Siempre que regreso a Madrid, paso por la mezquita a saludar y a echar un ojo. La convivencia en Lavapiés (incluso después de los atentados del 11-M) es uno de los ejemplos más exitosos de integración cultural que haya conocido. Todos los viernes cientos de musulmanes acuden a rezar a las mezquitas de Lavapiés. Así se vive la oración en la mezquita Baitul Mukarram, la más grande del barrio madrileño. 

En la esquina donde se cruzan los angostos callejones de Espino y Provisiones, situados a dos minutos de la Plaza de Lavapiés, a una parada de metro de la Puerta del Sol, en pleno centro de Madrid, hay un portal con cristales de espejo coronado por un toldo verde. Quien se acerque a la puerta verá carteles colgados en lengua bengalí. Nada fuera de lo común en este barrio en el que más del 35 por ciento de la población es extranjera, ni en estas calles repletas de locutorios de bangladesíes, restaurantes árabes y todo tipo de negocios de indios y pakistaníes. Pero los viernes, a partir de las dos y cuarto de la tarde, la vida de estos callejones se trasforma. Cientos de musulmanes de diversas nacionalidades aparecen por las calles aledañas, se descalzan y entran ordenada y respetuosamente al portal, como hormigas en un hormiguero. Muchos de ellos lucen una barba espesa y crecida y visten la chilaba y el gorro tradicional islámico. Se trata de la mezquita Baitul Mukarram, la más grande del barrio. “Estamos como en casa”, afirma Nuridin, marroquí de 27 años. No exagera: el panorama desde el interior de la mezquita te traslada de lleno a un país musulmán.

La mezquita Baitul Mukarram, conocida en el barrio como mezquita de Bangladesh, es la más grande y la más rica de Lavapiés. Fundada hace cuatro años por bangladesíes, su superficie cuadrangular tiene más de 15 metros de largo y unos 20 de ancho. El interior es amplio y ostentoso. El techo, del que cuelgan decenas de ventiladores, es sostenido por gruesas columnas decoradas con grandes piedras incrustadas, el suelo está enmoquetado con motivos de la arquitectura bangladesí y en las paredes hay estanterías repletas de libros religiosos. “Este lugar se sustenta gracias a las aportaciones de los fieles”, asegura Malik, el ayudante del imán.

Los fieles se reúnen para rezar el Yumah, la oración más importante de la semana, obligatoria para todos los musulmanes varones y mayores de edad. Algunos invitan al curioso a participar en el rezo. “Así aprendes que el islam es para todo el mundo. Aquí hay africanos, árabes y asiáticos y pueden venir los españoles. Tú solo ven y haz lo que yo haga, aprenderás a ser un buen musulmán”, afirma Mohamed, de 40 años. No son tan integradores con las mujeres: “No hay suficiente espacio para ellas”, comenta Johir Uddin, el imán de la mezquita.

La convivencia en Lavapiés entre musulmanes y españoles es óptima. La desconfianza que desencadenaron los atentados del 11-M duró poco tiempo y hoy pocos quieren recordarlo. Los que acceden a hablar del tema, niegan cualquier vínculo del Islam con los radicales y los terroristas. “Un musulmán nunca pondría una bomba”, aseguran dos jóvenes pakistaníes a la salida de la mezquita. “Bin Laden fue un invento de los norteamericanos”, asevera Adel Alí Farah, el presidente de la mezquita de la aledaña calle Peña de Francia, quien coincide con la extrema derecha mediática al afirmar: “Todo el mundo sabe que fue Zapatero el que puso las bombas para ganar las elecciones”. “Aquí puede venir a rezar todo el mundo”, reitera Adel. En el barrio a su templo lo conocen como la mezquita de Egipto; fundada en 2002 es la más antigua del barrio. Adel es, lógicamente, egipcio, tiene 49 años, es corpulento, lleva el pelo rapado y la barba espesa. Conversa respetuosamente con el imán de la mezquita y con otro hombre al que presenta como un líder religioso recién llegado de El Cairo.

