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El coñazo de la Navidad. Eso dicen los que no disfrutan de estos días en familia, obligados a estar de buen humor y a fingir que los regalos que reciben les chiflan. Si solo fuera por los regalos, se esfuerza uno y pone la mejor cara que tiene, pero el origen de este sentir halla su raíz en los recuerdos y nada tiene que ver con lo religioso.

De pequeños y cuando Papa Noël no tenía todavía un papel en el cotarro, los Reyes Magos eran nuestros ídolos absolutos. Los veíamos como estrellas de rock, alucinábamos en colores. Tremenda ilusión que había por oírlos llegar de madrugada, proporcional, en mi caso, al batacazo en el momento de abrir los regalos por la mañana. Por más que reces y supliques y cruces los dedos, algo que tiene la forma de una caja de Tente no puede ser una muñeca ni un Monopoli o una bici. Pero era lo que había, de nada servía quejarse y teníamos la obligación de tirar con eso todo el año. Cuando por fin llegó la bici, ¡dios!… Ahí es cuando uno sabe de verdad lo que es la felicidad, o por lo menos hace años, cuando los niños normales y corrientes a los que nos educaron para no tener caprichos les dábamos a los regalos el valor de nuestra propia vida. Caramba, fuiste buena este año, decían siempre los vecinos, y entonces yo ponía una cara de angelito alado que no dejaba dudas de que la bici tenía que haber sido mía mucho antes. Me esnafré unas cuantas veces porque no llegaba a los pedales, y hasta llevo un agujero de por vida en una rodilla por caerme en la gravilla. ¡Pero mira, que me quiten lo bailao! Dar pedales cuesta abajo y sentir la velocidad en la cara es de las mejores cosas que se pueden sentir gratis. Parecido al sexo, diría yo.

Cambia todo cuando uno crece y va viviendo los hechos navideños con otro sentimiento, muy de adultos, el de quien echa de menos a los que ha querido y ya no están por diferentes causas, no siempre porque hayan muerto. Porque el pasado nunca pasa, solo se arrincona, y entonces las malditas Navidades ya no nos hacen gracia. Se escatima ternura en los recuerdos, no palpita bien un corazón que ha perdido una parte. Tantas luces y tantas bolas de colores molestan más que alegran si no hay espíritu de celebrar nada. Se llega a detestar todo, más que nada los villancicos que taladran la cabeza con sus melodías machaconas. Es triste, ¿no? De esperar diciembre con prisa desde agosto a desear que pase cerrando los ojos.

Qué verídico es que los excesos cansan sean del tipo que sean. Y en Navidad exageramos: decoramos hasta los pies de las lámparas, comemos por dos, bebemos por cuatro, abrazamos y besamos a quien se nos pone por delante. Un día de éstos se impondrá lo del muérdago como lo ha hecho Halloween y ya habrá una excusa legítima para besarse en forma de bucle romántico.

Lo dicho, en aras de preservar la paz toca querernos por unos días, como si el resto del año pudiese uno sobrevivir sin los subidones que da la mejor droga que hay y que liberamos al contacto con quien nos hace felices, un fenómeno biológico mágico que no ocurre si fingimos.

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