Dice el presidente Ernesto Peña Nieto que no podemos quedarnos atrapados en el tema Ayotzinapa.

El procurador de Justicia mexicano, Jesús Murillo Karam, masculle que está cansado, dictamina como verdad histórica la investigación que fulmina a los normalistas incinerados en el basurero de Cocula, y decreta así, sin más razón que la cerrazón, caso cerrado.

El empresario Roberto Servitje, sablista del clan Bimbo, conservador entre los conservadores, con una fortuna de 3.500 millones de dólares que lo hace uno de los 300 hombres más ricos del mundo, cuya empresa ha sido una y mil veces “rescatada” por el gobierno, diagnostica que al tema de Ayotzinapa se le ha dado una dimensión que no tiene.

El general del Ejército Héctor Sánchez Gutiérrez dice que las demandas sociales son de corte subversivo, financiadas con tal de lograr el desprestigio de la Armada mexicana.

Mientras juega golf, el regordete obispo Onésimo Cepeda dice que es mejor pedir por las almas de los normalistas en lugar de andar armando luchas.

El arzobispo Antonio Chedraui, empresario incrustado en la jerarquía católica, dice que cerrando caminos no se recuperará nada.

Carlos Marín Juan Ibarrola, guiñoles del Grupo Milenio, escriben que las demandas sociales son de culeros y “puro rollo”.

El Consejo Coordinador Empresarial llama a los tres ordenes de gobierno a contener las manifestaciones ciudadanas que “dañan a las empresas y al sector oficial”.

De Televisa y los aztecos, las palabras sobran.

En general, la nomenklatura que se cree dueña de éste dolido país, los que detentan el poder que utilizan para servirse a si mismos, los que deciden por todos, resuelven en esta ocasión cerrar el caso Ayotzinapa. Dan carpetazo. Cierran las investigaciones sin darse cuenta que lo único que logran es abrir aún más las heridas que no dejan de sangrar, dolores que no pueden ser calcinados ni abandonados en ningún vertedero porque llevan ya años, décadas aquí, entre nosotros, en el día a día.

En cada declaración, en cada afirmación, en cada mensaje, esconden su miedo. Miedo a que el status quo que les permite adueñarse del poder sin cortapisas termine. Miedo a que el país sea de todos y no de unos cuantos. Miedo a que las calles se conviertan en el nuevo parlamento donde se discute la política y el futuro del país que deseamos. Que anhelamos. El país que no se puede calcinar. El país donde no hay 43 muertos, sino 120 millones de vivos muy vivos.

A Peña Nieto y a quien lo maneja les gustaría cerrar el caso sin investigar las justas demandas de los padres de los normalistas.

Les gustaría archivar en el cajón del olvido las dudas de científicos de la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) y de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), quienes cuestionan la postura oficial en cuanto a que un grupo tan numeroso de estudiantes hayan sido calcinados en ese sitio sin dejar rastros suficientes.

Les gustaría acallar al Equipo Argentino de Antropología Forense, contratado por el propio Ministerio de Justicia mexicano (PGR), quienes explicaron hace algunos días a la prensa que aún no tenían “evidencias suficientes” para relacionar los restos carbonizados encontrados por las autoridades en Cocula, Guerrero, lo que despertó aún más recelo sobre la inaudita certeza del gobierno federal.

Les gustaría que no se investigara la inexistente humareda que se debió de haber creado al incinerar tal cantidad de personas en un día en que el Sistema Meteorológico Nacional decretó lluvias para esa zona de Guerrero, tiempo, además, en que los satélites de la NASA captaron fumarada alguna. La única nube que sí se alcanza a ver es una majadera cortina de humo que no permite distinguir la verdad.

Peña Nieto y su gente no quieren tocar al Ejército y las dudas razonables de que, o actuaron en la desaparición o pecaron por omisión.

El Estado en sí, el Poder de este país, no logra explicar fehacientemente el porqué un incipiente cartel de poca monta quisiera desparecer con intricados métodos técnicos a un numeroso grupo de jóvenes cuyo único pecado fue exigir alto a la corrupción, justicia, libertad, democracia, igualdad de oportunidades y educación para todos.

Papá Gobierno tiembla de miedo ante el grito de “¡vivos se los llevaron, vivos los queremos!” Quieren darle carpetazo no sólo al caso Ayotzinapa sino a las demandas de una sociedad entera. Ése es realmente el trasfondo del asunto.

Lo que queda es nosotros. El raudal de justa indignación sólo podrá ser frenado si nosotros olvidamos y dejamos pasar.

Posdata en botella de mar

Afincado en la actual Polonia, Auschwitz comenzó siendo un campo de prisioneros polacos durante la II Guerra Mundial hasta que en 1942 se convirtió en el más terrorífico campo de concentración y exterminio nazi. Hace justo 70 años aquella fábrica de terror fue liberada por el Ejército Rojo de la URSS.

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