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En Madrid el número de musulmanes llega casi a 250.000, de los cuales 123.952 tienen nacionalidad española, según el estudio demográfico de la Unión de Comunidades Islámicas de España (Ucide) de 2011. La nacionalidad más común es la marroquí (85.562 ciudadanos), seguida de la nigeriana (10.151), bangladeshí (5.180) y pakistaní (3.026). Solo en Lavapiés en los últimos diez años se han fundado cinco nuevos templos conocidos popularmente por la nacionalidad de los fundadores. La de Bangladesh fue fundada en 2008 (Provisiones, 6), la de Pakistan en 2005 (Sombrerete, 24), la de Senegal en 2010 (Cabestreros, 7) y la de Marruecos hace un año y medio (Calle del Oso, 4). “Aunque las conocemos por el país de los fundadores, a todas ellas acuden musulmanes de todas las nacionalidades”, puntualiza Adel.

Los creyentes dejan el calzado en una habitación con estantes, entran a una sala de baño para “purificarse” y se lavan tres veces los pies hasta los tobillos, las manos hasta las muñecas, la boca, la cara y el pelo. Después, ocupan su lugar en la amplia sala de oraciones, intentando no pisar a los cientos que ya están en el suelo y se arrodillan mirando hacia el mihrab, el espacio orientado hacia La Meca desde el que se predica el Corán. El imán llega a las 14.30 y comienza el pregón previo al rezo en lengua bengalí, que muchos no entienden. Siguen llegando fieles que se apiñan arrodillados hasta que no cabe ni un alma. “Hay más de 600 personas”, asegura Malik, el ayudante del imán.

Tras el pregón, el imán pronuncia el rezo en árabe. El calor de la primavera madrileña se hace notar en el interior atiborrado de gente. Los hombres se frotan hombro con hombro, tosen, meditan y murmuran rezos y plegarias que finalizan al igual que los cristianos, diciendo “amén”. Se arrodillan varias veces y de distintas formas cuando el espacio lo permite. La cabeza choca con los pies callosos del que está delante, un cráneo de cabello ensortijado se posa en los pies de quien se arrodilla. La atmósfera está recargada pero la concentración de los fieles es total, algunos parecen entrar en trance. El sudor y los olores corporales se intensifican durante los 20 minutos que dura el rezo. Después, un hombre se pasea con una bolsa para recoger limosna. Casi todos aportan algunas monedas.

A la salida se produce un gran revuelo. Los centenares de fieles que habían entrado tan ceremoniosamente ahora salen alborotados, ríen y hablan a voces, escupen y se suenan la nariz con los dedos encharcando literalmente la calle. Todos parecen felices repartiéndose periódicos en bengalí y grandes ramos de dátiles. La calle está completamente colapsada. “Esto es la ostia marinera. Todos los viernes Ali Babá y los 40 ladrones”, exclama irritado un viandante septuagenario mientras trata de esquivarles. El encargado de la mezquita les grita enfadado: “¡Todos fuera, a vuestra casa!”, hasta que van retirándose y la calle recupera su calma habitual.

Las prácticas religiosas islámicas están creciendo en Lavapiés. En Madrid hay 85 mezquitas y 102 entidades musulmanas inscritas en el Registro de Entidades Religiosas del Ministerio de Justicia de Madrid. En España hay más de mil y cada año se inscriben 300 nuevas, pero según la Ucide este aumento es anómalo y se encuentra sobrevalorado por la existencia de comunidades “sobre el papel y sin actividad”, registradas para inflar el número de entidades y alterar el porcentaje de representación legítimo. Aunque las cifras sean exageradas, el aumento del número de mezquitas y su pleno funcionamiento es palpable en Lavapiés. El Islam goza de excelente salud en el popular barrio madrileño. Y los madrileños del barrio no tienen ningún problema con ello.

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