He conocido a muy pocas personas que no tuvieran una relación conflictiva con el miedo. Con su propio miedo, quiero decir.

Odiamos el miedo, y paradójicamente lo tememos. Lo rechazamos, lo bloqueamos, lo enterramos en el inconsciente o fingimos que no existe. Es muy difícil tener una relación natural con él, permitir que forme parte de nuestro día a día. El miedo es muy desagradable a nivel psíquico. E incluso a nivel biológico tiene consecuencias poco atractivas. La digestión, la circulación de la sangre o la actividad del corazón se resienten enseguida a causa del miedo sostenido. Sin embargo, es una emoción difícil de eludir. Y persistente.

El miedo, no obstante, es imprescindible. De hecho, probablemente sea la emoción que más nos ha ayudado a sobrevivir como especie. Hace unos millones de años, nuestros antepasados vivían en un inmenso océano de árboles que cubría la parte central del continente africano. Habitaban las ramas más altas y allí se alimentaban, dormían, copulaban y criaban a sus hijos. Eran dioses olímpicos, distanciados de la tierra. Su única preocupación era no caer al suelo, en el que habitaban los depredadores. De ésa época, probablemente, hemos heredado las pesadillas en las que nos precipitamos al vacío. Nuestro dedo pulgar, que puede oponerse al resto de los dedos, nos servía para sujetarnos. No éramos muy distintos de las especies de antropoides de tamaño mediano que podemos encontrar en las selvas tropicales de África, Américal de Sur o Asia.

Pero todo aquello terminó de forma bastante brusca a causa de un cambio climático. Los bosques desaparecieron y se convirtieron en interminables extensiones de hierba alta, parecidas a la actual sabana africana. Tuvimos que bajar al suelo. Lo cual, por cierto, tiene inquietantes paralelismos con el texto bíblico que describe la expulsión del paraíso.

Debió ser muy duro, y aquellos pobres seres desterrados tuvieron que experimentar un miedo terrible. Se desplazaban a cuatro patas, por lo que la hierba no les permitía ver nada que estuviera a más de un metro. Eran seres frágiles, de músculos largos y delicados, poca capacidad pulmonar y carente de grandes colmillos o garras. Eran comida fácil para los depredadores, básicamente. Un apostador no hubiera dado gran cosa por nuestra supervivencia como especie.

Pero el miedo te mantiene muy alerta. Es la emoción que nos embarga a más velocidad. Una persona puede pasar de estar relajada a estar muy asustada en unos segundos. El ritmo cardiaco se dispara, y también la presión sanguínea. La sangre acude a las extremidades. El tiempo pasa más despacio y el dolor se minimiza. Corremos, saltamos y luchamos a más velocidad y con más intensidad cuando estamos asustados. Y podemos hacerlo aunque tengamos un brazo fracturado, por poner un ejemplo. Ni nos daríamos cuenta. Y eso no es malo. Es ideal si te ataca un oso o un tigre. Porque el miedo, fundamentalmente, sirve para huir, y su función principal es ayudarnos a hacerlo aunque estemos heridos. No obstante, también sirve para luchar. Un animal acorralado se asustará mucho, y cuando está asustado hasta un gato puede ser terrible. He visto a perros que eludían atacar a un gato muy asustado pero que estuviera dispuesto a vender cara su piel. Si estaba defendiendo a sus crías, por ejemplo. El precio suele ser muy alto, aunque la victoria esté asegurada.

El problema del miedo, o nuestro problema con el miedo (mejor dicho), es que nosotros somos seres racionales. Hemos llegado donde estamos porque podemos pensar. Analizar las situaciones. Pero el miedo no ayuda a pensar. Todo lo contrario. Y ahí está nuestro problema, teniendo en cuenta que si hemos sobrevivido como especie ha sido porque podíamos pensar.

El miedo es un perro fiel, no nos deja aunque le tratemos a bastonazos y queramos eludirle. Se queda con nosotros, y sólo quiere prevenirnos ayudarnos. Un perro un poco retrasado que sólo quiere lo mejor para nosotros y nos complica la vida.

La semana que viene os contaré cómo me sobrepuse al miedo por primera vez y cómo comprendí su esencia. Y después de eso, de sobreponerme al miedo y de someter a la persona que me lo inspiraba, me quedé con su novia. Ella era mayor que yo. Y ya fumaba.

La receta:

Hoy os quiero hablar de la Ropa Vieja canaria. Un plato que tiene equivalentes en todas las provincias. Es una olla a la que antiguamente se le echaban los restos de toda la semana. Toda una tradición de lo más lógico.  Podéis leerla aquí. Y os animo a que la hagáis a vuestro gusto, quitando y añadiendo lo que os apetezca, como debían hacer las amas de casa (y los amos, que no se diga) hace 100 ó 200 años.

 

canibal3334

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