El perro mantenía la mirada fija en la pelota, su cabeza se movía al son de un compás marcado por voluntades ajenas que lo obligaban a armonizar el movimiento incontrolado de un objeto que lo tenía hipnotizado. Disciplinadamente se mantenía sentado, con porte aristocrático y un sentido marcial de su obligación. Un pastor alemán entrenado y dispuesto a ejercer su cometido con profesionalidad.

A su lado, dos señoritas en edad de merecer, como se decía en otros tiempos, compartían vivencias en un entorno en el que la masculinidad había dejado de imponer su ley. La charla versaba sobre cómo de importante debía ser la contundencia de un defensa para evitar que el delantero se impusiese en los balones divididos. La diatriba envolvía en una discusión profunda a dos amigas y hermanas entendidas en fútbol que compartían una pasión desde el momento en que fueron conscientes de que ambas se necesitaban para entender el juego que las había enamorado. Dos hermanas, rubias trigueñas, de piel nacarada, tostada por un sol mediterráneo acostumbrado a teñir de cobrizo todas las pieles, independientemente de su origen; melena al viento, la vista fija en el envite, la discusión partía con el deseo de explicar por parte de una de ellas, la mayor, reflexiva y sosegada, los movimientos exactos de los protagonistas, mientras su hermana menor, tensa y nerviosa, trataba de interpretar el argumento único que su interlocutora le transmitía.

El jugador anticipa el movimiento del delantero, percibiendo el desmarque e intuyendo la intención de su rival. La pelota vuela en parábola hacia su posición y ambos se disponen a intervenir para imponer su objetivo. El defensa contacta con su hombro sobre el atacante rival y lo desplaza ligeramente para aprovechar el espacio mínimo que le regala la acción para impactar con el balón y alejar el peligro por medio de un golpe certero con el interior del pie.

–¡Pero es falta! –le dice su hermana.

–Carga legal –contesta quien en principio relata la acción.

–Te dejas llevar por los colores, no me parece bien. El trato es argumentar de fútbol desde la objetividad sin dejarse llevar por ninguna emoción.

–Eso es imposible –contesta airada la hermana mayor.

–Una falta es una falta, sin más.

Ambas discuten con pasión sobre la realidad de lo que están percibiendo. La hermana mayor, Alicia, con su facilitad para contar lo que ocurre con cierta gracia y sensibilidad, transmite su parecer a su hermana pequeña, solo dos años menor, Lucía, quien intuye y siente desde la emotividad de la abstracción profunda todo lo que su sentido crítico le permite discernir. Ambas son inseparables cuando de fútbol se trata y con ellas, Breitner, el pastor alemán que las acompaña a todas partes.

Su posición en el campo, privilegiada, les permite sentir el diálogo de muchos de los protagonistas y compartir el murmullo general del público que les llena de fuerza o desmiente cada argumento presentado en la discusión.

Lucía, emotiva y crítica, dura en su manifestación en todo lo referente al fútbol, vive el deporte desde la perspectiva de la interpretación. Necesita analizar y valorar cada acción, cada momento y circunstancia para dotarse de una opinión que nace de un profundo conocimiento del ser humano. Alicia, analítica y romántica a un tiempo, es capaz de dejarse llevar por la inercia de cada jugada y envolverla de un halo místico que la haga parecer única, como así son todas las jugadas de todos los partidos.

Sus discusiones siempre parten de un relato interpretado desde la sensibilidad para contar las cosas que tiene Alicia, paciente y serena, amante del movimiento, de la velocidad, del viento en la cara y la sensación de vértigo que dan las emociones fuertes. Ella contextualiza el proceso de todo lo que ocurre, conociendo como conoce a su hermana, incapaz de realizar ningún juicio si previamente la acción no es enunciada de manera correcta y la pregunta no genera la inquietud necesaria.

Breitner, confundido por tanto movimiento a su alrededor, sabe que solo una orden lo moverá de su sitio, mientras tanto, sus instintos interiores que lo llaman a correr detrás del esférico multicolor, luchan con su educación prusiana, con su disciplina auto exigida de no mover un músculo más del necesario.

El partido evoluciona hacia caminos complejos. El dominio del espacio y del tiempo lleva a las hermanas a cotejar el contraste y la incompatibilidad de la Teoría de la Relatividad y la Mecánica Cuántica. El juego, organizado en torno a dos variables a la vez condicionadas por las voluntades factoriales que nacen de las diferentes interacciones de los protagonistas del partido, se difumina hacia vericuetos difíciles de acotar cuando el contexto global interactúa de manera directa con la acción individual. La creatividad y el rigor de la mano de un proceso en el que ambos deben organizarse para actuar con la inmediatez de un suspiro en un espacio condicionado por movimientos anteriores que determinarán las acciones posteriores. Ambas hermanas, amantes de la filosofía, del estudio del individuo y la ciencia como referente ineludible para explicar las connotaciones humanas surgidas dentro del plano que representa un campo de fútbol enmarcado en una esfera imperfecta, buscan expresar sensaciones inmediatas que derivan de un plan previo y de una operatividad estratégica que cambia a medida que los factores se alteran. Y todo ello, con una pelota, inquieta o inerte según cada momento.

