su hijo Luka se quedó allí, dándole pelotazos a la fachada del hotel, rompiendo ventanas desde el aparcamiento. El director del Kolovare, empleado también del club de fútbol de la ciudad, pasaba junto a él todas las mañanas. Un día le comentó a Josip Bajlo, el presidente del Nogometni Klub Zadar, que se había fijado en un crío rubiasco y casi microscópico que estaba refugiado junto a su familia en el hotel. De él le llamó la atención el apéndice con forma de balón de fútbol que tenía siempre pegado al pie. Se lo llevaron a entrenar, con otros muchos hijos de refugiados. Al mismo tiempo, la familia Modric dejaba el Kolovare para instalarse en otro hotel, habilitado también para acoger a desahuciados por la guerra, desde el que se podía ver el campo de entrenamiento de la Escuela de Fútbol del NK. Luka voló desde el aparcamiento hasta el césped, en una época en la que caían entre 500 y 600 obuses serbios sobre la ciudad: los niños dejaban el campo corriendo hasta el refugio antiaéreo en cuanto sonaban las alarmas. En 1993, el frente se alejó, y a Zadar regresaron el agua corriente y la electricidad. Para entonces Luka Modric, con 8 años, a quien Josip Bajlo describiría más tarde como poco más alto que la mesa de su escritorio, había cautivado a Tomislav Basic, el director de la Escuela del NK.

Ruinas croacia

Quizá ese empeño terco en salir adelante creció en Luka Modric gracias a la convicción de este hombre. Tomislav Basic, su padrino deportivo, a quien telefoneó cuando se concretó su pase al Real Madrid en agosto de 2012. Basic fue quien le llevó a Split para  convencer al Hadjuck, textura emocional de la Dalmacia. Basic fue también quien, seguro de estar ante una cornucopia de talento, lo levantó tras la decepción por el rechazo del club del que Luka era hincha desde la cuna y lo depositó frente a la puerta del Dinamo de Zagreb. Tengo dos niños muy buenos, dicen que les dijo. Aceptaron. Stipe Modric trabajaba desde 1995 como auxiliar militar en el aeropuerto de Zadar. Jasminka había encontrado trabajo como costurera. El potencial del primogénito fue lo que les llevó a empezar de nuevo en Zadar, asumiendo pequeños y constantes sacrificios. Con 15 años, Modric se mudó a la capital, prevenido por Stipe sobre el peligro de la vida disoluta y la noche de Zagreb.

En el mejor equipo de Croacia se admiraban de su talento natural: aquel chico se transformaba al tocar el balón. Era como si sostuvieran una amistad harto estrecha, como si Modric conociera todos los secretos de la esfera de cuero. La inercia de los botes, los giros en falso, la dirección del viento, cuánto ha de pesar una pelota para poder pisarla cual si uno se deslizara encima de un skate. Da esa impresión, a lo menos, cuando uno lo ve jugar ahora con el Madrid: la manera de correr, sin esfuerzo aparente; la zancada que tiene de San Cristóbal, llevando la bola imantada en el tobillo como si en ella transportara al niño Jesús mientras le explica teología a los sabios del templo. Es la naturalidad, y no puedo sino creer que ésta se forjó tras largas conversaciones entre la pelota, Modric y una pared. Pasó a las categorías inferiores del Dinamo arrastrando tras de sí la duda de su cuerpo, menudo, endeble, a pesar de haberlo trabajado con un especialista en el NK Zadar desde los 9 años. Pero Luka era preciso con el balón, rápido, batía líneas como si no le costara. Veía huecos que se presentaban opacos para los demás. Descifraba los ángulos muertos, y chutaba desde lejos como un demonio. Con 18 lo mandaron a Mostar, al HSK Zrinjski: la liga más dura de los Balcanes, un campeonato brutal, en palabras de su entrenador allí. Háganse una idea de lo que esto significa, en boca de un balcánico, posiblemente la gente más dura de la Europa contemporánea. Pero Modric confió en su talento por encima de todo; en el engaño y la pausa, en el calambrazo de su bota derecha: fue elegido mejor jugador de la Premijer Liga bosnia en la 2003/2004.

Hecho ya futbolista profesional, regresó a Croacia. Sin embargo, en el Dinamo todavía dudaban: la famosa adversativa que ha acompañado siempre a este jugador extraordinario. Fue cedido otra vez: al NK Inter Zapresic, un club menor de la primera división croata. Allí se despojó del mito de la fragilidad, llevando al modesto Inter Zapresic a las puertas del título con una campaña prodigiosa. En 2005, catorce años después de salir huyendo de la aldea donde mataron al abuelo Luka, el pequeño Modric ingresó con honores en la primera plantilla del Dinamo.

 

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Cuando en 2010, Chelsea y Manchester United se disputaban la hegemonía de la Premier League, se decía en Inglaterra que quien adquiriese a Luka Modric, obtendría la supremacía en el fútbol de Gran Bretaña. Mediapunta liliputiense y extremadamente técnico, su estatura le otorgó, en compensación, un centro de gravedad adecuado para dominar el tempo del juego inglés, increíblemente rápido. No había nadie como él en aquella liga. Nadie que intuyera los espacios, ni que adivinara la geometría de los movimientos dentro del rectángulo verde; nadie que interpretara la velocidad del juego y lo articulara con la precisión adecuada con que lo hacía Luka Modric. Pero su fichaje por el Chelsea, en 2011, no se concretó, como tampoco se concretó el vaporoso interés de Sir Alex Ferguson por el tipo al que Johan Cruyff había descrito, en la Eurocopa de 2008, como el mejor futbolista europeo de los últimos 50 años. Modric continuó en el Tottenham hasta que José Mourinho lo convenció de volar a España.

