Desde que las redes sociales inundaran todo con su cortoplacismo, su reflexión banal, sus fotos sedientas de una verdad pura y sus bocaditos de erudición ínfima, la sociedad se ha visto abocada a zafarse de un mundo que contaba lentamente sus horas. La ironía resplandece cuando ese mundo, el analógico, se entregaba sin contemplación al nuevo paradigma que empezaba a bañar todo: la era digital.

Uno de los primeros que decidieron subirse al carro del cambio –aunque sin muchas esperanzas puestas en algo que llamaron; moda pasajera– fue el medio escrito. Casi por una obligación más que por un método de evolución, la prensa se aferraba a la red como anteriormente había hecho con otros estilos prêt-à-porter que pulularon por su dinastía. Casualmente, aquello se transformó en el principio del fin de eso que denominamos periodismo, hasta el extremo de que con la venida de los smartphones y la interconexión nudo con nudo, propiciaron que se desterrara para siempre al concepto genuino de reportero, ya que cada uno en su propio bolsillo podría tener la prueba del crimen.

El papel comenzó a marchitarse lentamente, así como la investigación en profundidad, la reflexión consensuada y las noticias con cierto rigor e importancia, fueron plegándose a los poderes de atracción de la pantalla, la carencia de sosiego y los sucesos anodinos. El megalómano aparato de la comunicación derrapó en mitad de la llanura que siempre consideraron baldía, y comprobaron que ya no solo tenían competidores que aparecían desde pequeños refugios, sino que ahora tendrían que adherirse a las necesidades que el consumidor pedía o por lo menos parecía que podían interesarle. Desde ese momento, en el periodista de a pie, el de los bajos fondo, el de raza, comenzó a emanar un carácter iconoclasta contra su propia profesión.

Debido a esta situación de comida rápida informativa, el reino de la prensa se vio convertido en una especie de venta, donde se entregaba una visión de una forma nimia e insustancial, titubeando como un funambulista entre el titular y el eslogan. Estos escuetos haikus empezaron a alzarse como dardos envenenados que han servido para procrear una sociedad más pérfida, pero también más insana informativamente hablando, mientras que todo se metamorfoseaba en un salvoconducto que se abría paso gracias al desangelado interés del ciudadano por conocer la realidad, satisfaciéndose con acercarse ligeramente a la verdad.

Mientras que la época binaria hacía sus estragos en el periodismo, el lector fue transformando su opinión. Pasó de presumir de la independencia de los medios a los que acudía regularmente, a parapetarse con las pildoritas que estos podían dar cada cinco minutos sobre diferentes temas, sin la necesidad de la fidelidad a una cabecera, la cual ya no tiene dotes de integridad moral, sino de capacidad puntual, en la que sus prospecciones solo comenzaron a ser usadas dependiendo de los intereses de unos lectores, que han conseguido multiplicarse, pero que han recibido como respuesta la más cruel de las afrentas; sois mercancía y como tal podéis ser vendida.

El formato escrito claudicó por menos de treinta piezas de plata. Cambió sus esquemas y conjugó un nuevo sistema en el que lo importante no era lo que contaba, sino la rapidez endiablada con la que lo hacía. Los ejecutivos se impusieron a los letristas y en cada titular se imbricó una visita a una web, y un contador que suma dígitos para ser manufacturados al mercado. Detrás de cada rastreo a redes sociales, se genera un control por parte de los medios que utilizan sus catálogos y secciones, para empaquetar producto, que no es nada más que otro click, otro 01 y otro estúpido insulso que se cree informado de forma libre, mientras Amazon, El Corte Inglés o el banco de turno, te cuela su fracción del pastel.

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