Lucía valora y analiza cada argumentación y la lleva a un terreno racional y clásico. El movimiento de líneas, de flancos, la acción de la pelota y su incidencia sobre los espacios interiores o sobre los surgidos entre líneas, siempre va encaminado a eliminar barreras que son las que impiden y limitan las probabilidades de éxito en la portería rival. Alicia expone sus teorías desde las pasiones interiores que la llevan a ser barroca y amante de la armonía del impacto que produce la alternancia de ritmos en la dinámica general del juego. Se contrae y se emociona cuando de una sucesión de acciones colectivas nace un relámpago individual de creatividad que rompe con el plan previsto y adorna el cuadro de un impresionismo que desborda de imaginación el lienzo final que representa cada jugada. Igualmente aplaude y grita cada impulso defensivo que nace de una evolución global, de una presión sin respiro que un equipo realiza y que un jugador en particular culmina cuando rompe la armonía de la acción e interviene con contundencia sobre el balón y su poseedor. Del neoclasicismo del todo común que activa a Lucía al impresionismo del detalle particular que impulsa a Alicia a dejarse llevar por la sensación de exclusividad que cada momento le hace vivir.

Dos hermanas que a través del fútbol focalizan lo importante de la vida de cada una. Las relaciones humanas definidas a través del orden y del cuidado por las cosas bien hechas que permiten a Lucía definir su mundo estructurado, en contraste con el espíritu libre encadenado en una voluntad férrea que representa Alicia, quien es capaz de llorar por el movimiento oscilante de una hoja, que al caer termina su camino sin retorno. Ambas tienen en las complejidades de la vida un reto capaz de hacerlas analizar en profundidad el todo, el contexto, el entorno, el individuo y la causalidad provocada por las propias casualidades de las cosas que pasan porque sí, como así entienden el fútbol.

–El error es producto del descuido –insiste Lucía, tratando de iniciar el conflicto y buscar la discusión abierta con su hermana.

–El error es el punto de partida del fútbol, todo surge porque alguien se equivoca y los demás actúan en consecuencia, unos para sacar ventaja de ese error y otros para solventar en lo posible sus consecuencias futuras. Como la vida misma –contesta Alicia, experta en las teorías de la complejidad que le permiten abarcar un amplio margen argumental.

–El juego, sin ser causa y efecto, tiene un componente aleatorio derivado de la exclusividad de cada uno de los jugadores que lo practican y de la exclusividad única de las relaciones que se establecen en cada momento, pero al margen de ello, la ausencia de criterio lógico o la falta de interpretación de una acción puntual puede derivar en el nacimiento de un error que terminará provocando un efecto mariposa. Así ha sido siempre y así seguirá siendo –porfiaba Lucía desde una posición que se basa en el existencialismo de un ser humano abocado a terminar equivocándose para encontrar nuevas respuestas a las preguntas que nacen del equívoco.

Ambas llegaban a un punto de encuentro en el que coincidían complejidad y existencialismo, la subjetividad de la interpretación del juego, al igual que la subjetividad de la comprensión del ser humano y sus comportamientos condicionados por todo lo que le rodea.

El juego es la excusa perfecta para entrar en temas realmente más profundos y atractivos. A través del sesgo que supone entender el juego de una manera particular y única, cualquier variable que se altere provoca una valoración equivocada de una realidad ya de por sí cambiante.

Por ello, Lucía exigía a su hermana una precisión absoluta en la expresión de sus opiniones. Alicia hacía trampas y se dejaba llevar por el momento, haciendo uso de su ventaja a la hora de saber transmitir lo que quería decir con el arte y la sensibilidad que la caracterizaba.

–El balón se saca jugado desde atrás y en la primera fase del ataque se busca amplitud y profundidad para generar espacios interiores en las zonas en las que el juego tendrá una influencia futura. Para entendernos, la lavolpiana, exagerada en sus términos. Al final, como se equivoquen quedarán en inferioridad posicional y se irán a cagarla a otra parte –comentaba Alicia, mientras Lucía, atenta, focalizaba la atención en cada término que su hermana compartía.

–No es tan importante la distribución espacial, como que la pelota llegue a los espacios relevantes a tiempo de ser jugada nuevamente hacia otra dimensión diferente –interpelaba Lucía, dando valor al efecto del ritmo y reduciendo la importancia de la puesta en escena en términos de ocupación de espacios.

Mientras, el partido se iban consumiendo poco a poco y en un error en la iniciación, el equipo atacante pierde el balón en zona de nadie y permite un robo sin respuesta, por lo que el equipo defensor se convierte en atacante y con una pared trenzada en el momento preciso y en el lugar adecuado, el jugador que recibe en profundidad la pelota, se planta delante del portero y con un regate sencillo logra superar la última barrera que le presenta el cancerbero y marca a puerta vacía para delirio de su público.