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Aquí, sesudos expertos y teólogos del balompié de los que tanto abundan en la prensa deportiva, se cuestionaban sin pudor su fichaje. Abundaron los calificativos: innecesario, caro, superficial, de difícil adaptación, poco preparado, fútil. Se invocó un extraño chovinismo para rechazar su llegada a aquel Madrid que acababa de ganar la Liga de los 100 puntos dirigido por Xabi Alonso. Se dijo que había españoles mejores, y, sobre todo, mucho más baratos. Se dijeron nombres, toda una sucesión de futbolistas que la Historia olvidará: Beñat, De las Cuevas, Cazorla, Mata. Cuando, en 2008, el Dinamo Zagreb lo vendió al club judío de Londres, el Tottenham, por 20 millones de euros, también algunos periodistas y opinadores ingleses lo tacharon de frágil y liviano. Quizá es demasiado ligero para un fútbol tan rudo e industrial, se comentó. Esta y otras especies se deslizaron con poco recato por los mentideros mediáticos de la Premier League, paradigma del fútbol vertiginoso, torrencial, para el que, según parece, hay que medir un par de metros y tener una complexión de minotauro. Molestias en las rodillas impidieron que Luka Modric debutara con normalidad en Inglaterra. Al poco, Juande Ramos era despedido del Tottenham. Modric tardó, pero fue haciéndose imprescindible otra vez, como había hecho en todos los clubes por los que había pasado: la liviandad supuesta se transformó en habilísima facultad de levitar sobre las piernas de los demás. En Croacia lo formaron como trescuartista para canalizar su capacidad de romper las jugadas: ese último pase definitivo, esa explosión de luz que cambia el destino de las naciones con sólo un toque exacto, científico. Pero es probable que Mourinho viese en él algo más que un mediapunta genial.

En Madrid, a Modric se le requirió jugar más atrás; en vez de terminar el esfuerzo ofensivo del equipo, ahora tendría, por vez primera en su carrera, que comenzarlo: coger la arcilla, moldearla a su antojo y dársela acabada a los pintores. Le costó, hubo de aprender a compartir menos espacio con más gente, y sobre todo, hubo de compartirlo con otra figura cenital. Xabi Alonso, el jefe, ocupaba la misma esfera de liderazgo que desde la noche de los tiempos le había correspondido a él. Su llegada al Madrid coincidió, como le pasó en 2008 al aterrizar en Londres, con un mal momento deportivo: el Madrid jugaba muy mal, perdía muchos partidos, y José Mourinho parecía incapaz de solucionar los problemas. Pero llegó marzo de 2013; llegaron Old Trafford, llegó el Camp Nou, el Madrid saltó de incendio en incendio y fue a morir en la caldera del Signal Iduna Park. Contra el Borussia, en Dortmund, el Madrid perdió 4-1 y entre los restos del terremoto Europa empezó a advertir que se había producido un cambio en el eje rotatorio del Real. Alonso, crepuscular, cedía el trono a Modric, por fin boss, plantado en el centro del campo del partido de vuelta como el mástil firme de un barco que naufraga. La nave se fue al fondo del mar porque el Madrid no pudo remontar en el Bernabéu el tremendo resultado del partido de ida, pero en mitad de aquel desastre Modric jugó uno de los partidos más hermosos que le he visto a nadie en todos los años que llevo viendo fútbol. Luka fue un corsario, picando por todas partes, con una osadía homérica. Deglutió él sólo a los centrocampistas del Borussia, zampándose uno detrás de otro a unos jugadores que llevaban un par de años asombrando al mundo y que estuvieron cerca de ganarle la final al Bayern en Wembley, un mes después. Modric, sin Xabi, sin nadie más que él mismo y su talento, hizo de 5, de 7, de 8 y de 10. El Bernabéu fue su campo magnético, y ofreció tal exhibición que nadie, desde Redondo, se había mostrado tan capaz de dominar absolutamente todos los aspectos del juego a la manera en que lo hizo él aquel día, poderoso como un rey absoluto.

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El relevo de Mourinho en el Madrid, Ancelotti, vio pronto que tenía ante sí al mejor futbolista posible para implementar un cambio no sólo de autoridad en la caseta, sino de disposición balompédica. Modric tomó resolutivamente el mando y a partir de 2014 el Madrid jugó, juega, a lo que él quiere. Ha somatizado todos los resortes del campeón de Europa, naturalizando su competitividad, transformándola en oxígeno para los pulmones voraces de Bale, Benzema o Cristiano Ronaldo. Modric, como Fernando Redondo hace una década, está en Madrid para domeñar todas las trayectorias del balón en movimiento. El Bernabéu es el lugar para el que parecía estarse preparando, si lo hubiera llegado a imaginar en medio de aquella guerra del año 91, cuando pateaba con el ansia del infante las paredes del Hotel Kolovare de Zadar. Tiene en sus gemelos de granito todas las copas de Europa que él quiera.

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