Lucía, entusiasmada canta el gol, mientras grita a su hermana que le explique cómo pudo pasar lo que acaba de ocurrir y su hermana, apesadumbrada por el fallo de su equipo deja que Lucía disfrute del momento para alertarla de que el futbolista autor del gol se dirige directamente hacia ellas.

Lucía se endereza en su asiento y sonríe, nerviosa, preguntando a su hermana quién ha sido el goleador.

–El que te gusta a ti, el de la melenita rubia –dice Alicia con cierta sorna.

–¡Y viene hacia aquí! –suspira Lucía.

El jugador se coloca frente a ambas con una sonrisa y Breitner marca el territorio, levantándose en el acto con ánimo de dejar claro que él está ahí para algo. El jugador mira al perro con recelo pero Alicia lo tranquiliza. Lucía, con voz suave saluda al jugador e inmediatamente el perro, al escuchar el timbre de voz de su dueña, vuelve a su posición inicial sentado marcialmente guardando el territorio.

–Va por ti guapa –le grita el futbolista, mientras roza con sus manos la cara de Lucía.

Lucía le agarra la mano y lo atrae para sí hasta poder acariciarle la cara y recorrer todo su semblante con una mano temblorosa que pone de manifiesto un nerviosismo imposible de esconder.

Alicia mira como el jugador se retira mientras el público ovaciona la acción y grita emocionado un gol que ha hecho que Lucía se eleve por encima de todos. Su cara lo dice todo, una expresión de felicidad infinita define su estado de ánimo.

–Es guapo –sentencia sin más.

–Sí y parece que tú le gustaste, se dejó tocar todo el muy sinvergüenza –contesta su hermana con complicidad.

El partido se reanuda y se encamina hacia los minutos finales. Un error que hizo que uno de los dos equipos se adelantase en el marcador en el momento preciso.

El partido entra en una fase de incertidumbre total cuando el equipo que va por debajo en el marcador se lanza frenéticamente hacia la portería rival. Alicia se aferra a su asiento emocionada al ver como el extremo recorre la banda a toda velocidad sorteando a cuanto rival le sale al paso para elevar un centro preciso que impacta con la cabeza del delantero centro quien logra imponer su salto por encima de toda la defensa rival. La carrera, el salto, el movimiento, la armonía del cuerpo humano imponiéndose a los elementos. Alicia edulcora cada acción individual de su equipo para trasladar a Lucía un sentimiento de afinidad con todo lo que ve.

Pero el partido toca a su fin y el resultado es inamovible. Lucía gana por uno a cero a su hermana del alma y ahí comienza otra discusión en torno a lo que pudo haber ocurrido y no ocurrió. Nuevamente las teorías y las complejidades de la vida humana toman forma en torno a la incertidumbre de un juego cuya no linealidad proporciona infinitas posibilidades. Mientras esperan a que el grueso de la masa abandone sus asientos, ellas mantienen su conversación, completando sus argumentos con chanzas y burlas.

Breitner está tenso, sabe que pronto tendrá que actuar, siente que su momento llega. Un operario de la Cruz Roja saluda educadamente y ayuda a Alicia a acomodarse en su silla de ruedas, inmediatamente la traslada a través de la fina hierba de la banda hacia la puerta de salida. En cuanto la silla inicia su movimiento, Breitner se pone en marcha, Lucía recoge del suelo su bastón y toma de la rienda a su perro lazarillo para dejarse guiar tras su hermana.

Ambas se van sintiendo la plenitud de un juego que necesita ser recitado para que una lo entienda y la otra lo sienta. El deseo de sentir el viento en el pelo, la necesidad de entender cómo es una carrera en la noche insondable. Ambas reflexionan interiormente sobre sus anhelos mientras se dejan llevar por un mundo que las condenó a no poder usar sus sentidos de forma tradicional y las invitó a vivir desde su capacidad interpretativa una vida rica en felicidad, aspecto que el fútbol multiplica sin pedir nada a cambio.

Alicia y Lucía, la fuerza de unas inteligencias que hacen de la percepción particular, de la necesidad de interactuar, del concepto equipo, algo imprescindible para la vida, para sentir un fútbol que una puede ver pero no puede interpretar como una cadencia múltiple de movimiento y la otra puede interpretar desde el relato fácil y coherente para abstraer sus pensamientos y completar sus matices con una imaginación que la ayuda a valorar el esfuerzo que ella sí podría realizar si la luz de su perro la empuja por el camino adecuado.

Breitner guía a ambas hermanas desde el sentido del deber para acercarlas a la seguridad de su hogar y poder seguir debatiendo de una vida que las ha bendecido con el gusto por disfrutar de lo que tienen y de aceptarse como son.

 

 

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